El síndrome de Peter Pan.

Publicado en Diario Imagen el 24 de abril de 2019.

Desde 2012, cada vez que cumplo años me gusta escuchar una canción de la banda tapatía Descartes a Kant que se titula The Peter Pan’s Syndrome (que se traduce como El síndrome de Peter Pan). La canción expresa, con el excéntrico, único y adictivo estilo de esta banda, el sentir de una chica que cumple años pero que odia toda la parafernalia que se genera alrededor de este evento.

Mi caso no es tan psicótico como el de este personaje que busca expresar una cierta inestabilidad emocional y psicológica a propósito. De hecho, buena parte del estilo de Descartes a Kant hace estos juegos con la salud mental y emotiva. El nombre de la banda busca establecer una oposición. Según ellos, tal como los sistemas filosóficos de Descartes y Kant se oponen, su música es capaz de ir, en la misma melodía, de un ritmo tranquilo y hasta relajante a la explosividad de los representantes más rudos del hardcore, el punk y otros géneros similares.

Ahí radica mucho de su valor porque aunque podría sonar a una locura, de hecho su calidad musical no ha hecho más que madurar y mejorar. Logran, con una sutileza y habilidad destacadas, hacer convivir, por ejemplo, la armonía del surf y el rockabilly con la agresividad y potencia de las guitarras distorsionadas y el doble tempo de la batería a todo lo que dan. Esta banda, liderada por chicas, es rockera y algo más, algo que no se encuentra en cualquier lugar.

Lo que más me gusta de esta canción y por lo que año con año la escucho de nuevo es el principio de la misma donde el personaje que se expresa allí dice: “While I was walking today, I realized I was asking myself the same questions I usually ask on my birthday: Am I proud? Am I old? Am I mature? Am I stable? What the fuck did I do this year? Am I better? Am I wiser? Am I successful? Am I in love? Am I sick?” que yo traduzco como “Mientras caminaba el día de hoy, me di cuenta que me estaba haciendo las mismas preguntas que usualmente me hago en mi cumpleaños: ¿estoy orgullosa? ¿soy vieja? ¿soy madura? ¿soy estable? ¿qué carajos hice este año? ¿soy mejor? ¿soy más sabia? ¿soy exitosa? ¿estoy enamorada? ¿estoy enferma?”. Mi reacción al escuchar estas preguntas es, inmediatamente, hacer un examen de la vida que he llevado y empezar a plantearme qué es lo que quiero para mí a continuación.

El síndrome de Peter Pan se les ha achacado a los jóvenes de mi generación con toda ligereza, bajo la idea de que “no queremos crecer”. El síndrome no ha sido admitido por la APA (la mayor asociación de psicólogos en el mundo) como un trastorno mental, sin embargo, muchos estudiosos defienden que debe ser considerado como tal; otros piensan que es, en todo caso, un tema de carácter y no un desorden mental. Se caracteriza por una fijación en la etapa infantil del desarrollo psicológico que provoca un perfil aniñado que se evidencia en un narcisismo infantil, dependencia, irresponsabilidad, rebeldía, manipulación, la idealización de la juventud y la negación de la madurez, marcado miedo a la soledad, baja autoestima e inseguridad, miedo al compromiso (pues interfiere con la libertad) y baja tolerancia a la frustración. Como buen millennial me reconozco en más de una de estas características y, claro, yo no soy psicólogo y aun cuando lo fuera no podría autodiagnosticarme, sin embargo, encuentro en la irreverencia, en la rebeldía de decir que no es tan sencillo una salida a esta acusación que se nos hace.

En primer lugar no entiendo qué se supone que es la madurez. Ésta es una exigencia que se me ha hecho desde temprana edad y ha sido motivo de muchas de mis reflexiones, sin embargo, no logro dar con una definición que me parezca suficiente. El otro camino puede ser la búsqueda de ejemplos a seguir, personas maduras que me ayuden a entender qué es la madurez; resulta que ahí sigo encontrando en algunos mayores un narcisismo incapaz de escuchar al otro, una dependencia a vicios y dinámicas viciosas, una irresponsabilidad frente a sus deberes sociales y personales, la rebeldía de no seguir las reglas, la manipulación de convertir a víctimas en victimarios o de santificarse con un “siempre he sido así”, un profundo horror a estar solos y no saber qué hacer con la voz interior, una baja autoestima e inseguridad que se expresan en una agresividad que estalla con la más mínima perturbación, un miedo al compromiso que se demuestra en la más burda repetición de opiniones y lugares comunes sin ningún asomo de convicciones reales y una bajísima tolerancia a la frustración que se expresa en la impaciencia con la que vivimos el día a día, la incapacidad que tenemos para entender que el otro no es “pendejo”, es un ser humano que también está en un proceso, tal como yo.

Ya Aristóteles hablaba de los hombres adultos con carácter aniñado y decía que daban lo mismo que los jóvenes: eran inútiles para la política porque se dejaban llevar únicamente por sus emociones. Curiosamente, hubo un hombre “aniñado” que trascendió en la Historia de la filosofía: Sócrates.

En su versión del Banquete (una famosa tertulia a la que habría asistido Sócrates), Jenofonte, alumno del ateniense, abre diciendo: “En mi opinión no sólo los actos serios de los hombres buenos e ilustres son dignos de mención sino también [cuando están] en sus niñerías (ἐν ταῖς παιδιαῖς (en tes pediés))”. Παιδιαῖς es una forma de la palabra griega antigua παιδιά (pediá) que significa juego de niños, broma o diversión. El asunto con Sócrates es que, nos dicen Jenofonte y Platón, siempre se la pasaba bromeando, hablando de las cosa más simples con un lenguaje común y corriente pero siempre con miras a crear una reflexión, a hacer filosofía.

A mi parecer, si alguien dio vida a la filosofía ese fue Sócrates porque entendió que el amor por la sabiduría se expresa dialogando, construyendo canales de comunicación y traduciendo términos y conceptos rebuscados en metáforas accesibles para cualquiera.

Con base en esto, la mejor respuesta a la que he llegado respecto a la madurez, considerando que se trata de entender por maduro a alguien serio y sabio que “ya ha vivido”, es que un humano maduro es aquél que expresa lo que necesita; por tanto, una persona madura es aquella que está abierta al diálogo y que entiende que sus deseos no están dados para cumplirse sino que las únicas herramientas que tiene para hacerlos realidad son la razón y la palabra. Y no la palabra engañosa o manipuladora porque esa no consigue lo que se busca en realidad sino una versión mentirosa de lo que se desea. Por el contrario, el ser humano maduro expresa sus necesidades y se comprende parte de un contexto en el que tiene que interactuar con otros y que sólo con la ayuda de esos otros podrá conseguir lo que busca de manera más íntima.

Yo pienso que necesito madurar más, saber ser mejor ser humano con los demás y ayudar a los otros a ser mejores versiones de sí mismos, aprender a respetar mejor a quienes tienen otro punto de vista al mío y aprender a darle el tiempo necesario a mis propios procesos y a los procesos de otros. Hoy, miércoles 24 de abril, estaré escuchando The Peter Pan’s Syndrome unas cuantas veces durante el día con la esperanza de ser capaz de responder mejor que el año pasado a las preguntas que plantea.

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