Digno de confianza

En el vasto mundo del cine existen muchos tipos de películas, aún dentro del cine más popular; con lo cual, existen muchas maneras de centrarse en un tema desde este singular lenguaje. Por lo general, por la afinidad argumental que implican, suele ser más sencillo insertar algo de reflexión filosófica en narrativas tópicas y puntuales sobre alguna cuestión, sin embargo, hay otras narrativas que, partiendo de historias aparentemente cotidianas, hacen un trabajo elegante y de trazos finos que terminan explorando tópicos específicos. Creo que éste es el caso de On the Rocks o En las rocas de Sofia Coppola distribuida por A24 y Apple TV+.

La película que le ha ganado una nominación al Globo de Oro como Mejor Actor de Reparto a Bill Murray se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York y tuvo breves exhibiciones en salas en algunos lugares del mundo. Cuenta con un soundtrack y musicalización de la banda francesa Phoenix y ha recibido críticas favorables en lo general por la crítica especializada.

Pertenece al género del dramedy o la comedia dramática que combina un tono humorístico con un argumento sólidamente dramático. El resultado en el caso de On the Rocks es una película ligera, divertida y que de manera indirecta borda sobre la confianza, en particular, sobre la confianza dentro de una relación de pareja, sobre la crisis afectiva que se puede generar en un matrimonio de mediana edad que se enfrenta a la crianza y el sustento de dos pequeñas hijas y sobre la relación padre-hija como un antecedente que pone las bases del modo en que hija y marido habrán de relacionarse.

Su elenco se constituye por actores conocidos por interpretaciones cómicas tanto en la cara dramática del género, como en las caras más simplificadas del mismo como el sitcom (serie cómica televisiva) o el spoof (parodia). Así, su base actoral se establece, principalmente, sobre los trabajos de Rashida Jones (The Office, Parks and Recreations), Marlon Wayans (Scary Movie) y Bill Murray. Con Jones y Murray como protagonistas; con Jones dando vida a un creciente pero atenuado tono paranoico que fluye en aparente normalidad y con Murray estableciendo un tono cómico fino, delicado y presente pero potenciador del trabajo de sus colegas.

Su argumento sigue a Laura, una escritora de mediana edad que con dificultades encuentra tiempo y ánimo para dedicarse a su arte entre la tarea de hacerse cargo de las necesidades diarias de sus hijas. Tarea enfatizada por un esposo ausente por cuestiones de trabajo. Pronto, Laura empezará a sospechar que algo no anda bien con Dean; será entonces cuando su distante, excéntrico, mujeriego y simpático padre, Felix, se sume a la ecuación para ayudarla a entender lo que sucede con su matrimonio.

Como dije antes, en cuanto a trabajo cinematográfico, el ejercicio de Coppola es claramente desenfadado y ligero. Artísticamente bien logrado pero para nada innecesariamente complicado. Ambas virtudes, por lo tanto, se traducen en una exposición clara, profunda pero aparentemente anecdótica de las raíces de la confianza y de las raíces de la capacidad de relacionarse con otros que surgen en la relación que se tiene con las propias figuras paterna y materna.

Así, veremos a Laura acercarse a un padre que ama claramente pero con el que no ha podido deshacer algunas rencillas. Un padre distante en su momento y que afectó profundamente las bases de confidencia que sostienen a una familia funcional. Un padre mayor pero no anciano, con una visión muy materialista de la relación entre hombres y mujeres, abocado a los placeres y protector silencioso de un modelo de masculinidad con el que, por obvias razones, Laura no está de acuerdo. Veremos a un padre y una hija en proceso de reconexión mediado por una intriga matrimonial.

Y, curiosamente, detrás de la conexión y la reconexión interhumanas se encuentra el concepto de confianza. La capacidad de ver en el otro un sujeto digno de depositar la propia fe. Porque, tal cual, ese es el origen etimológico de confiar: el vocablo latino “confidere”. Un vocablo compuesto por el prefijo enfático “com” y el verbo “fidere” de donde nace la noción cristiana de fe, originada, a su vez, en la noción del latín clásico de “aquello que genera buena fe”, “aquello en lo que se puede fiar”.

Pero ese no es el único modelo por el cual se puede entender la noción de confianza. Desde el inglés, la lengua en la que se escribe esta película, por ejemplo, si bien existe la palabra “confidence”, ésta suele reservarse para una actitud de ánimo frente a uno mismo, la confianza en uno mismo, diríamos en español.

Desde el inglés, más bien, la confianza se vincula a la palabra “trust”, emparentada con el concepto de la verdad, “true”, y con su aplicación “trustworthy”, “digno de confianza”. Conceptos, todos ellos, que comparten una raíz etimológica en el Nórdico Antiguo y el Proto-Germano que refiere a algo “sólido, firme, estable”. A algo, podemos inferir, en lo que se confía porque da evidencias de ser permanente, fijo, constatable.

Así, con base en lo que podría delatar nuestra lengua de nuestro entendimiento cultural de ciertos conceptos, podemos asumir que, desde el español, la confianza es una actitud de buena fe enraizada en una disposición subjetiva hacia alguien o algo y, desde el inglés, la confianza es más un asunto de veracidad y evidencia material; una consecuencia de la constatación de un hecho sólido.

Ambos sentidos, me parece, se hacen patentes en el film de Sofia Coppola. El anglosajón se hace presente en la evidencia de una confianza trastocada por Felix en su matrimonio con la madre de Laura. Un hecho que afectará la manera en la que ella desconfíe de su propio marido. El anglosajón también se hace presente en la búsqueda obsesiva por una muestra fehaciente de lo que se sospecha. Un hecho que vuelva verdadero aquello que se teme.

Pero es el hispano el que me parece que alcanza una dimensión mucho más metahumana, metafísica incluso. El tipo de confianza que abre un canal hacia algún tipo de conexión interhumana substancial. El hispano que se hace presente en la capacidad de trascender la necesidad de vestigios para saber que un amor es real, o que una relación es sólida. Incluso, el concepto de confianza que se hace necesario para sanar una buena fe trastocada por los hechos.

Porque, al final, es en la disposición del ánimo donde se sana una confianza dañada por las malas decisiones, por los riesgos arrebatados del pasado, por los hechos que, en el pasado, nunca dejarán de ser firmes. Porque al hecho se le supera con la enfática disposición de depositar la propia fe en otros; aun cuando en nuestro pasado común haya heridas, aun cuando en nuestro presente haya desacuerdos.

Y, quizá, sea ahí desde donde deba trabajarse el amor; entre un padre y una hija, entre una madre y un hijo, entre esposos, entre amigos, entre los dos miembros de una pareja. Porque lo hermoso de la confianza y del amor es que son sanadores con su sola presencia; con su genuina presencia.

Porque los golpes recibidos en nombre del más íntimo amor del que se es capaz, de la más íntima fe que se puede regalar y de la más suprahumana confianza que se puede ejercer siempre valen la pena y, aún a la postre, resultan sanadores. Por lo menos yo confío en que así sea.

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