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El arte de ser raro.

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Publicado en Diario Imagen el 22 de agosto de 2019.

Desde que tengo memoria me ha sido difícil sentir que pertenezco a algún grupo social. En mi secundaria, en mi preparatoria, en la universidad en la que estudié mi primera licenciatura, en la universidad en la que inicié mi segunda y, por momentos, incluso con mis amigos y mi familia, de momento me ataca la sensación de que no debería estar ahí, que no pertenezco, que eso que estoy pensando, observando o eso que me intriga no tiene cabida en ese contexto.

Creo que, visto desde ahí, era lógico que terminara dedicándome a algo como la Filosofía, las Letras Clásicas y la escritura, porque ahí sí que pertenecía. A ese mundo de mitologías, ideas, preguntas, personalidades, historias antiguas, reflexiones y preocupaciones profundamente complejas. Ni siquiera por la ingenua pretensión de convertirme en alguna especie de genio, erudito o intelectual, simplemente porque es ahí, en la vasta incertidumbre del hecho humano, donde me siento plenamente libre para sentir y pensar lo que yo quiera.

De ahí que haya resonado tanto en mí la frase con la que inicia Scary Stories To Tell In The Dark: “Las historias sanan, las historias hieren”. La película de terror para adolescentes se centra en un libro de historias de terror que tienen la particularidad de hacerse realidad al momento de escribirse/contarse, situación de la que se desatan eventos magníficos, estimulantes y realmente ricos en su compleja construcción narrativa aunque son, en definitiva, incómodos y displicentes.

La dirección del cineasta noruego André Øvredal en este proyecto es realmente atinada y surte efecto en su público objetivo, preadolescentes y adolescentes, aunque quizá, hay que advertir, puede quedarse corto para los gustos más sutiles de los adultos. Con un pertinente recurso a elementos asquerosos, tensos e impresionantes, uno de los grandes pros de la cinta son sus monstruos, a quienes sólo la colaboración de Guillermo Del Toro, aquí productor, podía dar la consistencia adecuada.

En diversas entrevistas y espacios en los que ha compartido su visión y fascinación por sus monstruos, Del Toro ha repetido que ésta nace de la ruptura que estos personajes hacen con las nociones rígidas e idealizadas de la belleza. Mismas que él encuentra más dañinas que las horripilantes singularidades que se dan lugar en sus inquietantes criaturas. Lo sintetizó muy bien en una de las conferencias magistrales que impartió en México, tras ganar dos Premios de la Academia por The Shape Of Water, diciendo que “la belleza es un instrumento de tortura”.

En otra ocasión escribí sobre la belleza y las maneras en las que, como categoría estética y filosófica, se ha tornado insuficiente para describir la amplia gama de experiencias a las que la percepción humana puede acceder. Asimismo, la belleza, como ideal de armonía y proporción, se erige como una categoría paradigmática que parece imposible alcanzar en la realidad que, si algo tiene como característica propia, es que es siempre diversa. La idea es, pues, que la perfección y la belleza como ideales de pulcritud, redondez y estabilidad pura se convierten en instrumentos de control frente a una realidad que es impura, multiforme y cambiante.

El correlato político de esta idea se ha transformado, históricamente, en dictaduras de cánones y reglas que se han impuesto a toda costa en virtud de un ideal de orden perfecto e imperturbable. Dando lugar, así, a grandes barbaries que como humanidad hemos permitido. Mismas que han servido, en  su dimensión humanística, artística y creativa, para reprimir ciertos modos de expresión o ciertas propuestas artísticas y humanistas. De ahí que “lo raro” (o lo monstruoso) tenga una cierta gracia al aceptarse y afirmarse como tal. Porque en un mundo en que se exigen ciertos estándares de calidad para ser considerado atractivo, popular, interesante, exitoso, productivo y, bajo algunas perniciosas retóricas ideológicas lamentablemente, hasta para ser considerado un humano digno de las garantías fundamentales, atreverse a ser uno mismo se convierte en rebeldía.

Ahora, esto no quiere decir que todo “ser raro” sea , inmediatamente, excelente, rebelde y loable, puesto que, de ser así, estaríamos creando otro ideal como el de la belleza pero ahora bajo la palabra “raro”. Por ello, es importante resaltar la relevancia de las historias, dicho de otro modo, de las narrativas: del modo en que cada uno de nosotros nos contamos nuestra propia historia y lo que somos como seres humanos y el modo en que nos contamos y descubrimos nuestra propia autenticidad.

El filósofo escocés Alasdair MacIntyre, conocido por su defensa de las éticas de la virtud, propuso en 1981, justamente, que debíamos considerar la vida humana como una narrativa. Es decir, una historia que nos contamos a nosotros mismos y que contamos a otros; de la que debemos ser capaces de dar razón para nosotros mismos y para quienes interactúan con nosotros. Acentuó que tal es una historia anómala en la que somos, a la vez, narradores y protagonistas, lo cual nos vuelve incapaces de ver objetivamente ciertas partes de dicha historia (pues constantemente compromete nuestras emociones, percepciones y puntos de vista porque nosotros la estábamos llevan a cabo cuando sucedió). Por lo tanto, señala MacIntyre, es indispensable que dicha narrativa se complemente con las historias de los demás protagonistas y observadores que intervienen en ella: los otros seres humanos. Sólo así, con la ayuda de lo que los demás nos pueden decir de quiénes somos, podemos reconstruir y completar esos puntos ciegos que naturalmente se generan en nuestra historia de vida.

Sin embargo, como bien lo apunta la película de Øvredal, debemos aprender a discernir qué partes de qué historias o narrativas que nos provean los demás sobre nosotros mismos construyen una imagen objetiva de quienes somos. Dicha empresa, claro está, no es sencilla puesto que siempre podemos caer en el vicio de escuchar sólo las narrativas que nos favorezcan, o bien, sólo las que nos demeritan, creando así una versión distorsionada y necia de quienes somos y de quienes queremos ser.

Es ahí donde el diálogo y la apertura a lo diferente (a lo no bello o lo “raro”) se vuelven esenciales para el autoconocimiento puesto que sólo mediante el intercambio de puntos de vista con la realidad, otras personas y otras culturas y mediante la retroalimentación que podemos obtener al acercarnos a lo que nos es hoy ajeno, seremos capaces de afinar poco a poco, en un arduo trabajo de crítica y autocrítica, una imagen de quiénes somos y, en consecuencia, una narrativa de quiénes hemos sido y quiénes queremos ser.

Las historias sanan y las historias hieren. Sanan esa soledad que causa el reconocerse distinto a los demás pero hieren cuando esa soledad se convierte en el pretexto para anular a los demás en nuestras vidas sólo para encerrarnos en nosotros mismos. Sanan cuando nos permiten encontrar en nuestras diferencias el valor que nos hace únicos y que nos permite conectar con grupos mínimos de seres humanos que comparten aficiones e intereses pero hieren cuando se convierten en el pretexto para agruparnos y descalificar, sin ningún tipo de empatía y humanidad, las experiencias que viven otros grupos humanos y que a nosotros nos son ajenas. Sanan, pues, cuando nos preocupamos por construir con ellas un modo objetivo de contarnos nuestra propia historia pero hieren, a diestra y siniestra, cuando nos encerramos en una visión de nosotros mismos que nos hace creer excepciones, absolutamente independientes, haciendo real, así, un solipsismo de facto.

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