Armando Vega Gil.

Publicado en Diario Imagen el 3 de abril de 2019.

Me encuentro realmente en shock, escribo esta columna justo momentos después de enterarme de la noticia de la muerte de Armando Vega Gil. No suele sucederme que la muerte de una celebridad me apele tanto, pero en este caso resulta imposible sentirme herido, realmente perdí a alguien importante para mí. Nunca lo conocí, conocí su música y aprendí de ella una cierta irreverencia y la cualidad de atreverse a afirmar lo mexicano sin empacho ni miedo.

Frases como “si lo mexicano es naco y lo mexicano es chido, entonces, verdad de Dios, todo lo naco es chido” o “pinche Malinche, lo Cortés no quita lo Cuauhtémoc” se convirtieron en lemas coloquiales de mi búsqueda de libertad creativa y creación literaria y filosófica. Le debo en mucho a ese atrevimiento el atreverme a amar lo que soy y no querer ser nadie ni nada más, con las cosas buenas y las cosas malas.

Hace algunas semanas escribí una columna en la que relacionaba a un filósofo eminentemente misógino, Schopenhauer, con un producto cinematográfico con miras feministas como lo fue Captain Marvel y allí señalaba que ambos discursos se unen en una imperturbable e irrenunciable intención de vivir y vivir bien y vivir eternamente deseando algo más y algo más. Hoy esas palabras resuenan en mi cabeza recordando que el propio Schopenhauer, siendo el principal representante del pesimismo, era también uno de los principales críticos del suicidio.

Muchos han sido los filósofos que han tocado el tema, unos en favor, otros en contra, pero usualmente apelando a factores externos: o bien debe hacerse por una libertad autónoma y decidida, lo cual apelaría a la percepción que se tenga de la propia liberta que depende de nuestro contexto, o bien no debe hacerse porque nuestra vida le pertenece a Dios y no a nosotros, lo cual apela a la existencia de un Ente ajeno a nosotros y que decide nuestros andares por nosotros en favor de un Bien Universal que nos es desconocido. En esto Schopenhauer se destaca pues apela a una estructura interna: la Voluntad que, a diferencia de Dios o nuestra percepción de nuestra libertad, es una fuerza que nos mueve de manera inconsciente y que proviene de nosotros mismos, de nuestra condición de existentes porque la existencia es deseo según el filósofo del siglo diecinueve. Así pues, para Schopenhauer, el suicidio más que ser un acto de libertad o rebeldía, es un acto de la Voluntad que representamos. El que se quita la vida lo hace porque en realidad quiere vivir, dicho de otro modo, al no encontrar en su vida la capacidad de desear o expresar su deseo vital de manera plena, decide tomar este camino como una expresión de vitalidad y de la necesidad de vida. Lo que tiene ya no le parece vida y, por eso, afirma su potencia vital en la aniquilación, el acto más violento que puede existir y, por tanto, el más voluntarista.

Para Schopenhauer este no es un camino que se deba tomar, por el contrario, es darle más poder al poder de la Voluntad. En contraste, propone, influido por la filosofía budista, escapar de este mundo que nos exige expresarnos en una voluntad egoísta y violenta que sólo nos provoca sufrimiento por medio de la negación de las apariencias y la representación que somos, dicho de otro modo, escapar de la Voluntad y dejar de desear. Para esto sólo existen tres espacios donde la Voluntad que somos se desvanece: el arte (pues en él el ánimo se diluye en la creación estética absoluta), la contemplación (pues en ella elevamos nuestra conciencia al nivel del cosmos y nos entendemos parte de un todo y, así, nos hacemos uno con el universo y nos olvidamos de egoísmos e individualidades) y la compasión (Schopenhauer es uno de los primeros defensores del bienestar de los animales, empero, su defensa de la compasión no se detiene ahí únicamente sino que es también la base de su propuesta ética que defenderá que el individuo debe ser capaz de actuar en contra de su propio interés egoísta; el hombre ético es un hombre altruista capaz de postergar e incluso negarse al propio placer en favor del bienestar y las necesidades de otros).

El caso de Vega Gil ha suscitado opiniones de todo tipo. Se ha leído como un chantaje mediático por ciertos feminismos pues el victimario se habría victimizado y, también, se ha leído como la consecuencia de una imprudencia técnica que asume sin ningún pensamiento crítico ni rigor documental las acusaciones de las usuarias de redes sociales. Yo, haciendo mi tarea de filósofo, más que dar un juicio categórico, quiero plantear una pregunta: ¿debemos rescatar el principio jurídico de la presunción de la inocencia?¿Asumir que alguien es inocente antes de que se demuestre lo contrario es un principio legal sensato?¿Por qué?¿Debemos, en consecuencia, acudir a las instancias legales correspondientes para que diriman acusaciones como las que se le imputaron a Vega Gil?¿Son las autoridades que tenemos realmente competentes y suficientes para solucionar este tipo de episodios? Y si no, ¿qué debemos hacer al respecto? ¿Existe en la sociedad civil algún poder para exigir a sus autoridades parámetros de justicia específicos?¿Y eso cuánto tiempo llevaría?¿Queremos cambios instantáneos o cambios verdaderos?¿Queremos ambos?¿Se pueden ambos? ¿Bastan denuncias en redes sociales para hacer justicia?¿El activismo real está en las redes sociales?

Ninguna de estas preguntas quiere poner en entredicho que es necesario que las mujeres en la actualidad sigan alzando la voz para cambiar al mundo. Sirva la muerte de un músico brillante y excelente escritor para preguntarnos cómo hemos actuado como varones. Sirvan estas líneas para disculparme por todas aquellas ocasiones en que yo también hice sentir mal a una mujer con mis actitudes y mis palabras y mis modos machistas. Hay que aprender a ser más que meros hombres de nuestro tiempo y asumo el reto, día a día, paso a paso. Nunca ha sido mi intención importunar a nadie. Perdón. Gracias y larga vida al guacarrock de la Botellita.

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