Aprender a disfrutar la vida: alcohol y Filosofía

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Desde las múltiples historias de Sócrates en reuniones y conversaciones, pasando por El Banquete de Platón y hasta un perdido tratado Sobre la embriaguez de Artistóteles; en la Historia de la Filosofía Antigua se ha hecho referencia a los beneficios, riesgos y hasta el papel pedagógico de las bebidas alcohólicas como parte de cierto apaciguamiento del ánimo y como parte del camino del sabio.

Para Sócrates-Platón la relación entre alcohol y sabiduría se establece a través de las reuniones de poetas, mitólogos y dramaturgos que, en el calor de las copas moderadas, son capaces de entablar conversaciones de muchísimo provecho intelectual para quien apenas inicia su camino en el mundo del conocimiento.

Para Aristóteles, el análisis pasa a la pregunta por la diferencia entre una embriaguez acrática y un saludable consumo del vino para acompañar libaciones y ritos sagrados o, incluso, para poner el ánimo en un estado que le permita “disfrutar de reposo, contento y alegría”. El análisis pasa a la pregunta por el modo en que un hombre sabio es también capaz de alcoholizarse sin, por ello, caer en excesos o improperios.

En adelante la tradición filosófica variará sus perspectivas sobre las bebidas alcohólicas siempre enfatizando la distancia entre el beber para el disfrutar y el relajarse y el beber como ocasión del desenfreno. Por lo general, dando un visto aprobatorio para el primer caso y una contundente advertencia y condena para el segundo (v.g., beber “hasta la hilaridad” está bien, dirá Tomás de Aquino).

De ahí, que el concepto neutral e intrigante desde el que Thomas Vinterberg explora esta sustancia y su conjunta experiencia humana en el film, Druk, Another Round o Una Ronda Más, sea, en más de un sentido, profundamente filosófica, por un lado, y pertinentemente refrescante, por otro, como una franca oposición a discursos moralinos y condenatorios que sentencian al alcohol en su totalidad.

La película del género cómico-dramático protagonizada por Mads Mikkelsen y ganadora al Óscar por Mejor Película Internacional sigue a cuatro profesores de colegio que, como remedio a sus vidas monótonas, tibias y planas, deciden experimentar la teoría del psiquiatra y filósofo noruego, Finn Skårderud, que afirma que los seres humanos nacen con un déficit de 0.05% de alcohol en la sangre.

En consecuencia, de la teoría de Skårderud y en el experimento de los cuatro protagonistas de Druk, se seguirá la necesidad de ingerir alcohol de manera constante para mantener este nivel de la sustancia en el organismo con la promesa de estar “más relajados, ser más creativos y estar más abiertos”.

De este modo, Martin, Tommy, Peter y Nikolaj emprenderán un gracioso pero igualmente dramático y significativo viaje por el mundo de la embriaguez moderada (y no tan moderada) que, en realidad, se convertirá en un detonante del autodescubrimiento en plena mediana edad, en la reconquista de una libertad y autodominio perdidos en el nombre de la rutina y en el reencuentro con y la revelación de una intimidad anhelante. Una intimidad existencialista.

Existencialista porque el otro gran filósofo presente en este estudio de la falibilidad y la reapropiación vivencial humana es el compatriota de Vinterberg, Søren Kierkegaard, a quien se cita como un epígrafe del film y a quien se cita como una expresión sincrónica y metafílmica del fondo humano y discursivo de Another Round.

Kierkegaard, gran admirador de Sócrates y su veta simposiaca (i.e., como destacado asistente a banquetes; como destacado conversador y prudente bebedor) y gran admirador de Sócrates y su patente gravidez histórico-existencial, filosófico-vivencial. Kierkegaard, filósofo de la pasión por la existencia. Kierkegaard, filósofo de la angustia y la libertad.

El filósofo danés del siglo XIX es considerado el padre del existencialismo porque es el primero en introducir el concepto de la angustia, la ansiedad o el miedo como el motor de la toma de conciencia sobre la propia libertad. En otras palabras, la angustia, ansiedad o miedo como una sensación displicente que nos enfrenta al más radical sustrato de nuestra individualidad humana: nuestra capacidad de elegir; nuestra libertad.

Nuestra libertad como un abanico de posibilidades casi infinitas que se nos impone violentamente y que, para muchos, como Martin, Tommy, Peter y Nikolaj, puede tornarse en una anestesia frente a la vida. En un mejor no decidir por miedo a equivocarse. Un mejor no moverse por miedo al dolor del fracaso. Un mejor no intentar. Un inhibirse existencialmente.

Inhibición que encuentra como su polo opuesto a la liberadora desinhibición que otorga un buen vino, una buena cerveza o buen vodka. La desinhibición que, llevada a su máxima y excesiva expresión, puede llevar a la muerte, a la desnudez, a la violencia, al perderse a uno mismo, al infantilizarse, al abandonarse, al barbarizarse.

Pero también, la desinhibición que puede gestar la verdad. La atenuación de las defensas que nos erigimos para con nosotros mismos, la develación de las partes del yo que, inconscientemente, luchamos por evadir, suprimir o ignorar. La desinhibición que regala un autoconocimiento, una autoconciencia y, con ello, una renovada libertad capaz de elegir mejor. Capaz de elegir para uno mismo atravesando los filtros que la rutina sistemática nos impone.

Y, al final, como todo lo que implica a la libertad humana, seremos la expresión radical de lo que tenemos en el corazón, en el yo más íntimo. Y, al final, como cualquier proceso de autodescubrimiento, la autoexploración que puede desprenderse del alcohol no se vive sin dolores, sin errores y sin horrores.

Las sustancias que existen en el mundo no son buenas o malas en sí mismas, al menos ese es el punto en el que coinciden Vinterberg, los protagonistas de su película, Skårderud, los Filósofos Clásicos y, a su modo, la angustia kierkegaardiana. Las sustancias son y lo que como humanos hagamos con ellas es lo que puede traducirse en actos capaces de ser juzgados como buenos o como malos.

Para unos explicitará preguntas, motivará diálogos y moverá hacia la indagación intelectual; para otros potenciará obviedades, para algunos más revelará secretos y, para la mayoría, pondrá en primer plano lo que, de algún modo, ya sabíamos de nosotros mismos pero habíamos preferido pasar por alto. Sin embargo, en última instancia, el alcohol nos abrirá la puerta a disfrutar (experimentar intensamente, sin filtros y con toda franqueza) de manera más genuina quienes somos (con sus vicios y con sus virtudes inherentes).

El alcohol, como recurso pedagógico, filosófico y de conocimiento, nos llevará a lo que por siglos hemos sabido: que somos seres falibles. Que somos lo que elegimos con los recursos, oportunidades y conceptos que tenemos disponibles al momento de decidir. Que somos la angustia, la ansiedad o el miedo con el que enfrentamos nuestra irrefutable libertad. Que nuestros errores son nuestros, que nuestros aciertos son nuestros, que somos nuestros procesos.

Y, al final, si no nos topamos con uno que otro dejo de barbarismo irrefrenable, malsana perversión o vicio monstruoso voraz, esas copas de vino, esas cervezas, esos vodkas, esos tequilas, esos mezcales y esos guaros nos pondrán frente a frente con la más difícil misión teórica del existencialismo y la más inalcanzable tarea práctica de la individualidad humana: aprender a disfrutar la vida.

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