Arthur Fleck.

Publicado en Diario Imagen el 9 de octubre de 2019.

“La mejor película de superhéroes de la historia”, según algunos críticos; “la película más sobrevalorada del año”, según otros; una película impactante, sin lugar a dudas. Durante la última semana tanto se ha hablado sobre Joker de Todd Phillips, sobre la calidad de sus recursos y referencias, sobre su conciencia del contexto social contemporáneo y sobre el compromiso actoral de Joaquin Phoenix, que resulta muy complicado aportar una visión novedosa sobre esta obra fílmica.

Desde mi punto de vista, existen tres líneas principales sobre las que se podría leer este material que permitirían construir una interpretación de lo que vimos en la sala de cine y que quizá nos darían luz sobre lo rescatable en términos discursivos de esta cinta, más allá de sus cualidades técnicas que requerirían un espacio aparte para discutirse y desarrollarse plenamente.

En primer lugar, y a modo de advertencia para el lector, debo confesar que la película me parece buena (mejor que el común de las películas de superhéroes o supervillanos en su construcción narrativa, el dibujo psicológico de sus personajes e incluso algunas de las preocupaciones estéticas de su diseño) pero no necesariamente de una calidad atemporal (es decir, de un fulgor que se deslinde del contexto social e histórico en el que se sitúa).

Por eso los clásicos son clásicos, por eso seguimos leyendo a Homero o a Platón o seguimos reescribiendo la historia de Edipo o los cuentos de los hermanos Grimm, porque, más allá de ser testimonios de su época, son historias e ideas que siguen apelando a la naturaleza humana a pesar de los siglos de distancia entre sus primeras versiones y los subsecuentes lectores. Descripción que no estoy seguro le calce a esta película y que quizá sí puede describir a grandes películas de la historia del cine.

Mi opinión se basa en tres principales líneas de interpretación: el paralelo que esta historia establece con la llamada travesía del héroe o monomito, el paralelo que la película establece con el contexto ideológico contemporáneo y las bases con las que justifica esta historia como una narrativa inscrita en la inspiración de los cómics de Batman más allá de ser la historia de Arthur Fleck.

Respecto a la primera, resulta poco interesante confirmar que la estructura narrativa del monomito se ha convertido en una de las más efectivas del cine de nuestra época. Sin ella no existirían los múltiples universos interconectados y los grandes referentes de la cultura pop no tendrían el mismo sentido. Así, el ciclo por el que suelen pasar todas las películas de origen de villanos, héroes y superhéroes, a saber, la salida (donde el héroe es llamado a la aventura por el descubrimiento de un mundo de nuevas habilidades o nuevos poderes que puede o no aceptar), la iniciación (que es el proceso de dificultades o retos de “purificación” que lo llevan a reconocerse poderoso o extraordinario) y el regreso (donde el héroe vuelve a un renovado estado de estabilidad ya sea liberándose de su mundo antes conocido, o bien volviendo a él con sus nuevas características, o bien negándose a volver a él); en Joker se presenta claramente en lo estructural pero no así en lo material, pues la historia de “superación” de Arthur Fleck es una de degeneración o generación de un villano (según decida el espectador).

Desde ahí, si bien la película es impecable en su ejecución de esta estructura narrativa y en su consecuente inversión de su modelo, pierde algo de potencia y compromiso con el caos que el Joker propala al dejar su desenlace en un tono de indefinición, o, en el mejor de los casos, al revolverlo desde la impredecible locura del Guasón (asunto que, por otro lado, es coherente con la historia del personaje en los cómics y como enfermo mental).

En cuanto a lo segundo, es decir, al modo en que se inscribe en el contexto ideológico y político contemporáneo, resulta de hecho una pertinente objeción a los modelos coercitivos, ultra conservadores y propensos a dividir que tanto han avanzado a nivel global en diferentes lugares del mundo. No obstante es, al tiempo, una crítica aguda a los modelos ultra liberales, ultra permisivos y propensos a generar coerciones en el discurso bajo la pretensión de generar lo contrario. Construyendo, así, un paralelo entre ambos polos ideológicos que revela la incapacidad de ambos, en la praxis, de mejorar las condiciones de individuos como Arthur Fleck que resultan, para unos, inadaptados (“payasos” como los llama Thomas Wayne) o, para otros, indiferentes (como lo declara el propio Fleck en su monólogo final).

Pero el símil no para ahí, la referencia a problemáticas contemporáneas para el país de origen del personaje y el film, como la viva discusión sobre el acceso a las armas incluso para enfermos psiquiátricos como Arthur, o bien, el dibujo de un exitoso empresario que busca convertirse en dirigente de una sociedad a la que simplifica desde su privilegio, me impiden desligar esta trama del contexto en el que aparece e, incluso, me permiten sospechar la oportunidad con que se da su estreno cara a futuras elecciones y, de nuevo, a estas vivas problemáticas tanto en aquél país, como en el mundo.

Por último, en lo que toca al modo en que esta historia se inscribe en la tradición del Guasón en los cómics, me parece que Phillips logra cosas extraordinarias con aquella pincelada final que involucra a los Wayne, con inteligentes referencias a la tradición del personaje en líneas como The Killing Joke o versiones del mismo en otros medios con referencias a otras iteraciones del personaje.

Sin embargo, no paro de reparar en la libertad creativa que se toma el director para darle un nombre específico a un personaje que nunca lo ha tenido de manera oficial o canónica en las historietas. Arthur Fleck (A. Fleck, si la ironía no es obvia), es una traducción a la realidad de un personaje que, de manera impactante, no parece tan descabellado. Un personaje que podría parecer ejemplar, simpático y digno de imitación para aquellos que no logran distinguir entre lo real y lo que no lo es; pero también un personaje retador, que confronta, que duele, que provoca compasión, llanto, ardor, rabia e impotencia para quienes logran descifrar la metáfora que es su diseño.

Estoy seguro que la intención de esta película no es llamar a la rebelión o incentivar las actitudes de su protagonista; es quizás una advertencia del mundo que creamos con las coerciones liberales o con las coerciones conservadoras por igual; es quizás una estrategia para infundir miedo en quienes vivimos en la llamada “sociedad de masas” donde, como muchos filósofos han apuntado, parece que estamos hechos para despersonalizarnos a cada paso que damos pues, entre la marabunta, todos parecemos mínimos, irrelevantes, damos igual, debilitando así nuestra naturaleza gregaria y social y minimizando, con ello, nuestra capacidad de empatía; es quizá, sin tanto lío, simplemente el viaje a través de los delirios, indeterminaciones y contradicciones de la ilógica mente del Príncipe del Caos.

Lo que seguramente es esta película es una inevitable generadora de diálogo, una inevitable fuente de reflexión y un efectivo ejercicio crítico. Es, sin dudas, una muestra de que las estructuras narrativas esconden en su neutralidad la posibilidad de convertirse en armas ideológicas. Armas que podrían acabar consigo mismas o acabar con otras personas. Armas que nos piden ejercitar nuestro criterio y tomar distancia entre lo real y lo ficticio. Armas que demuestran que podemos hacer el profundo, valioso y conmovedor ejercicio de transportar a un enigmático personaje de historieta a la realidad desde la más comprometida creatividad de la que somos capaces los humanos. Armas que confirman que el Guasón podrá existir en los cómics siempre que Batman lo requiera pero que revelan que Arthur Fleck no es real.

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