El mono del organillero

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Cuando hablamos de obras maestras del arte, la cultura, la ciencia, la filosofía e incluso del entretenimiento, solemos referir a los individuos que materializan estas expresiones concretas de una serie de factores, contextos, bagajes, etcétera; obviando, con ello, el hecho de que estos son, antes que todo, productos de escenarios propicios y de vivas comunidades que establecen los términos de un diálogo sin el que esos brillantes referentes serían simplemente imposibles. Tal es el caso de Ciudadano Kane atribuido plenamente y casi sin objeciones al genio de Orson Welles; premisa que ahora cuestiona con astucia, buen tino y pertinencia Mank de David Fincher (Alien, El Club de la Pelea, Red Social; como productor House Of Cards, Mindhunter).

La pertinencia de la observación de Fincher, con justa razón, es motivo de un vivo y reanimado debate que se pregunta por el papel de Herman J. Mankiewicz en el desarrollo de la ópera prima de Welles que, durante muchos años, fuera referida como la mejor película de la Historia del Cine Estadounidense. Pero, sobre todo, funge como una válida y necesaria reivindicación del papel del guionista dentro del complejo trabajo de equipo que es una película; más aún, en una obra tan propositiva, técnicamente innovadora y atrevida como lo fuera la cinta de 1941.

Así, centrada en un Herman decadente, convaleciente y alcohólico, la película dirigida por David Fincher y escrita por su padre Jack Fincher nos sumerge en la prospectiva de un apresurado Mankiewicz que debe enfrentarse a la premura de cerrar el mejor guión de su carrera. Esto, mientras reconstruye desde su memoria los episodios de su vida que darán forma al inmortal Charles Foster Kane.

Una historia que, en paralelo con la de 1941, juega con la linealidad narrativa para presentar desde dos frentes la intempestiva colisión del pasado y el futuro en un personaje deshecho, desganado, rendido. Un personaje que no tiene más que ofrecer que su amarga experiencia con un Hollywood que lo ha desechado, marginado, restringido (no sin llevar algo de razón). Un Hollywood que está dispuesto a olvidarlo.

Pero, también, un Hollywood ante el que él está dispuesto a pelear, aún en el absurdo del envalentonado impulso. Un Hollywood que nunca se imaginaría la bofetada con guante blanco (quizá no tan pulcro) con la que Mank y Welles le cambiarían el rostro de manera definitiva.

En términos técnicos, la película aprovecha muy bien su argumento para hacer precisos y esperados homenajes al clásico Citizen Kane. Desde verterse en el blanco y negro hasta explicar desde una confrontación con las experiencias de Mank los orígenes y los referentes de la vida real que esbozaron las agudas críticas a la sociedad, a los medios de comunicación, a la política y a las industrias del entretenimiento de su época.

Y el excelso vehículo: la actuación de Gary Oldman que, sin lugar a dudas, es el principal sostén de todo lo que funciona en esta película. Porque el hastío de Mank se siente a través de él, porque la frustración de Mank se representa en él, porque la duda y la apatía de Mank se hacen reales en él. La embriaguez del personaje, la sutil sátira de su lucidez y el franco patetismo de su lucha contra la hoja en blanco.

Con todo, la película no es perfecta. No deja de ser valiosa pero simplemente no termina de infundir el ardor que esperaríamos de un personaje como Mank. Carece de un ímpetu descarado y arrojado que termine de ensalzar a su protagonista que, no obstante, reluce desde los dos momentos culmen del discurso del film: la ruptura del escritor con MGM y la parábola del mono del organillero.

El primero atiende a la conciencia que Mank cobra sobre las maneras en las que el cine hollywoodense se transforma en el despiadado comercio de los sueños y, casi como consecuente lógico, en la estantería de la ideología y la propaganda política. La manera en que disfrutar del entretenimiento se convierte en un llamado tácito a la reflexión y a la concientización de lo que vemos en pantalla: ¿por qué vemos eso y no otra cosa?, ¿por qué se dice eso y no otra cosa?,¿por qué ganan unos y no otros?, etcétera.

El modo en que la fábrica de sueños se puede convertir también en una fabricación de la realidad, en la construcción perniciosa de modelos inalcanzables, irreales, o, peor aún, en la suplantación de lo real desde la seductora, atractiva y convincente luz de la pantalla grande.

El segundo, atiende al momento climático en el que Mank atropella un monólogo frente al Charles Foster Kane de su vida: William Randolph Hearst. En específico, al crudo pero frontal y cínico modo en el que el magnate multimillonario le explica su relevancia en la industria del entretenimiento al, implícitamente, compararlo con el mono de un organillero.

En pocas palabras, al compararlo con un primate asombrado por la gran parafernalia que lo rodea pero que es incapaz de comprender que el show no está ahí para él tanto como él está ahí para el show. Confundiendo su importancia con la de esa enorme estructura que sostiene su mínimo fulgor prestado. Creyendo que reside en él alguna capacidad de contravenir a este gran armatoste que le acompaña.

Y de ahí surgen, para mí, las dos valiosas observaciones que proponen los Fincher con su película; ambas en un tono muy similar al querido por la obra de Welles y Mankiewicz. Primera, la importancia de encontrar en el entretenimiento algo más que un escape de la realidad que, más tarde que temprano, puede convertirse en un subrepticio sustituto de ésta, de ideales realizables, de convicciones personales y de criterio propio. Segunda, la importancia de romper con el esquema individualista de la genialidad y de la maestría artística en favor de la veracidad; de una observación más consistente de los impactos culturales.

Para la primera, el camino es la cultura, el aprendizaje y el cultivo del pensamiento crítico. La intención y la voluntad para llevar a todos esos productos que consumimos con el mayor de los gustos y la mayor de las fruiciones a un territorio mucho más neutral. A un territorio intelectual y emocional desde el que podamos diseccionar y juzgar con precisión entre lo que pertenece al mundo de la ensoñación cinematográfica y lo que pertenece a la áspera, grávida y exigente disciplina del conocimiento. De la opinión informada, realista y crítica que subyace a la más provechosa experimentación estética subjetiva del cine y el entretenimiento a gran escala.

Para la segunda, la misión es la conciencia del contexto, del momento, de las comunidades, de los equipos, de la multiplicidad de voluntades y esfuerzos. La misión es la superación del reconocimiento del ego en la proyección de un ego afín, de un líder único e inigualable que hace posible lo que, en realidad, es el trabajo de muchos. De muchos que optan, quizá, por ser más discretos o que, simplemente, no son tan atractivos para la admiración fugaz.

La misión de reivindicar los papeles que juegan en las grandes obras maestras de la humanidad los trabajos concretos, los individuos menospreciados, los elementos obviados. Recordar que aún el peor artefacto artístico o cultural es inconcebible sin, por lo menos, la dicotomía entre realizador y espectador o, en términos mucho más pragmáticos, sin la existencia de otros seres humanos que den lugar a la arcilla, al celuloide, a la pintura, a la hoja en blanco, a la escritura: a lo que sea de lo que se trate.

La misión es no convertir en profecía autocumplida la parábola del mono del organillero dándole más poder a las estructuras de poder sino reconociendo la valía de los sujetos, las voluntades, los cansancios, los aparatos emocionales individuales y las sensibilidades específicas que hacen realidad la habitual experiencia de, por ejemplo, ver una película. No darle más poder a las santificadoras narrativas que nos proponen individuos de talentos extrahumanos e inalcanzables sino acercar la lupa y trazar las rutas de retroalimentación que nos permiten afirmar con toda tranquilidad que Ciudadano Kane es la obra maestra de Orson Welles y que lo es, al mismo tiempo, de Herman J. Mankiewicz.

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