Tras un par de semanas de su llegada al catálogo de Netflix, en esta ocasión tuve la oportunidad de adentrarme en el mundo visual y narrativo de la adaptación de la novela homónima escrita por Walter Tevis en 1983, The Queen’s Gambit. Situada entre los años 50 y los 60s, la miniserie de siete episodios es responsabilidad del dos veces nominado al Óscar por Mejor Guion Adaptado, Scott Frank (Out Of Sight, The Wolverine, Logan) y el multipremiado escritor escocés Allan Scott.

Sigue la vida de la ajedrecista de ficción Beth Harmon, desde su infancia en una trágica llegada a un orfanato hasta su ascenso por los diferentes circuitos del ajedrez profesional y su construcción personal y emocional para convertirse en una Gran Maestro Internacional.

Protagonizada por Anya Taylor-Joy (The Witch, Fragmentado, Glass, The New Mutants), la serie es un hábil despliegue de sutilezas discursivas, precisa fotografía, narrativa constructiva e intrigante, imaginario vivo y atractivo y, por supuesto, una efectiva inmersión en el mundo del ajedrez que, aún para quienes no son particularmente adeptos a éste, cobra una consistencia entretenida, dinámica y emocionante.

Del mismo modo que en otros de sus trabajos que he tenido la oportunidad de comentar, la actuación de Taylor-Joy es una de las claves principales para que este juego de simbolismos y exploraciones íntimas-humanas obtenga esa calidad envolvente y apelativa del singular genio femenino de una Beth que, simplemente, parece sacada de un mundo alterno.

Un mundo alterno en el que el hecho de ser mujer no es tan especialmente relevante como parece serlo para todos los hombres de la escena del ajedrez profesional que quedarán genuinamente impactados por la habilidad de este impetuoso y sofisticado personaje. Una auténtica rockstar, desenfadada, asertiva, desinteresada por las muchas o pocas exigencias genéricas que su contexto pudiera imponerle. Simplemente un ser humano con ganas de ser el mejor ajedrecista de su época.

A este respecto, por ejemplo, la serie resulta sutil en los trazos con los que esboza el contexto de los roles de género en la posguerra estadounidense y el modo en que el éxito de Harmon va rompiendo con sus lógicas. Desde tener sólo una pequeña columna en una página intermedia de un diario con sus triunfos, hasta convertirse en una auténtica representante del bloque político defendido por su país en esa iteración simulada de la Guerra Fría.

Sin embargo, no todo es positivo y admirable en la construcción de la Beth Harmon que esta historia de vida nos irá descubriendo pues, a la par de su contundente habilidad, se hará patente su total acracia intemperante frente a las drogas y el alcohol que, a lo largo de su vida, se erigirán en aparentes aliados, distracciones o sanaciones de la difícil constitución de un incontestado y renombrado talento internacional.

Así, los simbolismos de Gambito de dama jugarán, entre otras metáforas, con la idea de la aún inexistente para los años 60s inteligencia artificial en el ajedrez (comparándola en algún momento con la inteligencia de Beth), la persecución de voluntades y deseos del tablero de ajedrez (en comparación con una cierta tensión sexual que Beth experimentará) y el huidizo carácter del solitario genio de su protagonista (contrastándola con su eventual reconocimiento de la importancia del trabajo en comunidad). Todo esto para relatarnos una historia de crecimiento psicológico y moral que, en su conjunto, será una historia de liberación personal y autodescubrimiento.

Y ahí, en el autodescubrimiento, es donde cobran sentido un par de conceptos referidos a Beth, primero, el gambito de dama con el que se le nombra a la obra y, segundo, la apofenia con la que se describe a Beth en determinado momento del relato de su historia de vida.

El gambito de dama es una de las posibles estrategias de apertura con las que se puede enfrentar una partida de ajedrez. En especial, es una apertura en la que se ofrece una de las piezas del tablero propio para provocar una respuesta en el adversario que pueda traducirse en beneficios o ventajas para el desarrollo de la partida. Además de ser uno de los movimientos más estudiados del juego por las múltiples variantes que puede adoptar.

De esa manera, me parece, el gambito de dama representa el arrojo con el que Beth, desde pequeña, se aventura a la vida. El modo en que el ofrecimiento trágico de una inocencia marcada por la muerte se traduce en los diferentes eventos que la van acercando a su destino como la mejor ajedrecista del mundo. El modo en que lo perdido, sin merecerlo, se puede convertir en la ocasión de lo ganado, mereciéndolo.

Y el camino para lograrlo es la apofenia. Emparentada con la construcción del griego antiguo ἀπό (apó; desde) más φαίνω (faíno; parecer) que puede entenderse como “parecer algo desde”, o bien, derivada del verbo griego ἀποφαίνω (apofaíno) traducido como revelar, descubrir o, especialmente, “descubrir a algo como”; la palabra refiere a la tendencia perceptiva de descubrir patrones y conexiones significativas entre objetos que no están relacionados entre sí.

Cualidad que se atribuye a Beth y otros ajedrecistas bajo la observación de encontrar caminos, patrones y normas de movilidad habituales en un simple juego. Quizá la cualidad que permite a Harmon y muchos jugadores de la vida real sostener partidas enteras en la cabeza. Quizá la cualidad que llevará a la jugadora de Kentucky a decir en algún momento que el ajedrez es un mundo que controla y en el que no puede pasar nada más allá de su comprensión.

Un mundo que, en contraste con el mundo real, con el de la vida de Beth e incluso con el de nuestras propias vidas, parece tener siempre sentido. Parece nunca revelarse gratuito, incierto, incomprensible o absolutamente azaroso e injusto. Porque, sí, desde un punto de vista agente, activo, la disposición a encontrar sentido en donde no lo hay se puede convertir en el más efectivo salvavidas. En el más efectivo camino a la propia verdad que se encarna y, finalmente, el camino para sacarle alguna ventaja a esas pérdidas tempranas que nos suele procurar el tablero de la vida.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Ana

    Está súper la reseña pero esperaba un poco más sobre el tema de la apofenia, que es el título de la nota :/

    1. Filosofía Millennial

      Hola, Ana, muchísimas gracias por tu comentario.

      Como este texto también se imprime en un periódico y con la intención de ser relativamente concretos y específicos, el espacio para desarrollar los puntos de vista de nuestro autor suele ser limitado.

      Agradecemos mucho la observación y concordamos con el hecho de que la apofenia es un tema que tiene dimensiones psicológicas y hasta psiquiátricas que valen su propio análisis y más en contraste con la historia de Beth. El esfuerzo, con todo, es más simbólico y metafórico e incluye una investigación propia de la etimología griega antigua del término pero, como bien apuntas, siempre hay más que decir y aprender.

      Tu observación nos reitera el gusto e interés de nuestros lectores y nos anima a encontrar cada vez más y mejores maneras de presentar nuestro trabajo. Muchísimas gracias, nos complace mucho que hayas disfrutado esta reflexión-reseña. Seguiremos trabajando.🤓

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