Con anterioridad he hablado de la intrigante tarea de introspección que nos establece la, más recurrente que rara, falibilidad de nuestra memoria y, en específico, su fragilidad como el sustento de nuestra experimentación subjetiva de la propia identidad y de la realidad. Hoy, vuelvo al asunto a los ojos de The Father o El Padre que, justamente, nos adentra en la experiencia de una mente mellada por la demencia senil.

Con actuaciones de Anthony Hopkins, Olivia Colman e Imogen Poots, la cinta adapta la exitosa y multipremiada obra de teatro Le Père del dramaturgo francés Florian Zeller, quien funge también como director de la versión fílmica y co-escritor de la misma junto a Christopher Hampton, nominado en tres ocasiones a Premios de la Academia Estadounidense de Cinematografía por Mejor Guion Adaptado.

El Padre se exhibió en el Festival de Cine de Sundance y el Festival Internacional de Cine de Toronto, ganó recientemente dos Premios BAFTA y ha sido nominado a los Globos de Oro, los Critics’ Choice Movie Awards y los Premios Goya además de contender este año para seis Premios Óscar (incluidos Mejor Actor y Mejor Guion Adaptado).

De este modo, en el mundo de la crítica especializada y las premiaciones de la industria, la película se ha destacado durante este 2021 alcanzando una “aclamación universal” que destaca, fundamentalmente, la generosidad y profundidad emotiva de Anthony Hopkins para dar vida al personaje principal de esta historia, curiosamente con el mismo nombre, Anthony y, por supuesto, la ya más que confirmada solidez interpretativa de Olivia Colman.

A pesar de que para algunos cineastas la recepción directa de cualidades propias del teatro en piezas de cine suele verse como un vicio indeseable, lo cierto es que en ocasiones la calidad de una realización fílmica sostiene y justifica cualquier posible exceso a ese respecto que, siendo sinceros, suele ser el caso cuando se traslada una historia del teatro al cine.

Sin embargo, me parece que The Father logra esquivar este posible obstáculo con una gracia, sutileza e ingenio especialmente notables pues, si bien recoge algo de ese humor espontáneo, desenfadado y solemne de los telones y tarimas, da un paso por propio derecho en el mundo del cine con su propuesta narrativa: confundir al espectador con la misma patencia con la que alguien que empieza a ceder a la demencia vive en constante confusión, no-linealidad, temor, irascibilidad y frustración.

Así, nos enfrentaremos a un espacio y un entorno constante y aparentemente inmóvil en el que se desencadenaran pequeñas variantes que delatan a una mente cada vez más incapaz de aprehender lo que sucede a su alrededor. Una mente que superpondrá episodios, momentos, que intercambiará rostros, que perderá objetos, que jurará que no necesita ayuda, que jurará, también, que alguien le ha robado. Una mente senil.

Un específico modo de sufrimiento incomunicable pero que, aun así, no resulta imperceptible ni no-retratable. Incomunicable, quizá, pero común. Capaz de generar empatía, capaz de generar dolor, angustia y preocupación franca por una experiencia ajena, imaginaria si se quiere, pero no irreal.

Un sufrimiento, una confusión y una demencia patentes a través de un habilidoso ejercicio fílmico que nos adentra en una narración que se siente inconexa por momentos, que se siente constantemente familiar pero, al mismo tiempo, constantemente confusa y desconocida. Una narración que convierte la demencia en película.

Una película que se vive hoy por millones de ancianos. Una película que, el día de mañana, podría ser nuestro día a día. Una decadente forma de navegar la realidad que trastoca el propio autoconcepto, que mueve todo de lugar, que deshace y reinventa con aparente aleatoriedad.

Un sufrimiento, una confusión y una demencia que viven hoy millones de personas. Un sufrimiento, una confusión y una demencia para los que parece no hay respuestas ni soluciones satisfactorias. Un sufrimiento, una confusión y una demencia a través de los que hoy millones de hijos, hermanos, amigos y esposos ven destellos del ser querido que conocieron alguna vez. Un sufrimiento, una confusión y una demencia que nos recuerdan que el tiempo se le irá acabando a todos. Que la memoria nos fallará a todos un día. Que, por culpa de las graciosas coincidencias o por mero azar, ya no sabremos si somos el Anthony de los Óscares o el Anthony del olvido.

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