El infinito llamado del rostro

Hace unos días tuve la oportunidad de volver a ver Extraordinario o Wonder de Stephen Chbosky (director también conocido por la adaptación de Las ventajas de ser invisible), basada en la novela infantil homónima escrita por R.J. Palacio. La película es un drama familiar que centra su atención principalmente en Auggie, un niño nacido con el Síndrome de Treacher Collins.

Las características del padecimiento genético de Auggie se expresan en irregularidades en la forma de las orejas, los ojos, los pómulos y la barbilla que le abren un reto de valentía a este niño de 10 años que decide enfrentarse al mundo infantil de la escuela primaria después de haber sido educado en casa durante toda su vida pasada, evitando las aulas.

Como resultado de su formación, el carácter de Auggie es particular: pronto a la fantasía, apasionado por la ciencia, curioso, juguetón y ávido de amistades. Aunque su aspecto le genera problemas, dolores, malos entendidos y preocupaciones frente a sus iguales, nuestro protagonista no parece estar acomplejado por su rostro. Para él su identidad excede sus condiciones circunstanciales.

En lo narrativo, la cinta logrará dar un vistazo general no sólo al especial pequeño sino también a las psicologías de sus allegados. Se tomará el tiempo para desarrollar la dinámica de sus personajes y retratar la vida de su hermana, su madre, su padre, sus amigos y hasta su mascota. Claro, volviendo siempre al simpático jovencito como el pivot de su trama.

Wonder trajo a mi mente los poderosos conceptos filosóficos de Emmanuel Levinas. Filósofo lituano-francés de origen judío que de los años 30s a 90s propuso un hondo, valioso y noble nuevo reto ético y metafísico para la Historia de la Filosofía. Uno fuertemente influido por su momento histórico: la Segunda Guerra Mundial.

Así, la ética levinasiana desarrollará sus conceptos en una reflexión sobre el rostro. Sobre el enigma infinito, indescifrable e irrestricto que son otros seres humanos. Sobre la responsabilidad humanística que imponen las caras de otros, sus subjetividades y la incapacidad de reducir éstas a conocimientos cerrados, fijos, inmóviles, tajantes; coercitivos. Una reflexión sobre el apelativo hecho de ver a otro como yo de frente y reconocer en ese hecho su irreductible humanidad y Otredad.

La obra del filósofo francés incorpora elementos de la fenomenología, del existencialismo y de la ontología que desembocan en una proclama brutal: “la ética es la verdadera metafísica”. En otras palabras, Levinas desarrollará una crítica a la Ontología Clásica bajo la afirmación de que el Ser que por siglos ha buscado definir esta disciplina es, en realidad, el Otro. El Otro que es aún mayor que la cúspide conceptual que es el Ser para la Metafísica Clásica. El Otro que escapa a cualquier conceptualización; sobrepasando tanto al Ser que se convierte en un No-Ser, en un Más-Que-El-Ser.

El Otro que se revela en la faz de todos los seres humanos. El Otro que se resiste a ser considerado como un objeto delimitado, que, antes que ser un enigma que esté ahí para ser descifrado, es un infinito que invita a procurar su vastedad. El Otro como el infinito llamado del amor. El Otro como la reinvención del “amor a la sabiduría” en una “ sabiduría del amor”. El Otro que convierte, por tanto, a la Ética (a la relación entre un yo y un Tú) en la filosofía más próxima, más urgente y más importante; en la Filosofía Primera.

Para Levinas buena parte de esta singular forma de repensar la tradición filosófica se expresará en un principio relacional humano que él llama el “encuentro cara a cara”. Fundamento según el cual el encuentro con la infinitud del rostro de otro humano se convierte en una irrenunciable llamada del Otro a la responsabilidad del yo para con él y, al mismo tiempo, se convierte en una presencia vasta, infinita e inabarcable que se muestra irreductible a la Mismidad, es decir, irreductible al yo. En otras palabras, el Otro (toda persona), por más que se intente, nunca podrá ser limitado a un mero concepto. El Otro, por el contrario, es una permanente llamada a la Ética.

De ahí, que una de las analogías y tópicos más destacados del lituano sea esta reflexión sobre el rostro como un punto de partida para el reconocimiento de la existencia de estos Otros y como un recordatorio permanente de la incapacidad de ser minimizados por conceptos fijos y cerrados. Irreductibles a mi yo, a mi Mismidad, a mi percepción, a mi entendimiento.

Levinas, por tanto, afirmará que el rostro “está presente en su negación a ser contenido”, que el rostro “no podría ser comprendido” ni “englobado” ni “visto ni tocado” porque el significado que tiene el rostro de cualquier persona desborda a su estructura física; porque el rostro es un recordatorio palpable de que en cada ser humano hay un infinito que invita al yo a desvanecerse en favor de la Ética como Metafísica. En favor de la no-conceptialización y no-objetivación de los demás.

Y ahí vuelvo a Auggie. No con la obviedad de que su particular rostro es también un infinito llamado a la Otredad como lo es el rostro de cualquier ser humano; sino a la irónica sabiduría que representa un niño de rostro irregular cuando afirma con una valentía de lucidez levinasiana: “Cuando puedas elegir entre tener la razón y ser amable, elige ser amable”.

Vuelvo a este personaje, más que como un ejemplo de la infinitud del rostro más allá de sus cualidades físicas, como un ejemplo de cómo puede vivir una persona que no reduce a conceptos singulares, propios y egoístas a los rostros con los que se cruza. A una persona que, por el contrario, ve más allá del llamado empírico y estético que hacen a nuestra Mismidad las caras de los demás.

En la inocencia de Auggie y el recordatorio que me ha hecho sobre la filosofía del rostro de Levinas, reconozco algo de la filantrópica pretensión de un mundo en el que seamos capaces de trascender los rostros, los contextos, las etnias, las culturas, etcétera. Un mundo en el que nos volquemos a la Ética como la filosofía más próxima, la más importante. Un mundo en que reconozcamos a la Otredad, ya no como una diversidad amenazante, sino como el hecho más patente de nuestra naturaleza humana, gregaria y metafísica. Pero, más que todo, reconozco el admirable, poderoso, altísimo y nobilísimo reto ético y metafísico que implica no darle la espalda al infinito llamado del rostro ajeno.

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