Dadores de vida

Ya desde las primeras mitologías, desde antes de Platón y desde el principio de lo que hoy conocemos como las Ciencias Modernas (con métodos específicos, aparatos críticos, protocolos, axiomas, etcétera), los seres humanos nos hemos preguntado por lo que es la vida. La experimentamos todos los días, nos desenvolvemos en y con ella pero no terminamos de encontrar una definición unívoca y satisfactoria de este fenómeno natural.

Consensos generales (que no unánimes) convienen en que todo lo que vive tiene una cierta disposición organizada, crece, cuenta con algún proceso metabólico, responde a estímulos de su exterior y muere (i.e., cumple un ciclo de vida). Para el territorio de la discusión queda si todo lo que vive se reproduce.

Y, con todo, uno de los temas que más notable polarización genera en el concepto humano de la vida es, precisamente, una de las más naturales consecuencias de estar vivo: dar vida. La reproducción biológica como uno de los modelos posibles de la realización de una de las facultades de los seres humanos como seres vivos. La reproducción biológica como la noción equívoca de que sólo engendrando a otro ser vivo podemos ser dadores de vida.

Porque, en ocasiones, sencillamente la vida no es tan simple. Porque existe el inviolable derecho a decidir. Porque, a veces, la desgracia y la tragedia entorpecen la ferviente esperanza de una persona para dar vida de manera biológica. De ese último caso habla Fragmentos de una mujer del director húngaro Kornél Mundruczó; distribuida por Netflix.

La película protagonizada por Vanessa Kirby (The Crown, Misión Imposible, Antes de ti, Cuestión de tiempo) y Shia LaBeouf se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Venecia y le valió la Copa Volpi a la Mejor Actriz a Kirby. Exhibida también en Festival Internacional de Cine de Toronto, es el primer trabajo en inglés de su director y ha sido recibida con críticas favorables en lo general por la crítica especializada.

En su conjunto, la cinta resulta un sobrio imaginario del duelo, el conflicto y el impacto emocional que la pérdida de un hijo recién nacido puede tener en una joven pareja; volcando con especial interés su atención a las significativas secuelas físicas que experimenta el cuerpo de una mujer tras un parto aunadas a una tragedia familiar que excede cualquier preámbulo de asimilación.

Una película de poderosas intenciones pero de realización mediana. Una película que, no obstante, resalta por tres elementos fundamentales: su secuencia inicial (aquella que retrata el parto de Martha Weiss con la compañía de su esposo Sean Carson; sus protagonistas), la metáfora vegetal que acompaña su desarrollo y, por supuesto, el compromiso con el que Kirby da el talante específico a ambos momentos del film.

Respecto a la primera, resulta impresionante el modo en que un sutil sentimiento de incomodidad y malestar acompaña a la escena completa. El modo en que esa intuición turbia que se sospecha de fondo va incrementando su presencia hasta ponernos en la cara una ineludible y conmovedora desgracia que servirá como el perfecto pie de entrada para un luto sustancial y que servirá como el perfecto contexto para tratar de dimensionar el abismal esfuerzo fisiológico, biológico y anímico que implica el dar a luz.

Respecto a la segunda, se desprende directamente de la primera y del callado pero visible dolor que Martha experimenta a lo largo del film y se convierte en un ingenioso simbolismo de los procesos que sus propias sanación, fertilidad y prosperidad siguen para re-florecer. Un simbolismo que inicia con la semilla de una manzana.

En uno de los mejores momentos de la cinta, sin la necesidad de ningún diálogo, encontramos a Martha rodeada por personas con hijos (justo después de que ella se vea negada a ser madre); quizá, reflexionando sobre el modo en que el dar vida es posible para todos menos para ella.

De pronto, con una ingenua curiosidad y con una profunda lucidez, la cámara volteará a la manzana que ella come; en específico, a una de sus semillas. En adelante, en diferentes momentos de su proceso posterior, podremos ver a Martha extrayendo estas semillas, investigando sobre brotes vegetales, dándoles algún tratamiento para su germinación y, finalmente, disfrutando indirectamente de un frondoso y fértil árbol frutal.

La analogía es clara: tal como esas semillas, la sanación después de la pérdida y la tragedia han germinado en el ánimo de nuestra protagonista. El mensaje es doble: por un lado, que la sanación es un largo proceso de cultivo, riego y eventual esplendor; por otro, que dar vida no sólo se dice del proceso biológico de reproducirse.

La naturaleza de dadores de vida que acompaña a los seres humanos no se limita sólo a sus capacidades (o incapacidades) reproductivas. Su capacidad de dar vida es también su capacidad de preservar vida. Su capacidad de crear, engendrar, cuidar, sostener y prosperar incluso en otros seres vivos. Su capacidad de influir directamente con su vitalidad en la existencia de otros seres vivos.

Pero esta naturaleza dadora de vida no sólo se extiende en lo material. Vale también para lo intangible. Vale para aquel silencio transformado en melodía, vale para aquella pantalla estéril convertida en una historia fantástica, vale para aquella pregunta convertida en un pedazo de conocimiento, en una pieza de entendimiento, vale para los lienzos en blanco convertidos en experiencias estéticas indelebles. Vale para las hojas en blanco convertidas en textos delatores.

Y, como golpe, llega también la comprensión de que todos los procesos que nos permiten dar vida de maneras materiales e inmateriales requieren de la transformación radical de su estado previo. Que el cuerpo de una madre nunca es el mismo. Que el cuerpo de una no madre nunca es el mismo. Que la hoja nunca vuelve a estar totalmente en blanco. Que el lienzo nunca recupera su pulcritud. Que el arte, aún espontáneo, no se puede des-ver. Que aquello a lo que damos vida también puede ser desastroso, violento, grotesco, ofensivo y doloroso.

Y es ahí donde las constricciones necias que tratan de limitar la facultad de dar vida a una mera posibilidad bilógica se convierten en ingenuas y parciales. Porque dar vida no es sólo algo que nos viene dado. Dar vida es una elección libre. Dar vida es una responsabilidad.

Porque aquello que generamos, aun cuando no queramos reconocerlo como propio, lleva nuestro sello hasta el último de sus días. Porque existir no es sólo vivir para la biología. Porque no sólo se trasciende en la progenie. Porque también podemos engendrar en la irrestricta inmaterialidad. Porque, en los siempre volátiles, mágicos y ávidos de resignificación términos de lo humano, existir y vivir no siempre son lo mismo.

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