Vampirismos, satanismos y canibalismos son, o bien expresiones literarias y espirituales, o bien representaciones metafóricas, de una ineludible realidad humana: nuestra naturaleza animal y sus adjuntas expresiones materiales de bestialidad —desde necesidades fisiológicas básicas, hasta inquietudes del cuerpo, hasta esa sed de asimilación-aniquilación que expresamos a través de múltiples actividades; la más clara de ellas, la alimentación.

A propósito, para los filósofos de la otredad, éste carácter asimilador-aniquilador es una de las expresiones viciosas favorecidas por la tradición filosófica previa a ellos a través de un discurso de la asimilación-aniquilación que nace con la conceptuación de los objetos y seres vivos que nos rodean en términos exclusivamente instrumentales, productivos o utilitarios —i.e., en términos de los beneficios que podemos obtener de ellos.

Así, por ejemplo, con un uso instrumental de la racionalidad —abocada a utilidades y provechos— la conceptuación que hacemos de la manzana tiende a su carácter comestible: un algo que existe para que nos lo comamos y ya. Desde ese punto de vista, la manzana no es pensada en términos de la manzana misma sino en términos de mi yo, en términos de cómo un cierto objeto me sirve a mí, en términos de cómo una manzana, como fruta, sirve para ser aniquilada en mi acto de devorarla.

Hasta aquí, el uso de la solipsista y egoísta racionalidad asimiladora-aniquiladora para conceptuar alimentos o materias primas puede resultar incompleto pero no necesariamente problemático; el asunto se complica cuando nos percatamos de que esa misma racionalidad se la hemos aplicado históricamente a seres vivos —animales y plantas que sólo entendemos como objetos de alimentación o como fuentes de materias primas—, al medio ambiente en general —al que sobreponemos con una urgencia irreflexiva al atroz concepto de la “explotación de recursos”— y, en el más lamentable de estos casos, a otros seres humanos —que conceptuamos desde nuestro yo y desde nuestra posición en el mundo sin pensar en su realidad diversa, Otra y compleja; que, en casos más viciosos, convertimos en objetos de placer, conveniencias y otras formas de despersonalización y autoafirmación.

Es con este mobiliario conceptual de fondo desde donde se puede comprender el corazón temático del nuevo experimento cinematográfico de Luca Guadagnino: Bones and All o Hasta los huesos. Con él, el galardonado director italiano se aventura a construir una intrigante historia que entremezcla los géneros del roadtrip o viaje por carretera, el drama adultojuvenil, el romance y el horror. Todo a través de la historia de amor de dos jóvenes caníbales.

La singular cinta protagonizada por Timothée Chalamet y Taylor Russel sigue a Maren, una adolescente aparentemente normal que, tras una inocente imagen juvenil, esconde el secreto de ser una caníbal. Una chica que desde sus primeros años de vida ha sobrevivido atada a un incontenible impulso por devorar carne humana —de niñeras, compañeros de escuela, personas mayores; de cualquier humano.

Impulso que ha atormentado la vida de su padre —su único compañero— y que, un buen día, provoca que éste abandone a su hija; justo a sus 18 años de edad. Sin conocer a su madre, sin amigos y sin saber qué hacer con el “monstruo” que es, Maren emprenderá un solitario viaje de autodescubrimiento en el que se topará con un par de verdades: que no puede negar lo que es y que ella no es la única caníbal en el mundo.

Su recorrido la llevará a toparse en el camino con otros caníbales como ella, entre ellos, Lee, un joven que, al igual que Maren, huye de un complicado pasado y que recorre las carreteras de los Estados Unidos de los años 80s para encontrarse a sí mismo.

En adelanta, la película de Guadagnino construirá el vínculo emocional entre Lee y Maren pero, sobre todo, narrará con imágenes estetizadas, sensualidad pictórica y mucha sangre y vísceras la tragedia romántica de un amor de dos seres conectados por los mismos padeceres: un deseo adictivo por la carnalidad, puntualmente, por la carnalidad como objeto de alimentación.

Desde ahí, la metáfora que propone Bones and All a través del canibalismo de sus personajes es la que se cristaliza en el nombre que sus protagonistas le dan a su raza de seres humanos: devoradores. Devoradores condenados a una estructura perpetua de asimilación-aniquilación, una estructura perpetua de un yo fisiológico volcado a la muerte y consumo de sus víctimas.

El concepto se puede extender, por supuesto, a las diversas formas que toma la asimilación-aniquilación, la animalidad humana y la bestialidad: la alimentación, el egotismo, el sexo y la violencia en sus múltiples formas y niveles —desde las formas sutiles hasta las más obscenas.

Vista así, entonces, la historia de amor que se desarrollará entre Lee y Maren no es sólo la historia de dos caníbales enamorados sino la historia de dos individuos que se reconocen a través de sus más primitivos ímpetus. La historia de una intimidad fraguada a través del reconocimiento de una naturaleza compartida, una naturaleza problemática, viciosa y marginalizada.

Aunque el trabajo de Guadagnino es poderosísimo en lo visual, la construcción narrativa de estos aspectos podría parecer insuficiente sino es que apenas trabajada. El desarrollo de esta relación transcurre más en sus formas cinematográficas que en su composición dialógica-argumental. Con todo, la película recobrará fuerza y cobrará todo su potente significado hacia sus últimos minutos y su última secuencia.

Un evento construido por el proceso del amor —la máxima experiencia de la otredad— como un antídoto para el veneno que se lleva dentro, como un aquilatador de la adictiva propensión a la carnalidad, como un resignificador de la animalidad en la forma superior de la armonía. Un evento sorprendente que, de la nada, recogerá la vena gore y vistosamente sangrienta de la película de Gaudagnino para reivindicar esa capacidad única que tiene el arte de regalarnos emociones insospechadas; la capacidad del arte —y el cine como arte— de crear emociones inexplicables.

Una demostración imprevisible de que la repugnancia del canibalismo y el romanticismo idealista del amor juvenil pueden coexistir en una imagen, en un gesto y en un pedazo de literatura cinematográfica. La capacidad de demostrar que hasta el acto de comerse a un ser humano con todo y huesos, en la magia re-creadora de la poética artística y en el ecosistema irrealizable de la ficción, puede convertirse en una sublimación amorosa. Demostrar que a través del canibalismo como metáfora —a través del arte y la ficción— podemos sublimar nuestra brutal animalidad y sus impulsos asimiladores-aniquilidores con la irreverente, destructora y revolucionaria comunión del amor.

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