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Como hecho humano, objeto cultural y objeto de estudio filosófico, la religión no escapa de una densa problematización que, por un lado, reconoce la naturalidad de su existencia –tan natural como preguntarse de dónde venimos, qué pasa cuando morimos o cuál es nuestro propósito en este mundo− y que, por el otro, reconoce la amplitud de sus iteraciones –desde la negación de toda religiosidad, pasando por ateísmos, panteísmos, deísmos y más; hasta la vasta diversidad de formas que adoptan los asentimientos religiosos a lo largo y ancho del mundo a lo largo y ancho de la Historia.

Entretanto aparece un concepto que cada día tiene una mayor relevancia definitoria para trazar una línea clara entre lo que podemos considerar una expresión válida de la espiritualidad y ejercicios excesivos y perniciosos del poder a través de promesas de salvación, liberación o redención a individuos necesitados de una comunidad, de algún tipo de validación, o bien, en búsqueda de una propuesta satisfactoria para su necesidad de ligarse a algo que esté más allá de lo meramente humano. Me refiero a la definición de un culto.

Por un lado, el término “culto” se ha usado para referir de manera despectiva a espiritualidades que no se encuentran dentro de los cánones de religiones hegemónicas en determinados contextos; así, por ejemplo, para algunos cristianos el budismo no puede reconocerse como una religión sino como un “culto” opuesto a las enseñanzas de su doctrina.

Por supuesto, esto abre una dañina dificultad que, antes de hacernos conscientes de la multiplicidad de caminos que conducen a una espiritualidad sana y próspera, convierte el asunto en una guerra de “mi verdad” contra “tu (mentirosa) verdad”. Una guerra por demás absurda y poco interesada por cualquier tipo de conocimiento y humanismo.

Pero, por otro lado, el término “culto” ha ayudado a designar fórmulas religiosas, espirituales y filosóficas que a todas luces se presentan como pretextos para exprimir a personas desesperanzadas. Ya sea monetariamente, ya sea a través de vejaciones, humillaciones y degradaciones, ya sea a través de explotaciones de índole sexual, laboral, etcétera.

Los ejemplos a través de la Historia abundan con resultados tan diversos como la bancarrota familiar, el encarcelamiento, la comisión de uno o más delitos, o el suicidio colectivo. Basta nombrar casos como Jonestown, Heaven’s Gate y −en una formulación más contemporánea mediada por el coaching y el culto a la personalidad− NXIVM para ilustrar el punto.

De este modo, entonces, la definición de lo que es y lo que no es un culto se vuelve crucial para entender cómo enfrentar social, política y legalmente esas convicciones que pueden acabar en tragedia y, al mismo tiempo, se vuelve crucial para respetar la libertad de adscripción espiritual inherente a cada ser humano.

Con ese antecedente, no resulta para nada extraño que uno de los lugares favoritos de la ficción contemporánea, y en particular de algunas narrativas terroríficas, sea el tema de las religiones, las sectas, el folklor y los cultos. Abrevando, principalmente, de las confusiones y las intersecciones que a menudo se desarrollan entre estos hechos humanos y, sobre todo, aprovechando la naturaleza indefinida de sus límites, excesos y más minucias.

Tal es el caso de Midnight Mass o Misa de Medianoche de Mike Flanagan (La Maldición de Hill House, La Maldición de Bly Manor, Doctor Sueño) para Netflix que parte de tópicos como la fe, la muerte, el luto y la culpa para entregar una historia de terror sobrenatural que mezcla lúcidamente la mitología vampírica con una reconstrucción defectuosa y una relectura viciosa de conceptos teológicos y pasajes bíblicos.

El trabajo se ha reconocido como el mejor de Flanagan para la plataforma de streaming por su rico y profundo discurso. Como es costumbre del director, a través de un hilado cadente, potente y que siembra y cosecha con paciencia y efectividad sus giros de trama. Con una ejecución cinematográfica inteligente, emocionante, emotiva y genuinamente aterradora. Con actuaciones inmejorables –en especial de Hamish Linklater como el Padre Paul Hill y Samantah Sloyan como Bev Keane. Con el cumplimiento de una promesa simple: transformar en terror puro y palpable la realización de un inusual servicio religioso de medianoche.

Las honduras del horror provocado por esta miniserie se sustentan en dos elementos que están íntimamente relacionados: el cristianismo y la mitología del vampiro. Por el lado del dogma religioso se nos muestra una lectura inadecuada, errónea pero, sorprendentemente, coherente de la Revelación que ilustra las capacidades alegóricas de un mensaje reinterpretado por el entendimiento humano –capaz, incluso, de ser refigurado por los ojos de la perversión, el insaciable deseo sanguinario y hasta una angelología oscura.

Por el lado de las figuras vampíricas, como notan algunos estudiosos de esta mitología y su folklor, la narrativa casa porque es precisamente en contraposición con la espiritualidad cristiana –entre muchos otros elementos− con lo que se cree que Bram Stoker ideó a su Drácula, padre de todas las figuras vampíricas posteriores. Quizá, se argumenta, como un modo de personificar los vicios opuestos a dicha religión.

Así, Flanagan ensambla una formulación conscientemente desviada del cristianismo que pone en su centro a una figura demoniaca, vampírica. Resultando en, primero, la demostración de un mensaje cristiano que puesto en las manos incorrectas es capaz de defender atrocidades inimaginables; segundo, la formación de un culto mediado por la gratificación del rejuvenecimiento, la sanación milagrosa y la vida (mundana) eterna; y, tercero, la experiencia terrorífica que implica lo bien que estas dos piezas embonan.

Como fenómeno humano, la religiosidad o espiritualidad –aún en sus formas de no afirmación: ateísmos y agnosticismos− cruza esferas de la conceptuación de la realidad tan esenciales como la metafísica, la moralidad, la ética, la filosofía del lenguaje, la ciencia, la historia, la política, el arte, el conocimiento y muchísimas más. Todo ello porque en la raíz de esta dimensión de lo humano se nos pide creer en algo más allá de su evidencia. Todo ello porque el creer en algo nos dirige hacia la relación individual que tengamos con la epistemología (teoría del conocimiento).

Y entonces se abre un problema enorme, que es el mismo que está detrás de la definición de lo que es y lo que no es un culto: o existe una sola forma de conocer el mundo (una sola fe verdadera) o cada quién tiene un acceso distinto al mundo igual de válido que cualquiera otro (todo lo que se considere una fe adecuada de manera subjetiva vale como tal; la verdad de una fe es contextual). O hay una respuesta absoluta o hay respuestas relativas.

La solución a esta disyunción no es sencilla. Es, en el mejor de los casos, prudencial –i.e., se debe ir desarrollando poco a poco a través de la experiencia y el avance de nuestras historias como humanidad.

Lo que, sin embargo, no parece sujeto a dudas es que el camino que nos lleve a Dios, al Nirvana, a la nada o a lo que sea en lo que creamos no pude ser uno que nos pida aislarnos de nuestros seres queridos, humillar, denigrar, renunciar a nuestra propia integridad, abusar, explotar, matar, devorar.

Lo que no parece sujeto a dudas es que, creamos en lo que creamos, debemos ser capaces de creerlo críticamente. Dudando y creyendo a la par. Cuestionando y abrazando. Siendo y preguntándonos porque elegimos ser lo que somos. Conociendo otros modos de creer para enriquecer el modo personal en el que se cree.

Porque quizá, como sugiere Midnight Mass, en el fondo, el punto de cualquier espiritualidad es ser capaces de olvidarnos de nosotros mismos, desvanecer el yo en favor de algo excelentísimo, nobilísimo, sublime. Mejor. Mayor. El punto, quizá, no es llenar un vacío del ego tanto como reconocernos una parte mínima dentro de un Todo que excede al mejor de nuestros entendimientos.

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