Uno de los primeros litigios de los que tenemos algún vestigio fue recogido y escrito por un filósofo: Platón con su Apología. Allí, el ateniense retrata el juicio por el cual su mentor, Sócrates, fue condenado a beber la cicuta por “corromper a la juventud y adorar a dioses distintos a los que adora la polis [i.e., la ciudad]”. En el documento aparece también uno de los primeros retratos de la argumentación jurídica en el Mundo Occidental y se refiere, constantemente, a los antepasados de lo que hoy entendemos por abogados y litigantes: los sofistas.

Mucho antes de que existiera algún tipo de profesión o algún tipo de labor dedicada a defender a las partes involucradas en un proceso jurídico, existían estos estudiantes y maestros de la argumentación y la retórica que dedicaron su actividad  a desarrollar, investigar, ensayar y ejercer técnicas y recursos para lograr la persuasión. En el camino, los sofistas exploraron posturas y temas filosóficos como el relativismo, los naturalismos, la virtud, la moralidad, el conocimiento, el lenguaje e, incluso, aportaron las primeras rendiciones del escepticismo gnoseológico. A cambio de algunas monedas —algunos dracmas—, ellos fueron los primeros encargados de defender a acusados y acusadores en el Areópago griego frente a magistrados y votantes de la opinión pública —es decir, frente a los jurados— respecto a las inquisiciones legales de la época.

En un principio la práctica era ilegal y fue mal vista por los atenienses que tuvieron que enfrentarse a este cambio. Con el tiempo, se desarrolló una artimaña recurrente en la que los sofistas se hacían pasar por amigos del acusado o el acusador que asistían al juicio para compartir su postura de manera gratuita y con el mero afán de ayudar; por fuera, los involucrados pagaban a su respectivo defensor.

Quizá por ello y por las posturas filosóficas que se gestaban a su alrededor, los testimonios antiguos que nos llegan de ellos suelen ser negativos: criticando su postura “poco comprometida con la verdad” o criticando la idea de que la virtud —la excelencia, la ἀρετή— es algo que puede enseñarse o, simplemente, afirmando que el único criterio del sofista es convencer sin importar de lo que se convenza.

En Platón, los sofistas son la representación de la idea de que la verdad y el Bien están al alcance del mejor postor, de quien mejor pueda vender cualquiera de esos valores vinculantes, trascendentales y objetivos —en la opinión del ateniense. En Aristóteles, la postura avanzará a reivindicar muy moderadamente el valor de las técnicas lógicas, retóricas y oratorias de la labor sofista; así, concluirá que la única diferencia real entre un sofista y un filósofo en lo que toca a la argumentación es que el filósofo razona para encontrar la verdad mientras el sofista razona para persuadir.

La perspectiva sobre los protoabogados en la Grecia Clásica se resume excelentemente en palabras del comediógrafo Aristófanes quien, considerando a Sócrates como un sofista más, dice que aquellos se dedican a “hacer pasar al razonamiento o argumento injusto como el más justo o hacer pasar el razonamiento o argumento más justo como el más injusto” según su conveniencia.

Quizá desde entonces se arrastra la idea de que, como dice el chiste, los abogados son como los plátanos: no hay uno sólo que sea derecho. Quizá de ahí bebe la mitología del “abogánster”, es decir, la mitología del abogado dedicado a facilitar las actividades ilícitas de sus clientes o de grandes organizaciones delictivas. Quizá de allí, quizá de un tanto de realidad —porque definitivamente existen estos casos— y quizá de un mucho de cierta tradición hollywoodense, la tradición del abogado criminal.

El más reciente y, probablemente uno de los más destacados, ejemplos de este concepto lo explora el spin-off de una de las mejores series en la Historia de la Televisión —Breaking Bad— protagonizada por el mañoso, ingenioso, simpático, tramposo, mentiroso pero corazonado Jimmy McGill, alias Saul Goodman o Gene Takavic.

Better Call Saul, uno de los poquísimos casos de una serie derivada de otra serie que es igual o mejor que su fuente de origen. Un nuevo despliegue del arrollador nivel de storytelling de Vince Gilligan y Peter Gould. Una exhibición soberbia de una historia contada paso a paso, con ritmo, con cadencia, con inteligencia y con contemplación pura. Una clase de composición visual, de cinematografía. Una muestra inmejorable de cómo se hace televisión de calidad.

La historia desvela el pasado y el futuro de Saul Goodman, una de las piezas clave de la organización delictiva dirigida por el narcotraficante Walter White, alias Heisenberg en Breaking Bad. Nos presenta a la persona detrás del personaje, Jimmy McGill, y teje a lo largo de seis temporadas la tela de la que se compone un descarado defensor de criminales como él.

El arco de Jimmy se divide en tres etapas, correspondientes a cada uno de sus nombres. La primera ve a un estafador amateur buscando corregir su pasado convirtiéndose en un buen abogado; un tomador de atajos que, ahora, debe seguir el camino largo para hacer bien las cosas pero que, como es de esperarse, pronto se frustra y empieza a echar mano de sus mañas para conseguir resultados. Nace así Saul Goodman.

La segunda ve a Jimmy/ Saul involucrarse con un poderoso cartel. Ve al abogado convertirse en un ejecutor más de los actos delictivos de sus clientes. Ve a Better Call Saul pasar de ser una serie legal-dramática para convertirse en una serie criminal cuya historia se potenciará y culminará en Breaking Bad.

La tercer, y finalmente la más significativa, lidiará con las consecuencias de la vida criminal de Saul Goodman. Nos mostrará la vida de un fugitivo de la justicia que perderá la adrenalina, el placer y la alegría de hacer las cosas a su manera sin importarle qué leyes está sobrepasando o a qué autoridades está provocando. Nace, entonces, Gene Takavic.

Takavic como un Saul Goodman olvidado y retirado que busca escapar de sus delitos. No por vergüenza ni porque quisiera dejar de cometerlos; simplemente porque no quiere ir a la cárcel. Un Jimmy/Saul/Gene que no puede negar su esencia de embaucador pero que no quiere asumir la responsabilidad sobre sus actos.

Es entonces cuando a Jimmy se le presenta la oportunidad de elegir quién quiere ser: su pasado optimista y resiliente —un humano que no toma atajos y que asume quién es para cambiar—, su pasado descarado y estruendoso —un abogánster en toda regla— o su presente opaco e insípido —un trabajador de panadería que se esconde de las consecuencias de sus actos.

Es ahí donde Better Call Saul se revela como la historia que realmente es. La historia de un amor —el amor de Jimmy por su leal colega y pareja Kim Wexler— que supera al instinto narcisista de la soberbia, de la evasión, de la preservación de la propia comodidad y de la despreocupación de un hombre a pesar de ser un criminal buscado en todo el país.

Un amor que motiva a un engañador profesional a tomar una decisión entre mejorarse como ser humano —sabiendo que ninguna acción buena borra todas las malas ni todas las malas borran las buenas—, o sostener las viejas glorias —las glorias oscuras de una vida de placeres y fastuosidades que implican muertes, delitos, lavados—, o vivir en las sombras —escapando siempre, con temor siempre, intranquilo siempre.

Gilligan y Gould cerrarán la saga de Breaking Bad con la historia de Jimmy. Si a Walter le toca enfrentar la muerte y a Jesse Pinkman le toca granjearse un sentido de autodominio mediado por la aceptación de sus “pecados”, a Saul le toca una combinación entre ambas cosas. La muerte de una parte de sí, la permanencia de una opacidad perpetua —como la negación de que algún día vuelva a existir el color, el sabor, en su vida— y la aceptación de lo que se ha hecho mal. Ni siquiera como un modo de redimirse —porque hay cosas de las que no existe una vuelta atrás— sino como un mero acto de romper una cadena de malas acciones con una buena acción.

Al final, un embaucador, mañoso, mentiroso, delincuente, engañador, persuasor y sofista como Saul Goodman rompe las cadenas de su malentendida misión con el revolucionario acto de reconocer la verdad. En el límite en el que el sofista McGill podría alcanzar la gloria de su razonamiento ágil y convenenciero, decide agregar un poco de verdad a su actuar— movido por lo más verdadero que conoce, cabe inferir, que es el amor que siente por una compañera inmejorable como Kim Wexler.

Ahí donde, inesperadamente, el abogánster-sofista alcanza un asomo de luz redentora con un poco de filosofía.

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