El Woodstock negro

¿Qué sería de la música popular contemporánea sin los sonidos, conceptos y sabores aportados por la raza negra? Desde el hip hop, el trap y el reggaetón hasta el rock’n’roll, el blues y las infinitas formas en las que se ha transformado el rock; desde la salsa, el jazz, el funk hasta la música electrónica y sus múltiples adopciones y reivindicaciones del afrobeat. Supongo que la respuesta es que nunca lo sabremos.

Porque detrás de esos ritmos imborrables que acompañan nuestros días, nuestros mejores momentos y hasta nuestros tiempos tristes es casi imposible que no exista un eslabón de raza negra entre la canción que tanto disfrutamos y sus orígenes.

Es por eso que respecto a este tema la noción de la apropiación cultural ha sido traída recurrentemente a la discusión para cuestionar la validez de lucrar con productos de una experiencia racial que no se vive. En otras palabras, si es correcto tomar los conceptos musicales de una raza sistemáticamente oprimida sin reconocer su origen y, aún más, si es válido hacerlo sin echar luz sobre el modo en que esas formas de expresión se originan de sufrimientos específicos, experiencias de protesta, necesidades y marginaciones, y de una constante lucha por un reconocimiento efectivamente equitativo de los derechos civiles de las minorías raciales en el mundo.

Dicho de otro modo, la crítica apunta a la cultura pop y la facilidad con la que ésta reproduce vestimentas, formas de hablar, expresiones musicales y propuestas artísticas de los negros —y otras razas, culturas y subculturas no favorecidas hegemónicamente— para incrementar sus ventas y aceitar su maquinaria mercadotécnica. Haciéndolo, además, sin el más mínimo reconocimiento a la profundidad humana de éstas; o sea, sin reconocer sus orígenes, por ejemplo, en protestas contra la falta de oportunidades, en protestas contra el racismo, en testimonios de la compleja vivencia de la esclavitud. Algo así como arrebatar las apariencias atractivas para ostentarlas como propias sin dar cuenta de las lágrimas, sangre y abusos que están detrás de ellas.

Con ese contexto de fondo resulta especialmente valioso el esfuerzo del periodista, músico y referente del hip hop —como líder de la emblemática agrupación The Roots—, Ahmir “Questlove” Thompson, por sacar del olvido público al llamado “Woodstock negro” con su “universalmente aclamado” y galardonado documental Summer of Soul (…Or, When the Revolution Could Not Be Televised) o Summer of Soul (…O, Cuando la Revolución No Pudo Ser Televisada).

Realizado durante el mismo fin de semana que el icónico Festival de Música y Arte de Woodstock, el Festival Cultural de Harlem en 1969 se convirtió en una de las expresiones más concretas de una colección de sentimientos, proclamas y eventos determinantes para la cultura afroestadounidense. En una expresión colectiva sin precedentes que fotografía de manera inmejorable lo que era ser negro en el Estados Unidos de la época y, más aún, que captura en imágenes y sonidos el sentir de un grupo social que aún lidia con las consecuencias de una libertad recién adquirida.

En la atmósfera de la época se encontraba una crisis gubernamental en el país norteamericano tras el asesinato de Jhon F. Kennedy, una crisis moral y cultural para el pueblo negro tras los asesinatos de Malcolm X y Martin Luther King y una estigmatización confrontada aún perpetuada en protestas constantes, la fuerte presencia del Partido Panteras Negras y el ingreso de los primeros estudiantes negros a una universidad de aquel país.

La síntesis simbólica de un contexto, una esperanza materializada en congregación y un espíritu artístico que daba voz a una lucha social. Justo lo que fue su contraparte más popularizada, Woodstock. Pero justo lo que no fue el Festival Cultural de Harlem que, a pesar de ser grabado y haber sido intentado distribuir, fue materialmente sepultado en una bodega durante más de 50 años. El “Woodstock negro” que, como dirá el documental de Questlove, nadie quiso transmitir, nadie quiso ver y nadie se interesó por escuchar.

Y es precisamente ahí donde Summer of Soul adquiere su primer capa de valor: como una radiografía nunca antes vista de la música que ya se anunciaba en el espíritu negro de la época. El soul, el blues, la psicodelia y la potentísima fuerza de la poesía afroestadounidense. El consuelo anímico y tranquilizador del góspel y de una comunidad negra fervientemente apegada a la espiritualidad y sus diversas formas religiosas.

La segunda capa es para los melómanos. Los amantes de intérpretes como B.B. King, Nina Simone, Stevie Wonder, Ray Barreto, The 5th Dimension y Sly and the Family Stone y de la música en general que encontrarán en este documental una bella muestra de la intersección entre un mensaje que necesita voz y un concierto de instrumentos que se encargan de brindársela. Una muestra del papel reivindicador, sanador, representativo y humanista que adquiere la música en sus mejores versiones.

La tercera capa es puramente humana, más allá de razas, colores, ideologías y momentos históricos: el valor de la música como la expresión sonora de una experiencia de vida. La música en su valor más alto, absoluto; su valor de sentimiento líquido. De sentimiento fluyente que toma a una guitarra como vehículo o que se apoltrona en la potente voz de una mujer o en el rico sabor festivo de las percusiones o en el llamado místico de la psicodelia o en la súplica de un coro que clama por una lucha humana, por una esperanza sostenida y por una libertad recién adquirida.

De esta manera, con Summer of Soul, Questlove construye un discurso pertinente para la situación específica de los negros en Estados Unidos pero, más valioso aún, reconstruye una evidencia del dolor de una raza esclavizada, de la esperanza de una libertad recién encontrada y de la confusión de una historia traumática.

Filósofos y activistas afroestadounidenses contemporáneos apuntan al conflictivo origen de los afrodescendientes como la causa de una raza desunida por la confusión y distraída por la inmediatez. Apuntan, enfáticamente, a la disruptora experiencia de identidad que provoca la añoranza por una África natal y las atrocidades de verse arrojado en una tierra ajena —Europa o América por igual—, además, en condiciones de esclavos. Deshumanizados por la hegemonía y sólo parcialmente valorados como fuerza de trabajo.

Curiosamente un diagnóstico similar se ha señalado respecto a la identidad del mexicano —y otros pueblos latinoamericanos— por filósofos y literatos como Samuel Ramos y Octavio Paz; con la diferencia notable del mestizaje y, por supuesto, de la colonización dada en el propio territorio. Más en términos del despojo del propio hogar que en términos del ser arrebatado de la propia tierra nativa.

El caso, en conclusión, es que detrás de las notas que disfrutamos hay mucha más Historia de la que somos capaces de ver o, peor aún, de la que nos atrevemos a confrontar. Como en cada expresión artística y humana, en la música —en la pintura, en la gastronomía, etcétera— se recuenta una historia personal, una experiencia de vida, un anhelo humano, un sentimiento colectivo. En la música se expresa una cultura y la cultura se desahoga en la música y en las expresiones estéticas que brotan de ella —en sus bailes, en sus estilos, en sus palabras. Cuál es nuestro juicio sobre una u otra cultura, es tema aparte, no sujeto a respuestas absolutas ni categóricamente correctas o incorrectas.

Lo que sí podemos juzgar, no obstante, es el trabajo que hacemos para comprender estas culturas que nos salen al paso y que dialogan con lo que nosotros vivimos día a día. Lo que sí podemos hacer es atrevernos a ver las cosas como son. Aprender los cursos históricos que traen a mis oídos estas notas, estos ritmos. Los orígenes que traen a mí estas modas, estos bailes.

Lo que sí podemos hacer es atrevernos a ver las cosas como son por medio de la historia que nos cuentan. Rescatarlas no por el modo en que complacen mis deseos inmediatos, sino por la cultura que expresan, las vivencias que representan, la riqueza humana que acarrean.

Porque, al final, el primer paso para convivir mejor entre nosotros es reconocer que vivimos en un entramado compartido. En un tejido humano mutuo en el que los hilos de uno tocan necesariamente los hilos del otro —aunque el trazo nos parezca lejano o imposible. Que todos estamos hechos de la misma carne y los mismos huesos. Que todos vivimos las mismas emociones pero no todos hemos sufrido históricamente las mismas vivencias irreversibles. Que todos bailamos al ritmo de la misma música y lo mínimo que podemos hacer es reconocer y agradecer el dolor humano que hizo posible la alegría que sentimos hoy.

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