Amor. Azar.

Publicado en Diario Imagen el 15 de abril de 2020.

En la limitada oferta de novedades cinematográficas que nos regala el contexto tan singular en el que nos encontramos, el regreso de Dean Craig al guionismo de comedia y su incursión en la dirección resulta refrescante aunque, ciertamente, no al nivel del cine de primera calidad que tanto se extraña por estos días.

Así, el escritor de Death At A Funeral (en 2007 y con una sólida re-versión estadounidense en 2010) vuelve al género que lo rodeara de muy buenas expectativas como un digno representante del particular sentido del humor británico. Estilo caracterizado por ser siempre más proclive a los enredos y a la comedia argumental y retórica que al empleo ramplón de recursos legítimos, como la pantomima o la estridencia, en el que suele caer la llamada New American Comedy estadounidense.

Estilo que vemos claramente reflejado en su nuevo proyecto titulado Love, Wedding, Repeat que pasa al español como Amor. Boda. Azar., traducción que lamentablemente pierde la referencia a la idea de recurrencia que nos plantea esta película desde su título original y que, con cierta decepción, no alcanza a desarrollar de la mejor manera dejando incompleta la exploración de sus múltiples enredos románticos cómicos dada una variación mínima en un escenario tan propicio y fértil para que todo salga mal como lo es una boda.

Con esta advertencia, entonces, la película transcurre ligera, con atinados golpes cómicos, con claros propósitos narrativos que después no termina por capitalizar pero, de manera más interesante para mí, guiada por una simple reflexión sobre el papel que juega el azar en nuestras vidas y, en específico, en el amor. De manera precisa, en el papel que una simple variable puede jugar para que lo que más anhelamos suceda como queremos o para que, sin más, se desvanezcan sus más mínimas posibilidades.

Reflexión que tiene un correlato ampliamente discutido en la Historia de la Filosofía que por siglos ha tratado de explicar el papel que el azar juega en la naturaleza y en la existencia misma. Ésta se expresa en dos principales vertientes: la discusión del azar desde el punto de vista conceptual de la Física y las ciencias y la discusión del azar desde el punto de vista de la ontología (dentro del estudio del ser).

En cuanto a la primera vertiente, el más antiguo referente claro son los atomistas griegos quienes ya proponían desde el siglo V a.C. la existencia de elementos indivisibles que componían todos los objetos que vemos en la realidad. Para ellos el concepto de azar surgía cuando trataban de explicar la manera en la que los átomos interactuaban entre sí para componer un objeto dado. Noción que, como todo en la Filosofía, sería copiosamente discutida desde diversos puntos de vista y por muchos de los seguidores de esta teoría física antigua.

Después, quizá la referencia más próxima es Aristóteles quien discute la naturaleza causal del azar, en particular, si el azar es, tal cual, una causa considerable. La comprensión del fenómeno para el alumno de Platón se diluirá, en sus implicaciones más simples, en la idea de que el azar es la coincidencia de múltiples causas que nos son desconocidas pero que no por ello son incausadas. Dicho de otra manera, que el hecho de que cuando una persona que va caminando por la calle reciba en la cabeza una cubetada de agua, si bien parecerá algo azaroso para quien es mojado, no carece de causas que expliquen el incidente; que en este caso podría ser, simple y llanamente, un accidente provocado por alguien regando sus plantas en el piso superior.

La Edad Media, en consonancia con Aristóteles mantendrá el debate sobre el azar en estas condiciones y no será hasta la Modernidad cuando las cosas cambien de la mano de la revolución científica y conceptual que será el descubrimiento de la Ley de Gravitación Universal por Isaac Newton. El caso con la Modernidad es que, al encontrar en el trabajo de Newton la potencial llave de interpretación de toda la realidad patrocinada por las Matemáticas (lenguaje en el que se expresó esta Ley de la Naturaleza), llevó a la humanidad a confiar de manera excesiva en la infalibilidad del Método Científico basado fundamentalmente en la matematización de la teoría y considerando, con ello, al azar como una imposibilidad.

Sin embargo, esta infalibilidad matemática pronto se vería contestada por innovadoras teorías y descubrimientos como la Teoría de la Probabilidad, el Evolucionismo y, ya en la Era Contemporánea, el Principio de Indeterminación, la Teoría de la Relatividad y básicamente todo lo que no sea la llamada Mecánica Clásica.

De esta manera, entonces, en la Era Contemporánea el azar vuelve a aparecer dentro del mundo de posibilidades conceptuales para explicar la realidad (y la existencia) e incluso se vuelca en teorías holísticas (que tratan de dar una explicación completa de la realidad) como la Teoría del Caos (influyente en múltiples ciencias y disciplinas entre las que se incluyen las Matemáticas, la Física y la Biología) que trata de explicar a ciertos fenómenos de la realidad desde la impredictibilidad de sus variables.

En lo que toca a la segunda vertiente de este debate, en paralelo con la versión de la Física y las ciencias, la noción del azar se mantuvo lejos de la ontología (subsumida acaso en breves representantes que atendían en su mayoría al debate científico) hasta que se expresara de manera contundente y feroz en la filosofía de Friederich Nietzsche (en pleno siglo XIX) quien, en la búsqueda de invertir los valores clásicos de la Historia de la Filosofía y la Historia de la Ciencia, a quienes consideraba viciosas, puso al azar en el centro de sus reflexiones y como uno de los conceptos cúspides de su oposición a las nociones clásicas del propósito de la naturaleza (el finalismo) y la causalidad estricta, infalible y siempre invariable.

Para Nietzche, el azar se convierte en la liberadora necesidad del cambio, en la liberadora imposibilidad del conocimiento absoluto y plenamente preciso, en la eterna vitalidad de la interpretación y en el reinado del perspectivismo. Esto bajo la simple convicción de que donde el azar (entendido como la carencia de causas racionalizables) gobierna, el caos, en su absoluta referencia al devenir, es la regla. Impredecible. Inaprehensible. Resuelta en sus incognoscibles variables.

En resumen, pues, el azar se expresa de dos maneras para estas dos perspectivas paralelas del problema (la Física-científica y la ontológica): o bien, como la suma de causas coincidentes y desconocidas, o bien, como la inexistencia de causas racionales y cognoscibles reales para todo lo que existe. Entonces ¿qué es el azar?¿Es lo que carece de causas racionales o racionalizables como en la teoría del caos o en la filosofía nietzscheana?¿O será simplemente la coincidencia incidental de cadenas causales que desconocemos? Y bajo esa reflexión, ¿qué es el amor dentro de un mundo azaroso?¿Coincidencia pura?¿Ilusión sin importancia?¿Tiene algún valor?

En lo personal, encuentro a ambas posibilidades esperanzadoras y no las considero excluyentes entre sí aunque, eso sí, innegablemente amargas. Ante la disyunción por el amor como la coincidencia de una cadena de causas desconocidas o como, sin más, una ilusión sin propósito, opto por reconocer que vivimos en un mundo de causas a las que somos ciegos; unas por nuestra naturaleza imperfecta, otras simplemente por nuestra ignorancia (porque no podemos saberlo todo) y otras más, quizá, porque simplemente no existen en nuestros términos. Causas a las que, no obstante, abonamos o restamos de las más inconscientes maneras cada que salimos al mundo creyendo en nuestra capacidad plena de decidir.

Yo opto por creer que importamos y que valemos. Que lo que generamos en otras personas se diluye en la infinita justicia de la nada, de lo no-humano, de lo que excede a nuestra razón y a nuestra naturaleza. Yo opto por creer que sigue siendo un portento que en este mundo de sinsentidos, incertidumbres y falencias mi alma sea amada y tenga a quien amar.

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