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Hablar sobre feminismo con la adecuada propiedad, profundidad y seriedad en nuestros días resulta una empresa complicada que exige, por un lado, el más genuino e intuitivo sentido común de empatía y, por otro, una dura tarea de autodescubrimiento e introspección en el que no siempre nos toparemos con revelaciones afables.

Como he escrito antes, me parece que el lugar de los hombres en esta histórica lucha debe de alejarse del imprudente impulso del ego que busca protagonizar, categorizar y determinar algo que, en última instancia, somos incapaces de comprender fielmente pues, al final, nos es imposible vivir la hostil experiencia subjetiva del mundo que las mujeres sí viven día a día.

Sin embargo, esto no nos exime ni nos incapacita para ver al reflejo de nuestra realidad que, por feo, escabroso y difícil de asimilar que sea, nos ponen enfrente millones de voces que apuntan a una violencia propagada, sostenida y ejercida de manera sistemática sobre ellas. Una violencia que retrata la cinta británico-estadounidense ganadora a Mejor Guion Original de la pasada entrega de los Premios Oscar: Promising Young Woman o Hermosa Venganza.

La película escrita y dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Carey Mulligan sigue a Cassie Thomas, una mujer en sus 30 años que ha volcado su vida a cobrar una constructiva venganza ante hombres dispuestos a tomar ventaja sobre una mujer ebria en un bar; papel por el que Cassie se hace pasar para después darles a estos individuos una frontal muestra de quiénes son realmente en contraste con quienes pretenden ser.

La ingeniosa y poco común práctica de Thomas nace de un duro e irreversible episodio en su vida: la muerte de Nina, su mejor amiga, derivada de una serie de sucesos consecuencia de su violación en una fiesta universitaria.

Pronto, el modus operandi de Cassie pasará a segundo plano cuando por casualidad vuelva a ponerse en contacto con los excompañeros de Nina (también sus propios excompañeros) y, con ello, con la oportunidad de cobrar una efectiva, aleccionadora e inolvidable venganza.

Al tratarse del debut como directora para Fennell la cinta no carece de aspectos mejorables, en específico, un vaivén entre tonos narrativos de humor negro, drama y thriller que por breves momentos no logra transitar con plena fluidez. Más allá de eso, la película abunda en riquezas discursivas, sutilezas, simbolismos, propuesta, frescura, poder estético pero, de manera más triste, significativa e impactante que todo, abunda en realismo.

En el realismo de una cultura que protege a los agresores, los niega, los oculta. En el realismo de un hecho complejo que se construye en capas y capas de omisiones. En inactividad, en solapar, en callar por querer pertenecer a un grupo social. En el realismo de una cultura que está dispuesta a sacrificar a mujeres brillantes, prometedoras y que tendrían mucho que aportarle a la humanidad en favor de la imagen pública de un hombre y, más detestable aún, en favor de una impulsiva, decadente, momentánea autoafirmación de poder, de dominio, de brutalidad.

Entre las múltiples riquezas simbólicas que ofrece Promising Young Woman, resaltan tres puntos focales: su reinterpretación de los tópicos del cine, la comedia romántica y cierto humor; la subversión de la convención cinematográfica de la venganza y la incómoda verdad que nos deja en las manos, en el corazón y en la mente.

Respecto al primero, la película ataca a la cultura de la “seducción” que ha ironizado conductas de violencia haciéndolas pasar por gestos inocentes o carentes de una gravedad profunda. Apunta a esa artificiosa y delgada línea, que cierto entretenimiento empaña, entre “las nebulosas cosas confusas que pasan” y el franco abuso sobre una persona vulnerable.

Recurre, incluso, a conocidos actores dentro de este tipo de contenidos para dar vida a papeles muy similares que, ahora, son desnudados por la cruda verdad que esconden. Personajes que son confrontados ahora bajo la mirada inquisitiva de las densas preguntas: ¿qué significa ser un buen tipo (i.e., un buen hombre)? y ¿quiénes realmente son buenos tipos?

El segundo aspecto es el más intrigante de todos y el que le da un valor trascendental a este film aún más allá de lo que podría descartarse por algunos bajo la pretensión de ser “pura ideología”: la reformulación de la noción clásica de la venganza en el cine.

Contrario a lo que suele suceder en la copiosa tradición fílmica que explora la empresa de cobrar venganza, aún de aquella que intenta hacerlo en términos femeninos, Hermosa Venganza articula este sentimiento típico del ser humano y sus narrativas desde la sorprendente, inquietante, estimulante y recompensadora vivacidad del ingenio.

Porque, ante todo, Cassie no es un personaje violento, no es un personaje que use armas tanto como estrategia, pensamiento construido, dirigido; ingenio puro, sagacidad. Ingenio trascendente y efectivo que, además, se corona por la mayor de las afrentas posibles ante el modelo de la venganza clásica: el perdón.

Pero no un perdón ingenuamente compasivo sino un perdón enraizado en la memoria. Un perdón construido en paralelo con aquellos que son capaces de recordar a Nina y lo que un grupo de humanos perpetradores y omisores le causaron y que, por el contrario, se le ve negado a aquellos que prefieren seguir como si nada hubiera pasado. Un perdón puesto en sintonía con el recuerdo, que está más cerca del reconocimiento de los propios errores y del arrepentimiento, y que repele el olvido simple y llano, que se acerca más al invisibilizar, al solapar y al permitir.

Y hasta aquí todo queda en la pantalla. En una poderosa película con un poderoso mensaje. Pero Fennell logra ir más allá con su trabajo. Logra sacar la mano de la mera proyección para arrojarnos hacia una debida y necesariamente amarga introspección.

Necesariamente amarga porque no existe hombre ni mujer de nuestros días que pueda escapar a una violencia sistemática ejercida sobre todos y, más cruel aún, ejercida por todos. No en los mismos niveles ni bajo los mismos asegunes en todos los casos, está claro, pero sí una realidad de la que todos formamos parte. Un monstruo que todos hemos alimentado pero un monstruo que es más benevolente con unos que con otros.

Una violencia de género que, como toda violencia, destruye todo a su paso (aún a quienes la ejercen) pero que sólo para las mujeres se traduce en sexualización, en inequidad, en denigración, en desapariciones, en feminicidio.

Una cruda e innegable realidad que nos invita a vernos en un espejo del que, seguramente, saldrá alguna imagen que no nos guste. Una realidad que incomoda porque toca a lo que escuchamos, lo que vemos, lo que leemos, lo que conocemos, a la gente que queremos y, por supuesto, porque también nos compete íntimamente.

“No se le puede mentir al hombre [o la mujer] del espejo”, decía mi abuelo paterno, a quien nunca conocí y sólo figuro a través de relatos. “Se le puede mentir”, objetarían nuestros días. Se le puede mentir en la medida en la que no nos atrevamos a recordar, a aceptar las propias faltas, a asumir las propias responsabilidades. Se le puede mentir en la medida en la que el espejo se nos ponga a modo para evitarnos ver la cruda verdad: los microgestos, las risas ocasionales, los comentarios, las miradas, las ideas, los juicios; las múltiples violencias que ejercemos y en las que ni siquiera reparamos.

Y, como todo lo humano, el descubrirnos plenamente a través de este espejo es un proceso, una tarea diaria que deberíamos ser capaces de cumplir y seguir avanzando con cada oportunidad que se nos presente. Un proceso que requiere mucha sinceridad y valor para cambiar la mente, para ennoblecer el corazón y para convertir a nuestras manos en artífices de más prosperidad femenina. Un proceso mediato que, como tajo, en la inmediatez, nos está costando la vida de millones de prometedoras jóvenes mujeres.

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