Barry Berkman

La semana pasada, a propósito de El Contador de Cartas de Paul Schrader, dediqué este espacio a reflexionar sobre la estela “invisible”—o no inmediatamente visible— que acarrea una cultura de guerra, violencia y armas. Allí intenté apuntar hacia la paradoja irresoluble entre los arraigos materiales del ser humano y los códigos morales que se promete a sí mismo; el problema entre lo que se quiere ser y la imborrable marca de quienes cruzan la horrífica línea del mal moral. Hoy vuelvo al tema desde el ángulo cómico-drámatico de la galardonada serie de HBO, Barry.

Co-creada, protagonizada y recurrentemente dirigida por el multifacético Bill Hader —conocido por sus actuaciones notables en Saturday Night Live y comedias como Trainwreck o Supercool—la serie de comedia dramática intercala con facilidad, sutileza y precisión elementos de drama criminal, thriller de suspenso, acción policial y un muy refrescante y bien pautado humor negro —que juega con las situaciones apremiantes y aflictivas que rodean el universo de esta historia.

Su argumento parte de una premisa imaginativa que se pregunta: ¿qué pasaría si un asesino a sueldo fuera, a la vez, un aspirante a actor? Así, la historia de Barry Berkman, un veterano de la Guerra de Afganistán que tras ella no sabe hacer otra cosa que disparar y cumplir misiones, surge de la mera casualidad. Un día tiene como objetivo acabar con un muchacho que resulta ser alumno de una escuela de actuación de medio pelo; en el sigilo de la misión, Barry se topa con el maestro de esta aula, Gene Cousineau (Henry Winkler), y, después de que éste lo termina confundiendo con un nuevo alumno, el veterano decide dar un giro a su vida y probar la actuación.

Pronto, la repentina decisión le traerá nuevos sueños e intereses a Berkman, le despertará un nuevo interés amoroso, Sally Reed (Sarah Goldberg) su compañera de clases, y le presentará la insostenible disyuntiva de una doble vida: estudiante de actuación durante el día, asesino a sueldo de noche.

El lado más crudo y seco del conflicto existencial de Barry —y de la trama de esta serie— se verá alegremente atenuado por la presencia de NoHo Hank (Anthony Corrigan), un singular miembro de la mafia chechena que, entre inocencia, ingenuidad, torpeza y extravagancia, se convertirá en el catalizador de escenarios donde el humor y el suspenso se convertirán en dos notas contrastantes de la misma melodía.

Porque en lo técnico-argumental, esto será lo más valioso de Barry: su mezcla de ritmos de narración, su intercambio constante entre drama, acción y comedia pero, sobre todo, la impredictibilidad que esto le aportará a su relato de fondo. Lo mismo podemos tener un episodio de persecuciones, que uno de introspección sobre hacer el mal a sabiendas y vivir cargando las consecuencias; lo mismo un episodio en el que se exhibe la superficialidad de quienes persiguen la ilusión de la fama, que un episodio en el que se evalúan las estructuras de reafirmación que promueven una cultura de guerra, violencia y armas.

La primer temporada de este show se encargó de demostrar la manera en que drama, thriller y comedia se pueden conjugar para contar la historia de un veterano de guerra que sufre estrés post traumático. La segunda dio un paso adelante para darle herramientas a la audiencia para juzgar personalmente los actos de un hombre que con nuevos sueños y una voluntad por ser mejor, no deja de ser un frío e insensible asesino. La tercera, con un giro de timón, se inclina más hacia el lado oscuro de una vida marcada por —y aprisionada en— la violencia y se pregunta por las consecuencias de un camino existencial así. Las tres han sido “universalmente aclamadas” por la crítica especializada.

Y es que Barry se convierte en un personaje indescifrable pero claro. Uno que es capaz de las mejores intenciones, del amor más genuino y del agradecimiento y la lealtad más profundas pero que, al mismo tiempo, es capaz de ser el más despiadado criminal, sin reparos, nublado por la violencia, por la ira. Un hombre que vive dos vidas que, en apariencia, no se tocan pero que, en realidad, van generando una explosión caótica de la persona-cuerpo-alma-psique que comparten.

Si en El Contador de Cartas de Schrader se veían de fondo las Grandes Guerras Mundiales y la industria del belicismo como los causantes de un conflicto moral, en Barry esa cultura de guerra, violencia y armas es la causa de una escisión irreconciliable, de un hombre dividido entre dos mundos que le han granjeado una identidad. La paradoja inconmensurable de quien quiere ser una mejor persona —en términos humanos y morales— de la que logra ser día a día.

Si la guerra es una expresión de conflicto perpetuo, violento y deshumanizado, la vida de quienes la encarnan es una interiorización del campo de batalla. Lo que las bombas, los drones, las balas, las lágrimas y la sangre hacen no se acaba en sus expresiones materiales, genera consigo una estela sutil que termina materializándose en las vidas de personas que no saben escapar de la violencia que han sido, de las atrocidades que han sido.

Con la preferencia por las abstracciones simplificadoras con las que nos gusta juzgar la realidad, solemos asumir que el mundo se divide en buenos y malos. En mi opinión, tales descripciones son incompletas y mentirosas para hablar de lo que somos todos: una mezcla de acciones valiosas y de acciones lamentables; una fuente de ocasionales virtudes pero, también, de ocasionales vicios; hacedores de bien y de mal.

“Una buena acción no borrará todas las malas acciones que hayas realizado ni una mala acción borrará todas las buenas acciones que hayas llevado a cabo”, escuché alguna vez. Pero la pregunta persiste: ¿hay modo de salir del inframundo moral? ¿hay modo de dejar atrás todo el mal del que se ha sido ocasión y mejorar quien se es?

Mi respuesta es que espero que sí; que podamos ser mejores de lo que fuimos antes. Ojalá que sea posible dejar el inframundo moral algún día, paso a paso, conscientes del pasado que cargamos a cuestas y con la humildad suficiente para sabernos proceso constante. Ojalá que sí, que podamos llenar nuestro mundo, cada día, de mejores acciones; pero ojalá, también, que no olvidemos que nada borra los horrores y los errores del pasado. Lo que hemos permitido y de lo que hemos sido partícipes como hijos de las Grandes Guerras Mundiales, sus réplicas y la cultura de guerra, violencia y armas que nos heredaron. No hay paraísos gratuitos en las nubes o en los mares, hay paraísos que se alcanzan atravesando purgatorios.

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