Publicado en Diario Imagen el 4 de septiembre de 2019.

El trabajo de Danny Boyle podría caracterizarse como versátil, capaz de llevarnos por la psicodelia, crudeza y potencia de Trainspotting, la sencilla pero contundente tensión de 127 horas o la emotiva, poderosa y controversial Slumdog Millionaire, que le valió el Óscar a Mejor Director en 2008. De ahí que Yesterday pareciera una apuesta segura porque además de tener un gran director contaba con una curiosa y atractiva premisa: ¿qué sería del mundo si los Beatles no hubiesen existido?

La película responde aquella pregunta con mucho humor, explorando cómo sería un mundo en el que John, Paul, George y Ringo no hubieran formado a la banda de pop y rock’n’roll más determinante de los sesentas. La manera de contar la historia es creativa, las juguetonas, aunque sensatas, tomas anguladas de Boyle cuadran perfectamente con el relato que nos hace, la patencia con la que nos demuestra cómo sería un mundo en el que el Cuarteto Liverpool no se hubiese formado es atrevida y adecuada, incluso reconfortante e introspectiva pero, sobre todo, la resolución que decide no ir por el camino fácil, que sería simplemente devolver todo a la normalidad mágicamente, me parece genial. Dejar el reino de la realidad trastocada en el realismo de las consecuencias, en el realismo de que todos los hechos que son el caso implican, necesariamente, otros hechos.

El film sigue a Jack Malik, un aspirante a músico que por un acontecimiento extraordinario se convierte en la única persona en recordar que los Beatles existieron alguna vez. Como por una especie de salto cuántico entre realidades, Malik se convierte en el heredero de una música que no es suya pero que es tan valiosa que no podría quedarse guardada en secreto; oportunidad que el frustrado músico aprovecha para dar su salto a la fama. Pronto se dará cuenta que las cosas no son tan sencillas y que el éxito (cuestión que plantea constantemente la película) no es una meta tan clara como se piensa, ni siquiera teniendo a la mano las canciones de una de las bandas más contagiosas de la historia reciente de la música.

Fue inevitable para mí, a propósito de esta película, recordar a mi madre. Algunos de mis primeros recuerdos junto a ella me remiten inmediatamente a esos largos viajes en carretera con Maricela cantando a todo pulmón, Don’t Let Me Down; o la alegría con la que When I’m Sixty Four la hacía mover sus hombros y bailar aunque ella no entendiera mucho de la letra de aquella canción; o nuestro último Día de las Madres a su lado viendo por streaming la presentación de Paul McCartney en el Zócalo de la Ciudad de México. Como muchos jóvenes latinoamericanos, si soy beatlero es por mis padres, a diferencia de muchos, la música de los ingleses es uno de los últimos eslabones materiales que me quedan con mi madre.

Visto así, si los Beatles no hubieran existido, para mí sería difícil ponerle un soundtrack a mi nostalgia, a mis recuerdos. No sabría cómo transportarme a aquella única ocasión en que logré que mi mamá jugara videojuegos conmigo intentando entender cómo jugar al Rock Band, donde prefería limitarse a ser corista cuando llegaba a media noche, tres veces por semana, cansada y demolida por una deficiencia renal que, no lo veíamos porque eramos demasiado optimistas, nos la iba quitando de a pocos. Aún ahí, después de un día entero de trabajo, tratamiento hospitalario y los estreses habituales de cualquier ser humano, Mary llegaba a casa dispuesta a acompañarme a cantar Do You Want To Know a Secret mientras yo “tocaba la batería” (la insipiente batería de plástico que implicaba aquél simulacro de banda de rock).

Para ser francos creo que por eso en algún momento mi plan de vida pasó por estudiar una maestría en Cambridge. Había algo de glamour en estudiar en el país de los Beatles pero, más que nada, había mucha necesidad de reconectar con mi fallecida madre en la ingenua y escatológica idea de que un territorio me haría llegar a donde ella siempre soñó. Y así visité Abbey Road, y así visité Liverpool, sin darme cuenta que eso sólo me hacía recordarla más, recordar toda la falta que me hacía, recordar que lo único que me faltaba en ese momento era ella. Pero también recordar que ahí estaba yo, este despojo suyo, este vástago de su existencia y este imitador (y por momentos crítico, y por momentos detractor) de sus valores.

A mi mamá le debo cualquier esbozo de disciplina que haya en mí, le debo la frialdad racional, la hostilidad personal, la profunda emotividad (sensible y reactiva) que a ratos parecía imposible de superar. Le debo cierto misticismo a su ausente figura que me acompaña a donde sea que vaya. Le debo ese perfeccionismo que a veces me vuelve tan loco y desordenado. Gracias a ella, la bildung (la autoconstrucción firme y estricta) propalada por los filósofos alemanes decimonónicos me parecía un chiste; qué sabían ellos de exigencias y reglas si no tenían a Maricela como consejera.

Y aun así aquí estoy, en un mundo que juré no podría tener sentido sin ella, con un vacío que nada llena ni llenará y en un proceso de reivindicación personal que trato de construir día a día. Su ausencia me llevó a ser peor persona, por mi culpa, pero también a reencontrarme, gracias a ella. Lo que sé de feminismo en la práctica lo aprendí de su ejemplo de vida, de su rol familiar que nunca fue el de las madres “comunes y corrientes de su tiempo”, de su vehemencia por enseñarnos a respetar y aceptar a todas las personas; nunca alimentando prejuicios, nunca sintiéndose más que nadie. Lo que sé de amor se lo debo en buena medida a su cristiano compromiso (porque ella sí que era una ferviente católica creyente, no como su hijo) con ayudar al prójimo y con ser una buena madre, una buena hija, una buena esposa, una buena hermana y un buen ser humano sin más.

Y todo suena bien, y mis palabras podrían hacerla una santa; pero no era nada del otro mundo, era un ser humano, como todos, con defectos, varios. Con la capacidad de contrariarse en una misma frase, a veces impositiva, a veces francamente necia y autoritaria, capaz de herir susceptibilidades sin siquiera tocar a nadie, con sólo palabras, a veces, con una mirada. De esas personas que les gusta “ver al mundo arder” pero no sin sentido como la gente de hoy: por valores, por principios, por creencias, porque realmente creía en sus convicciones, porque realmente creía que se podía ser mejor y que la vida devuelve lo que quita, como muy poca gente hoy.

¡Qué sorpresa!, hablar de mi madre y decir que es lo mejor que me ha pasado. Y ni siquiera lo sé, ni siquiera estoy seguro de haberla entendido. Sospecho que no fui tan buen hijo, sospecho que me faltó entenderla más, amarla más y escucharla más. Y justo así como Jack Malik se pregunta en algún momento de Yesterday si su talento alcanzará para transmitir, aunque sea pobremente, la grandeza de la música de los Beatles a un mundo que no los conoció, justo así yo me pregunto si mis letras, mis palabras, pero sobre todo mis acciones son digno testimonio de la gran persona que el mundo perdió el 23 de febrero de 2013 y que, todo parece indicar, nadie se enteró.

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