Caracoles.

Como si se tratara de un diagnóstico y su medicina o de un delirio y su alucinación, Netflix estrenó en su plataforma El Hoyo, el primer trabajo de larga duración del director español Galder Gaztelu-Urrutia quien se había dedicado hasta ahora a la publicidad y la televisión. Digo diagnóstico o delirio por decir premonición incidental. Por el modo en que el escenario contemporáneo mundial acentúa los alcances de una narrativa que explora el lado negativo de la humanidad con una visión pesimista pero, según mi lectura, no desesperanzada.

Se ha criticado a la cinta por algunos de sus recursos y se le ha llamado, incluso, “una analogía fácil”. Ciertamente la complejidad de su narrativa podría verse elevada sin algunas concesiones que este film hace a la vistosidad de su violencia y su premisa principal. Sin embargo, de ningún modo esta concesión deja de lado el inteligente fondo de su historia, el singular tono de su narración, las simples pero intrigantes metáforas puntuales que hace y, sobre todo, las bondades estéticas de algunos de sus cuadros que relucen por su efectividad y su creatividad.

El argumento nos propone una especie de cárcel movida por una simple pero cruda dinámica. Compuesta por cientos de niveles, la alimentación de los internos se va dando de manera escalonada dejando a cada uno de ellos con los restos del nivel inmediato superior como única comida disponible. Obligándolos a depender del nivel superior al suyo que, a su vez, depende de su superior quien depende también de su superior y así hasta llegar al primer nivel.

Desde ahí es claro el discurso inmediato que generará esta trama: una analogía social. Una analogía casi descriptiva que nos arroja a la conciencia de las vidas de quienes tienen acceso a ciertos lujos y comodidades que resultan inalcanzables para quienes se encuentran en situaciones más desfavorecidas que ellos. Circunstancias que, además, exponencian sus ventajas y desventajas conforme se comparan los distintos estratos sociales (o niveles) que existen en nuestro mundo (o en esta atípica cárcel).

Dicha situación llevará, casi de inmediato, a condiciones tensas y brutales que sostienen el tono de suspenso y terror que caracteriza a esta cinta que, en lo general, logra muy bien su cometido. Además, está suficientemente bien ejecutada a través de un agresivo y atinado empleo minimalista de recursos para dar identidad a sus espacios de confinamiento. Y, finalmente, se encuentra elegantemente adornada por el modo en que sus personajes construyen símiles de clásicos como Hannibal Lecter o Don Quijote de la Mancha.

Más importante aún, me parece, resulta el hecho de que conozcamos todo esto a través de la perspectiva de Goreng, el joven protagonista de esta historia sobre el que se impone de manera constante y reiterada el mote de “mesías”. Hilo conductor de una serie de paralelos bíblicos y de raigambre judeocristiana que para los propósitos de esta historia se secularizan en lo que, sospecho, es la verdadera búsqueda y significado de su mensaje central.

Para entender este mensaje antes hay que descifrar lo que se encuentra detrás de otro de los nombres que recibe Goreng en esta historia: “caracol”. Tradicionalmente al caracol se le suele identificar con un grupo de ideas: el tiempo (por la lentitud con la que avanza tanto el molusco como la condición ontológica de nuestra percepción), el infinito (por la forma espiral de sus conchas que tiene, justamente, su origen en un punto indeterminado en el espacio (en específico cuando se entiende éste en su dimensión volumétrica)) y, siguiendo la pista de la tradición cristiana, la pereza (por la aparente despreocupación de la vida de estos animalitos).

En mi interpretación, los dos primeros significados se superpondrían para indicarnos que las figuras mesiánicas como Goreng, dispuestas y casi urgidas a sacrificarse, serán infinitamente recurrentes mientras dure el tiempo puesto que la necesidad humana, a la que se presentan de manera disruptiva y opuesta, siempre volverá (unas veces como las carencias de unos, otras veces como las carencias de otros y otras más quizá como las incertidumbres compartidas por todo el género humano).

El segundo sentido (al que llamaré el escargot), según mi parecer, sería un modo de simbolizar el privilegio de la pereza, del esparcimiento, del entretenimiento y del esnobismo. Del gusto lujoso y refinado que, muchas veces, es solo asequible para quien no debe preocuparse por necesidades fundamentales como, por ejemplo, la alimentación.

En este contexto, entonces, el mesías caracol tiene otro encanto; no ser el canal mismo del mensaje del El Hoyo (como institución) sino, únicamente, su promotor y descubridor: que la necesidad que vive dentro de aquél horroroso lugar ha llegado a engendrar una hija necesidad.

Dicho de otro modo, que en nuestro mundo real y en El Hoyo (lleno de deseos frívolos y consumistas que pueden ir desde productos de infomercial hasta la humanización desproporcionada y excesiva de las mascotas domésticas) existen hijos de la necesidad que no conocen otra cosa que la violencia y el hambre. Que la supervivencia y la angustia. Que la brutalidad como valor propio y la incertidumbre como guía.

Ahí, entonces, la analogía ya no parece tan simple sino profundamente puntual y precisa. Como dedo en una llaga abierta, pulsante y que todos los días brota sangre. Como una analogía que parece ser reflejo. Que se ve en los ojos de niños criminales y de personas que ven a la esperanza como algo tan irreal como la moralidad o las religiosidades. Que ven al bien y a la felicidad como meros referentes vacíos. No porque no signifiquen nada por sí mismos sino porque, para algunos, no existe la más mínima prueba de su existencia, ni el más mínimo sentido en crearles una esperanza.

Como si se tratara de un diagnóstico y su medicina, de un delirio y su alucinación o de una mera premonición incidental, El Hoyo nos recuerda que la incertidumbre es todo lo que existe para algunas personas. Que la necesidad, la violencia, la brutalidad y la autofagia son lo que construye la cosmovisión de algunos niños. Nos reitera que los aislamientos no se viven igual en todos lados y que no todos los niveles disfrutan de las mismas oportunidades. Que cuidarse para unos es una novedad y una concientización mientras que, para otros, es el título de su propia vida.

Nos recuerda que, más allá de las propias convicciones religiosas, hay conceptos que tienen valores absolutos que están destinados a volver a llamar a nuestra puerta reiteradamente. Que el mensaje está ahí, que la llaga sangra (el día de hoy tose). Que nosotros decidimos quiénes queremos ser: escargots, caracoles o mesías.

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