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A partir de las arrasadoras victorias de Parásitos de Bong Joon-ho en las principales premiaciones para la cinematografía alrededor del Mundo Occidental durante 2019, se inició una discusión que veía a este trabajo como la culminación de un complejo camino para reconocer una estética particular, una hechura puntual, un estilo reconocible y, en una expresión, la evidencia inobjetable de una valiosa escuela de cine que, desde algunos años hacia el presente, se va afianzando como un centro del entretenimiento del futuro.

Por supuesto, este surgimiento o, mejor dicho, esta bien ganada notoriedad, viene de la mano de un grupo importante de cambios globales que colocan, cada vez con mayor patencia, al llamado Mundo Oriental como uno de los principales protagonistas de la economía mundial y, con ello, de la cultura popular y el entretenimiento masivo –para ejemplos basta mencionar al ánime japonés, el k-pop y la ardua batalla que se libran los grandes estudios hollywoodenses hoy por hoy para ganarse la simpatía del público chino.

De ahí, entonces, se entiende que una de las mayores apuestas comerciales del gigante del streaming –que busca sobrevivir a los embates de sus feroces competidores−, Netflix, haya sido el más reciente éxito de la plataforma; del director surcoreano Hwang Dong-hyuk: El juego del calamar.

Una serie que pertenece al género del horror de supervivencia –con vaivenes hacia otros géneros como la comedia, el drama y el suspenso− que sigue a Seong Gi-hun, un endeudado, divorciado y desenfadado apostador al que se le presenta la oportunidad de saldar todas sus moras a cambio de participar en un aparentemente simple concurso compuesto por juegos infantiles tradicionales de la cultura coreana.

El giro terrorífico e intrigante aparecerá cuando Gi-hun y el grupo de participantes de esta misteriosa competencia entiendan que el costo de la derrota no será simplemente la pérdida de un premio millonario sino sus propias vidas.

En la línea de productos como La Casa de Papel, el valor de Squid Game no radica en un discurso profundo, ni una premisa compleja y rebuscada, ni una propuesta radicalmente innovadora. Su valor radica en su efectividad como producto de entretenimiento puro.

Como una muestra más del estilo surcoreano de narrar que puede incorporar, sin titubeos ni pastiches, diferentes tonos cinematográficos y televisivos para ponerlos al servicio de una puesta en escena cautivadora, minuciosa, estimulante. Colorida, tensa, vistosa y emocionante, en el caso específico del trabajo de Hwang Dong-hyuk. Emotiva, de humor negro y atenuado melodrama. Atractiva por “la ironía de [ver a] adultos desesperanzados arriesgando sus vidas para ganar un juego infantil”, según su creador.

Un trabajo que no alcanza a proponer un discurso completo que sostenga su ser. Que no termina de aprovechar todos los hilos que ata y desata. Pero un trabajo que satisface al ojo, a las promesas generales que establece y que, a lo lejos, vislumbra la posibilidad de una reflexión.

Una reflexión, concreta, sobre el endeudamiento familiar como uno de los principales problemas sociales de la Corea del Sur pre-pandémica y actual. Una reflexión, más general, sobre los vicios del deseo capitalista y su hambre de competencia deshumanizadora en contraste con la pérdida de la individualidad y el horror de vivir bajo un régimen igualitario a través de la represión.

Una reflexión general que se desprende, sin dudas, del contexto particular del que nace esta historia: la Corea dividida. La Corea de la libertad y el capitalismo que se ahoga en deudas y la Corea tiránica, de la igualdad instigada y la coerción que desemboca en la pérdida de cualquier identidad, en la asimilación de cada individuo –cada participante del juego social− a un mero número más.

Como es de esperarse, como producto surcoreano, el discurso de la serie se inclina especialmente hacia lo que ha caracterizado a la Corea del Sur –sin, por ello, dejar de notar la cultura de la competencia deshumanizadora que la sostiene− y deja en ambigüedad cualquier juicio significativo sobre lo que ha caracterizado a la Corea del Norte –sin, por ello, dejar de incluir, por ejemplo, a una desertora norcoreana entres sus participantes ni dejar de preguntar por lo que es mejor: si el sur y su capitalismo o el norte y su autosuficiencia socialista.

Sugiere −como suele ser un lugar común de la crítica recurrente al sistema político que más amamos odiar− que tanto el rico como el pobre se convierten en parias de la sociedad. Unos, a través del sufrimiento de la marginación, el olvido y la invisibilización; otros, a través del hedonismo, del exceso, la crueldad, la deshumanización y un olvido rodeado por la trágica compañía de objetos, dineros y cosas y la trágica ausencia de amigos, familiares y lazos interpersonales. Sugiere pero no profundiza. Sugiere pero no muestra.

Lo que, por otro lado, sí queda ostensiblemente mostrado es ese espíritu de competencia que se nos imprime en la sangre desde el día uno. La didáctica del poder a través de la competencia, del aparentemente profundo e inextirpable impulso por ser el mejor, el número uno, el más dominante.

La guerra traducida en un instinto de competencia. La competencia como causa de las guerras que dividen. Como la causa de ideologías defendidas a muerte. Como causa, vehículo y finalidad de la guerra entre nortes y sures, entre izquierdas y derechas, entre socialismos y capitalismos.

No quisiera pecar de ingenuo, ni mucho menos se me escapa que al mundo le subyace un realismo que inevitablemente entrará en conflicto con los deseos, las convicciones y las búsquedas de diferentes grupos de seres humanos –herederos de diferentes culturas, religiones, ideologías, orígenes, historias de vida, etcétera.

No quisiera pecar de ingenuo, ni pecar de frívolo pero, para mí, la búsqueda por una sociedad mejor –más justa, más equilibrada, sostenible en lo económico y en lo político− debe apuntar más allá de una gastada competencia entre sistemas de gobierno. Más cuando estos dos son alimento el uno del otro, competidores rivales el uno para el otro. Más cuando, hagamos lo que hagamos, parecemos volver una y otra vez al mismo escollo. Protagonizado por los mismos dos combatientes.

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo” reza la frase atribuida a Frederic Jameson (filósofo estadounidense contemporáneo) y Slavoj Žižek (mediático filósofo esloveno contemporáneo). Yo refrasearía “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de la disputa entre capitalismo y socialismo”.

No quisiera pecar de ingenuo, ni pecar de frívolo pero, para mí, existe la esperanza de repensar el hecho humano en otras coordenadas. ¿Cuáles? No lo sé. Otras. Que no se agoten en competencias, en espíritus agónicos infinitos. Otras. Que nos dejen creer que un mundo mejor es posible. Otras.

Me niego a creer que el mundo es una competencia despiadada, un juego de supervivencia sanguinario, una masacre futura que se nos enseña a jugar desde niños. Me niego a creer que mi vida está determinada irremediablemente por el eterno concurso entre puntos cardinales eufemísticamente resignificados para saber quién es el mejor.

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