Παῖς πολιτικός.

Siempre he visto con cierta sospecha a los colegas filósofos que priorizan a la Filosofía Política sobre cualquier otro estudio de nuestra formación académica. Entiendo la urgencia y la inmediatez que, a diferencia de áreas como la Lógica, la Ontología o la Teoría del Conocimiento, implica esta vertiente filosófica, pero justo en eso, en su inmediatez y su contacto tan franco con nuestro día a día, encuentro el mayor de sus vicios: la tentación de querer tener siempre la razón.

Claro, desde el mobiliario conceptual que nos deja una formación filosófica la entrada al mundo de la política se vuelve en cierto sentido privilegiada. No por gozar de una mayor preclaridad o por ser de suyo mejor que cualquier otra formación sino por resultarnos mucho más enraizada en los fundamentos que sostienen los sistemas políticos que defendemos y por permitirnos dialogar de manera más radical con una u otra postura.

Sin embargo, pocos (o quizá ninguno) parecen ser los filósofos que salen al ruedo político a dialogar desde la neutralidad y la objetividad conceptual. Desde la afiliación a nada más que a lo puntual y a lo verdadero. A lo real frente a lo ideal. Y a lo ideal frente a lo puramente operativo-burocrático o lo puramente ideológico-mercadológico.

Es ahí, entonces, donde surge la pregunta: ¿hay modo de filosofar para la política escapando de las propias convicciones? ¿sin mover la balanza a lo que se cree mejor?¿sin mover las nociones objetivas de justicia y prosperidad hacia donde nos complazcan subjetivamente?  Y más importante aún ¿hay modo de hacer esto sin, simple y llanamente, querer tener la razón?

La respuesta quizá se encuentra en ejercicios satíricos como The Politician que, a pesar de no ser el trabajo más acabado de Ryan Murphy, Brad Falchuk e Ian Brennan (responsables de series como Glee, Hollywood, American Crime Story y American Horror Story), logran conectar los mundos del entretenimiento, de la política como teoría y de la política como práctica. En este caso, desde la óptica de Payton Hobart, un ambicioso joven que desde sus años de bachiller se encuentra ya comprometido con una causa de su propio ego: ser el presidente de su país.

La serie es entretenida, un tanto romántica y simplista, quizá, y plagada de ironía y crítica a las clases altas estadounidenses desde el humor de sus absurdos. Transcurre con la particular sensibilidad estética visual de los trabajos de Murphy, Falchuck y Brennan y se desenvuelve en los términos de su objetivo principal que es, justamente, el público joven.

Lo interesante de la serie como motivo reflexivo es el modo en que se adentra en la psicología de quienes no anhelan otra cosa que el poder. Quienes encuentran en los honores y reconocimientos el impulso básico de algo así como una identidad propia. Del ego político que parece depender de lo que digan los demás para aprehenderse pero que, con el mismo impulso, se vuelve apático, insensible y simplemente desapegado de todo lo que sea realmente trascendente para sus votantes.

El juego es la victoria, el juego es salirse con la suya. Ya no tener la razón, que resulta sobrevalorado en el mundo contemporáneo de la postpolítica y la posverdad, sino satisfacer el impulso infantil del capricho. De la necedad y del poder que regala la rabieta. El poder que regalan el venir de una familia poderosa o con dinero o, simplemente, el enfrentarse ante un pueblo incapaz de criticar, fanático y admirador. El juego es la realpolitik.

Como bien exhibe The Politician, eso es en lo que parece haberse tornado hoy en día la política: un juego de egos. Un juego de niños. La transgresión del comunitarismo griego que con esperanzas rezaba, en voz de Aristóteles, que el hombre era un ζῷον πολιτικόν (zóon politikón; animal político) para el reinado del ego caprichoso e infantil del παῖς πολιτικός (páis politikós; niño político) contemporáneo.

Y todo mediado por racionalizaciones, por el despojo de cualquier valor real y concreto de nociones como “el bien común”, “el progreso”, “la modernidad”, “el cambio”, “el bienestar”, “la prosperidad”, “la grandeza” y muchos más que no son hoy más que avatares de retóricas ideológicas que poco parecen preocuparse realmente por investigar sus significados, sus aplicabilidades y sus caminos de realización.

Lo que un día tuvo la esperanza de ser una descripción certera del hombre como animal gregario, político y avocado a la construcción sana de una comunidad, hoy parece ser la condición de posibilidad de una carrera mercadológica ávida de atención, likes, posts, retweets, etcétera. Ávida de multiplicar la presencia en medios de (des)información aunque no se esté diciendo nada mientras en política se hacen quién sabe qué cosas.

Parece hoy en día que la política se trata de todo menos de lo que se tiene que tratar: de nuestra participación activa (no sólo virtual) en ella. Parece que hoy el entusiasmo político sólo apareciera cuando se trata de ficciones que reflejan nuestra realidad o cuando se trata de memes o polémicas que nos entretengan por un rato.

Y es entonces cuando los filósofos son más necesarios. Cuando alguien debería estarse preocupando por los principios de lo que somos como seres existentes para entender cómo es que podemos participar en un mundo que parece reservado y decidido por otros. Cuando la verdad y la política se dicen superadas, no como realidades de nuestra existencia sino como realidades dignas de alguna consideración o valor.

Y ahí es donde vuelvo al principio. Donde me pregunto por lo que hacemos los filósofos cuando nos encerramos en clubes de discusión conceptual y política rodeados por nuestros similares sólo para “bajar al mundo real” para ningunear a todos los no-filósofos. Cuando disfrazamos con argumentos ensortijados racionalizaciones que no son, quizá, otra cosa que el berrinche del propio ego.

Es ahí donde me pregunto por qué no nos sabemos sentar a la mesa a filosofar con “lo mundano”, con el día a día, con las preocupaciones reales de las personas que viven el mundo hoy en día. Ya no con las preocupaciones de nuestros amados, admirados y bien sepultados en la tierra grandes nombres de la Filosofía. Es ahí donde me pregunto si cuando salgo a opinar sobre política con el escudo y la armadura de la filosofía colegiada no hago más que disfrazar de intelectualidad una convicción personal en vez de dedicarme a estudiar y filosofar con el mundo real que está tras las puertas de la academia. Es ahí donde me pregunto si no estaré actuando, más que como animal político, como un  παῖς πολιτικός más.   

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