Donde la meritocracia es reina

Como uno de los efectos lógicos de la agresiva, manipuladora e insistente retórica del coaching y sus cada vez más creativas variantes, se ha popularizado una crítica contemporánea de tendencias ideológicas al concepto de la meritocracia. Sin embargo, esta observación se desprende de una caracterización moderna y defectuosa de las primeras intenciones –humanistas y clásicas− con las que este concepto se introdujo a la Filosofía Política; provocando, más que una vía de salida para la retórica del “echaleganismo”, un desplazamiento del punto central de la discusión que opone el mérito a cualquier tipo de hegemonía de tintes monárquicos, imperialistas o aristocráticos.

En términos llanos, la meritocracia se define como el gobierno y la superioridad en las jerarquías sociales que se determina en función de las acciones y conductas que hacen a un individuo merecedor de estos. Es decir, el poder de quien procura los reconocimientos, cualidades y valores necesarios para destacarse como miembro de una comunidad.

El concepto nace en franca oposición a la monarquía donde el poder es determinado por un linaje, por un origen familiar, por herencias, o simplemente por pertenecer a círculos sociales de aristócratas, reyes, dinastías, etcétera.

En las épocas clásicas, medievales y premodernas, entonces, la meritocracia se presentaba como el antecedente directo de las mayores revoluciones a nivel global defendiendo una manera de construir el entramado social que dependiera de los individuos y el ejercicio de sus capacidades y libertades. Un concepto que atendiera no a quien tiene un poder divino o tradicional, sino a quien se construye un camino hacia ser una persona digna del poder.

Sin embargo, del mismo modo que cualquier propuesta sobre la manera en la que se debe establecer un orden social y político, la meritocracia tiene el defecto de ser ejecutada por humanos −siempre falibles, siempre egoístas, siempre ambiciosos y siempre seducidos, abrumados y dominados por dineros y poderes.

De ahí que quienes construyen la respuesta contemporánea a este concepto, se centren en los resultados objetivos que han tenido los proyectos modernos de organización humana que se han presentado a sí mismos como meritocráticos; mismos que, con mayor frecuencia que rareza, terminan en la formación de nuevas maneras de oligarquía, aristocracia y tiranías veladas.

De ahí que la recepción contemporánea del concepto lo haya malformado a través de una caracterización fáctica en la que el mérito –la base de la meritocracia− tiene que ver exclusivamente con las “ganas” que se pone en las propias empresas, o bien, se convierte en un sinónimo exagerado de la fórmula “querer es poder”. De donde se sigue −falazmente− que si alguien no puede prosperar social y/o personalmente es porque no lo quiere lo suficiente.

Así, nuestros días hipermodernos voltean hacia esta herencia malentendida por la Modernidad señalando −pertinentemente− que las estructuras sociales, culturales y políticas que determinan la vida de una persona no tienen nada que ver con las “ganas” o no que tenga para “salir adelante”. No es el mérito moderno el que sacará al pobre de su cruel miseria, es una mejor conciencia y ejercicio de la justicia social.

Y es aquí donde encuentro defendible la noción clásica de la meritocracia frente a la crítica contemporánea a la noción moderna del mismo concepto. Porque allá, en los tiempos de Platón, Confucio y los medievales, el verdadero quid de la meritocracia no es el poder, la prosperidad económica o el “salir adelante”; es la justicia. La justicia no como una finalidad del poder del mérito, sino como una condición de posibilidad de éste.

La justicia social como un punto de partida, inobjetable, necesario. La justicia social como la base sobre la que el valor, las cualidades, el reconocimiento y la distinción de un individuo se vea garantizado por una sociedad capaz de engendrarlo, criarlo y, finalmente, darle lo que se merece –ya sea poder, honor, etcétera.

Así, el ideal de la meritocracia clásica es la esperanza de una justicia social que nos procure darle a cada quien lo que merece según sus acciones y sus conductas –no según sus dichos, sus promesas o sus intenciones. Mientras que la fría realidad de la recepción contemporánea del concepto de meritocracia es la desesperanza de una justicia social postergada por tecnologías, crecimientos económicos y, en el fondo, egoísmos disfrazados de progresos, transformaciones, amores y bienestares.

Egoísmos como el que ejemplifica una historia perfectamente moderna. Hija de la libertad ejercida en términos del capital y retrato de la pseudomeritocracia de la Modernidad. Egoísmos como el de Patrizia Reggiani, Maurizio Gucci y los últimos miembros de la familia Gucci que se encargaron de destrozar el trabajo de un linaje completo en las manos de sus ambiciosas ínfulas de dominio –llenas de “querer es poder”. Historia que nos cuenta el nuevo film del galardonado director Ridley Scott, La Casa Gucci o House of Gucci.

La cinta protagonizada por Lady Gaga y Adam Driver es un excelente ensamble actoral (con Jared Leto, Jeremy Irons, Salma Hayek y Al Pacino) que juguetea entre el cine biográfico, el drama criminal y la franca sátira mientras nos cuenta la historia basada en hechos reales del amor y posterior pleito entre Maurizio Gucci y Patrizia Reggiani. Amor y pleito conducido, alimentado y desembocado en los términos de una ambición común: hacerse con el poderío de la marca italiana de moda Gucci.

La historia de una monarquía moderna, una monarquía del dinero, una monarquía de la moda, que va sucumbiendo a la vanidad del “querer es poder” de sus miembros. Una monarquía capitalista trastocada por una mujer sedienta de poder, lujo, reconocimiento y riqueza. Una monarquía capitalista derrumbada por la incompetencia egoísta de los últimos “herederos de la corona” Gucci. La historia de una monarquía moderna llena de meritocracia moderna.

Porque en la Modernidad –a diferencia de la Época Clásica o la Época Contemporánea− ni la meritocracia es meritocracia, ni la monarquía es monarquía. De suerte que los dos conceptos rivales son capaces de hacerse uno en nombre del dinero, el poder, la ambición y la obscena sed del egoísmo por hacer imposible cualquier tipo de justicia.

Mientras que el lema clásico es “dar a cada quien lo que le corresponde” y la proclama contemporánea es “dar a cada quien según su circunstancia”, la identidad de la Modernidad capitalista en su punto máximo de voracidad es “darme a mí todo”.

“Darme a mí todo” porque todo lo quiero, porque todo lo puedo. Porque estoy dispuesto a todo por conseguir mi pedazo de poder, mi pedazo de dominio, mi pedazo de dinero, mi pedazo de honores, mi pedazo de existencia. Porque el meollo del egoísmo moderno, la meritocracia moderna y la monarquía moderna es el mismo: el individuo que se procura privilegios para sí y para nadie más.

“Darme a mí todo”, como depredador despiadado. Como dragón, como tiburón. “Darme a mí todo” porque todo lo puedo, porque todo lo quiero. La base del coaching, la expresión masificada de la ambición individualista. La base de las acciones de Reggiani, la expresión singular de una ambición astuta que destruyó una empresa familiar, no sin antes cobrarse la vida de alguien.

¿Y qué queda entonces? ¿Resignarse a la tiranía del individuo moderno? ¿Gritar contra el egoísmo y proclamar por la diversidad y la multiculturalidad? –como las tendencia contemporáneas. ¿O buscar un modo de recuperar la esperanza clásica de un mérito justo garantizado por una sociedad justa?

Quedan una historia de la vida real y tres momentos históricos que apuntan a una misma dolencia, quizá a una fantasía: la justicia social. La justicia social negada en una empresa familiar donde la traición se convierte en el lenguaje del éxito, donde querer es poder y querer es pisotear a quien se me ponga enfrente. La justicia social como ingenua esperanza y condición de posibilidad de cualquier ideal de igualdad y viabilidad social y política de un pasado que, por algo, reconocemos como clásico, imitable; la soberbia de una joven humanidad soñando con que algún día la desigualdad social podría esfumarse. La justicia social anulada por un proyecto moderno que creyó ser capaz de instaurar un mundo de iguales; un proyecto fallido que pronto sucumbió al ego, a la eterna disputa y al empobrecimiento agudo de las mayorías y el enriquecimiento vulgar de ciertas minorías. La justicia social que proclama una Época Contemporánea que todavía vive en los términos de la Modernidad pero que la encuentra ya decadente; una época que sueña –pero quizá no actúa lo suficiente− con la igualdad de la diversidad, con un multiculturalismo pragmático, con la suma de cada caso distinto para encontrar, como resultado, el número que descifra qué significa ser un humano en una sociedad.

Tres tipos de meritocracia: una esperanzada, otra fallida y una hastiada. Tres maneras de abordar el eterno conflicto entre individuo y comunidad. Tres momentos de la historia donde la meritocracia ha pasado de sueño a mentira y de mentira a reproche. Dos épocas vinculando el mérito a la justicia: una suponiéndola inocentemente, otra exigiéndola en retroactividad. Una época dejando el mérito en las manos del individuo. Una época donde el individuo demostró que puede querer poder más allá de la ley, más allá de la familia, más allá de la proporción, más allá de cualquier tipo de consideración humana. Una infame época donde la falsa meritocracia se hizo reina.

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