El camino al autodominio.

Publicado en Diario Imagen el 16 de octubre de 2019.

En un contexto en el que los grandes realizadores cinematográficos y televisivos empiezan a encontrarse en similares temáticas, estilos o recursos, el trabajo de dirección y guionismo de Vince Gilligan reluce por su sencillez, su claridad y su excelente sentido de la composición visual. Con simples premisas y pequeños objetos caprichosos y, parecería, aleatorios, logra contarnos excelentes historias llenas de suspenso, dramatismo y, por momentos, auténtico terror psicológico.

Para nadie escapa el excelente trabajo que este realizador hizo con Breaking Bad, construyendo psicologías complejas y manteniéndonos en tensión constante, a veces, con un paso denso que súbitamente se transformaba en algunos de los momentos más intrigantes de la televisión y, sobre todo, con el sentimiento de que todo transcurría en la más monótona cotidianidad.

Su trabajo en Better Call Saul, para quienes hemos seguido el spin off de la historia del turbio, cómico e ingenioso abogado, es sorprendentemente refrescante, aporta otro ritmo, más cínico y desenfadado, quizá uno más digerible, pero, al tiempo, tremendamente dramático, poderoso e intrigante cuando la excelente historia de Jimmy Mc Gill lo requiere.

En ambos casos la paciencia y la atención se ven generosamente recompensadas pues, por momentos, hay que admitirlo, parecería que estamos divagando o que estamos viendo un evento que no viene al caso, sólo para, posteriormente y de manera elegantísima, revelarse como un elemento medular de la narrativa principal que nos ha atrapado.

Desde ahí se podría definir el estilo de Gilligan: un excelente marcador de ritmos, pausas y patrones que nos cuenta historias sencillas de un modo rico, intrigante y profundo. Visto así, era de esperarse que El Camino, la película situada en el mundo de Breaking Bad dedicada a explicarnos el destino final de Jesse Pinkman tras lo sucedido en la serie, rescatara estas cualidades y virtudes del estilo de su creador y director.

Lo que no era tan obvio era que, tras seis años del estreno del último capítulo de la serie original, la cinta construyera y capitalizara de manera tan precisa sobre su antecedente poniéndose al servicio de quien, hasta ahora, parecía ser el protagonista menor de aquella historia. El Camino nos muestra la última gran travesía de Jesse antes de recuperarse a sí mismo, su libertad física, como vimos en el gran final de Breaking Bad, pero, más interesante aún, su libertad interior, personal. La paz, descanso y tranquilidad que, nos reitera, se merecía.

Lo interesante es que esta recuperación de sí mismo no necesariamente implica la conciliación con su pasado o su historia concreta sino, más bien, con su capacidad de hacerse responsable de sí mismo, con hacerse dueño de su propio destino y de su propio camino. Si en Breaking Bad conocimos la historia de decadencia y corrupción social, familiar, moral y personal de Walter White, en El Camino conocemos el epílogo de la historia de crecimiento personal, reconstrucción, maduración y dominio de sí mismo de Jesse Pinkman.

Con una premisa simple, en un episodio de estructura “X va del estado A al estado B”, Gilligan nos da una adecuada despedida a un personaje que exigía una reivindicación de su valor propio más allá de ser el compañero del principal de la serie en la que se originó. Reivindicación que, además, llega en los propios términos de Jesse, por sus propios medios y como conclusión lógica de un proceso de autoaceptación y autodominio. De ser el objeto de manipulaciones múltiples y el eslabón débil de la empresa de Walter White, aquí Pinkman logra encontrar su propio camino (no sin consecuencias ni olvidando los episodios que lo formaron).

En términos de la tradición filosófica, diríamos que Jesse Pinkman, logró el ideal más libertario que existe: el autodominio. Claro, de manera relativa y limitado a la dimensión de su existencia como ente de una historia de ficción, pero de manera efectiva, emotiva y, sobre todo, congruente.

Lo que las tradiciones socrático-platónicas y aristotélicas, los epicúreos, los existencialistas, los orientales, los ilustrados, los kantianos y una buena parte de los protagonistas de la Historia de la Filosofía han admitido como uno de los más puros ideales de la libertad, el autodominio, se exhibe en este personaje con particular atención a algunas de sus más rescatables propiedades: el hacerse responsable de uno mismo, el asumir las consecuencias de los propios actos, el asumir la propia libertad con un espíritu de autodeterminación y, sobre todo, el reencontrarse con uno mismo a sabiendas de que nada puede borrar el pasado.

Como es obvio, este concepto no significa lo mismo para todos los filósofos, no todos admitirían estos mencionados elementos, algunos ni siquiera plantearían la cuestión en estos términos y, mucho menos, lo aterrizarían a las condiciones psicológicas singulares de un individuo (pues estropearían, con ello, cualquier pretensión de universalidad). Lo que sí admitirían es que la libertad es, en otras palabras, el ser dueño de los propios actos y el determinarse a uno mismo las propias reglas.

Pero, claro —acá empiezan las dificultades—, ese determinarse a uno mismo las propias reglas no podría —para ningún filósofo— implicar que las normas son planteadas por la propia subjetividad. Es decir, no existe la libertad dada por las propias reglas creadas de manera absolutamente subjetiva (porque no existe ninguna subjetividad desvinculada de contextos sociales, históricos, etcétera). Existe la libertad dada por las propias reglas asumidas de manera universal (o general, en el peor de los casos).

Dicho de otro modo, siguiendo al filósofo prusiano del siglo XVIII Immanuel Kant, si bien es la subjetividad la que debe aceptar y querer las reglas, éstas no pueden ser algo que no podamos desear de manera universal, es decir, que no pueda aplicar a todos los seres humanos sin excepción (pues, de lo contrario, las reglas aplicarían sólo a unos cuantos y a otros no). Por ejemplo, no podríamos desear de manera universal la aniquilación de los seres humanos pues eso incluiría al ser humano que “desea” eso y, con ello, toda pretensión de libertad se volvería absurda (puesto que sin seres humanos que la ejerzan y sin contextos sociales que sirvan de escenario para ella, la libertad no existiría) .

Pero la cuestión no termina allí, pues la pregunta que sigue a esa propuesta es si, de hecho, pueden existir de manera concreta, práctica y realista reglas universales queridas por y para todos los seres humanos. La respuesta es —como suele suceder con los grandes problemas humanos y filosóficos— aún una incógnita que —dirían algunos— no tiene ni tendrá respuesta o bien es —según otros, más optimistas— discutible.

Si bien no está en nuestras manos, en nuestras letras, en nuestros pensamientos y en nuestras capacidades responder a qué es la libertad y su ideal, el autodominio, con Jesse Pinkman, un joven descarriado y de moralidad por momentos dudosa, podemos entender que sea lo que sean esas dos nociones no pueden existir sin la necesidad de hacernos conscientes de nosotros mismos. Ser capaces de dar razones y explicaciones del propio actuar a nuestros iguales, hacernos responsables por nuestra capacidad de decidir y el modo en que se relaciona con las de otras personas, nuestros errores y aciertos, pero, más que todo, asumir que la libertad no es un estado dado sino un constante proceso de autoaceptación y autoconocimiento.

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