Avalancha de supes

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Hace unos cuantos días terminó la segunda temporada de The Boys de Amazon Prime Video, adaptación a la TV web del cómic creado por Garth Ennis y Darick Robertson. Adaptación bastante libre, que encuentra a su paralelo impreso como motivación para una exploración propia y actualizada. Contrastada con el mundo del entretenimiento que nos rodea hoy en día.

Un mundo ampliamente dominado por las historias de superhéroes. Por revisiones y revisitas cada vez más creativas o más realistas de las caricaturas que nos entretuvieran como niños y que hoy, como adultos, se convierten en un canal único de la mercadotecnia, de la cultura popular e, incluso, de los moldes con los que pretendemos entender nuestra realidad.

He dedicado varios de mis textos a estos productos del streaming y el cine, desde The Umbrella Academy y Spiderman: Far From Home hasta Avengers: Endgame y Joker, y aunque siguen siendo una parte fundamental del imaginario fantástico del entretenimiento que disfruto y consumo, he siempre procurado advertir que los superhéroes son algo más que sólo superhéroes.

Y precisamente eso es lo que nos presenta The Boys con una interpretación cínica, obscura, perversa y obscena de los nuevos modelos de idealización que se erigen casi como verdades infalibles en el mundo contemporáneo. Obscena por certera, por acertada, por disruptora de la intacta pulcritud de estos seres de fantasía; por la capacidad que tiene de mirar a ese mundo de intereses que se mueven detrás del brillo de una u otra figura admirable.

El modo en que impacta a la cultura popular contemporánea la preferencia por todo lo que sea súper frente a todo lo que sea complejo. A todo aquello que se pueda solucionar en dos minutos, de un solo golpe, frente a todo aquello que es proceso, que requiere tiempo, trabajo y aprendizaje. Súper-cualidades innatas antes que constancia, perseverancia y fragilidad transformada en fortaleza.

The Boys, irónicamente, nace como un producto más de la amplísima oferta de contenidos de la ficción de superhéroes, sin embargo, lo hace con un particular giro propositivo: la pregunta por lo que hay más allá del superhéroe de la figura diáfana, perfecta e intocable. La pregunta por los vicios que podrían generarse cuando se tiene toda la fama, toda la simpatía y, literalmente, todo el poder posible.

No sólo las súper-habilidades sino también la absoluta y ciega admiración, nunca crítica, de miles y millones de personas. No sólo el poder de facto sino también el poder del deseo, de la esperanza, de la aspiración y del irremediable amor que se siente por esas figuras que nos prometen que todo será perfecto y que todo estará bien sólo porque sí o, peor aún, sólo porque ellas “nos protegen”.

Un universo en el que el papel verdaderamente heroico queda reservado para un grupo de personas comunes y corrientes, inadaptados incluso, que tienen el atrevimiento de ver lo que está más allá de los benditos Siete (el grupo de superhéroes número uno del mundo: el más popular, el más amado, el del cine, el de los juguetes, el de las noticias; los líderes morales de una realidad conflictiva). Las conspiraciones, corrupciones y atropellos que se protegen detrás del escudo que forman siete superhumanos en un mundo de gente humana (demasiado humana).

Así, The Boys (nombre extraoficial de este grupo de individuos anti-Siete) se toparán con los estrechos lazos entre estos héroes de las multitudes y la política, los lados oscuros de algunas religiones, los intereses monetarios de las grandes corporaciones, el soborno, el encubrimiento, el abuso de poder, la perversión. El estrecho lazo entre los modelos aspiracionales y los intereses ideológicos.

Por supuesto, la premisa general de esta serie provoca casi de inmediato la pregunta por los referentes del mundo real que podríamos identificar con sus viciosos personajes. La serie misma se encarga de enunciarlos y sugerirlos en múltiples maneras, con evidentes paralelismos.

Y, claro, la respuesta a esta pregunta sería fácil de poner en un par de nombres que simbolicen los modos en los que los icónicos personajes de la gran pantalla y la pantalla chica se han convertido en fuentes subrepticias de agendas políticas o ideologías. Pero creo que no sería suficiente para enfrentar la actual avalancha de supes (como le llaman a la raza de superhumanos en The Boys) en la que vivimos.

Porque, sí, estos supes pueden ser los personajes que vemos en los cines o desde nuestras casas, pero no son sólo ellos. Los supes de nuestras vidas, los superhumanos, pueden ser esos intelectuales o artistas que elevamos al grado de la infalibilidad, los deportistas o equipos deportivos que nos negamos a ver con algún dejo de pensamiento crítico, las celebridades y músicos que convertimos en los marcadores de lo que nos parece bueno y lo que no, las figuras del ejercicio religioso que elevamos a niveles sobrehumanos y, el peor de los casos en mi opinión, los políticos que defendemos como si de ellos solos dependiera el florecimiento de una comunidad.

Los supes, sí, son estas figuras idealizadas que admiramos, con las que crecimos y que soñábamos emular cuando éramos niños. Figuras que como tales, como modelos de nuestra inocente infancia, nos siguen acompañando en una natural nostalgia por los días en los que la vida no nos parecía tan difícil. Los días en los que las complejidades del mundo adulto se veían sólo de lejos, desde la absoluta incomprensión. Los días en los que parecía que una repentina acción súperheroica y súperhumana bastaba para acabar con nuestros problemas. Estas figuras que todos tenemos, que todos debemos tener y que seguiremos disfrutando mientras podamos.

Lo pernicioso inicia cuando volvemos esas mismas pulsiones pueriles a los supes de nuestro mundo de carne y hueso. A las cegadoras luces de esas figuras de los medios masificados de proyección que terminamos convirtiendo en símbolos del bien, de la felicidad, del amor, del bienestar, de la buena vida, de las ideas correctas, incluso, de los hechos.

Lo pernicioso es convertir en autoridades morales, de conocimiento y de verdad a otros seres humanos que, como nosotros, están movidos por deseos imperfectos, inacabados y, muchas veces, ejercidos con una ética criticable. Lo pernicioso es convertir a los supes de nuestra vida real en copos de nieve que, convertidos en avalancha, vendrán a sepultar nuestro propio juicio y nuestro pensamiento crítico individual.

Sí, todos tenemos referentes. Sí, todos admiramos a más de una figura de algún ámbito de la cultura popular. Sí, podemos disfrutarlos y perdernos en sus mundos ilusorios con tranquilidad. Pero no podemos hacerlo sin encontrar un límite para ello. No podemos renunciar a nuestra vida humana (demasiado humana) en el nombre de los ideales impuestos por otros. No podemos renunciar a la textura compleja de la realidad objetiva en la que vivimos en favor de una serie de proyecciones modélicas de lo que nos gustaría ser. No podemos renunciar a nuestra necesidad de formar un pensamiento crítico propio sustentado en trabajo diario de cultivo intelectual personal. No necesitamos ser The Boys pero no podemos dejar que la luz de nuestro entendimiento sea eclipsada por The Seven.

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