Evasión patética

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El arte y la filosofía resultan dos caras de una misma moneda que se adentra, expresa y desenvuelve el fenómeno humano hasta en sus inimaginables dimensiones. Como tales, en la Historia de la Filosofía existe una constante, pertinente y audaz tendencia a moralizar con el discurso, con la reflexión y con la búsqueda de significado; impulso que, tomando al cine como motivo de inspiración, he tenido el gusto de subvertir parcialmente en favor de la experiencia estética, la narrativa (las historias bien contadas), el realismo expresivo y, más rico que todo, en favor de la oportunidad de ver la realidad desde perspectivas constantemente nuevas, retadoras y estimulantes que ofrece el arte. A este tipo de experiencias pertenece Ok, está bien del guionista mexicano Roberto Andrade C. y la directora mexicana Gabriela Ivette Sandoval.

Un trabajo que, como el primero de sus favores, tiene el mérito de ser independiente, prácticamente autogestionado y que, por medio de un largo proceso de apoyos, rechazos y proactividad pura, ha logrado distribuirse de manera efectiva por los propios medios de quienes han dado vida intelectual, material y pragmática al proyecto.

Recogiendo, en el camino, críticas favorables y destacadas de especialistas del cine latinoamericano, su inclusión en las listas de cineastas y expertos sobre los mejores trabajos del cine mexicano del año 2020 y, quizá su punto más controversial, una serie de oposiciones, contenciones y opiniones divididas nacidas de las acciones de su patético protagonista: Mariano.

Perteneciente al género de la comedia, la cinta de Andrade y Sandoval tiene como punto central a un guionista de 29 años que, tras seis años de haber concluido con su preparación universitaria, dedica los días a ver películas echado en un sillón en casa de su madre. Un idealizador del oficio de escritor que le tiene demasiado respeto a su arte (o eso dice); tanto que es incapaz de enfrentarse a la hoja en blanco. A la hoja en blanco, a su propio talento, a su amor por el cine: a la vida misma.

Un hombre empequeñecido y minimizado por su miedo al vulnerable papel de quien pone su obra en manos y ojos de otros. Paralizado por la posibilidad de que la manera tan tajante, ácida y sin escrúpulos en la que él juzga la Historia del Cine y al cine mexicano se torne contra él en las voces de quienes vean su obra. Un típico personaje cómico, mostrado “peor de lo que es”, diría Aristóteles, o en sus condiciones más patéticas, podríamos refrasear.

Y como tal, como hombre patético, Mariano se asemeja a los perfiles de Isaac, Mary y Yale del Manhattan de Woody Allen (película a la que la cinta mexicana homenajea, entre muchas otras referencias al cine nacional e internacional, con cierto tono paródico; desde precisos, bellos y majestuosos encuadres del Tlatelolco de la Ciudad de México al ritmo de Rhapsody in Blue, hasta tomas, conceptos e ideas calcadas del cineasta estadounidense). Se asemeja a su inmadurez emocional disfrazada de compromiso artístico-intelectual. Se asemeja a su ridículo ímpetu de autojustificación evasora. A ese no enfrentar el mundo, la realidad, el proceso creativo y sus naturales frustraciones. A no arriesgarse para no perder. Se asemeja a la evasión patética del personaje clásico de las cintas de Allen, pero da un paso más hacia la crudeza de la realidad cambiando la neurosis de los personajes del estadounidense por la decadencia del ficticio habitante del Distrito Federal.

Porque, a diferencia de los personajes de Allen, Mariano abraza su patetismo a los niveles de su propia autoestima. Abraza su empequeñecimiento a niveles que retan a la moralidad y alcanzan el mórbido placer de hacerse presente a través de lo que los mexicanos llamaríamos poéticamente “el chingar”. El manipular, el anteponer el propio ego y el “imponerse” movido por una nada elegante cobardía.

Porque a Mariano, le basta la llegada de un primo lejano de 15 años de edad para sentir su ego vulnerado, su hombría amenazada y su importancia disminuida. Le basta un adolescente bien parecido para sentir la necesidad de ponerse en franca competencia con él. Le basta la presencia de otro personaje masculino para buscar contextos en los cuales sentirse superior a él: quién sabe más de cine, quién sabe más de sexo, quién prefiere el mejor deporte y, el punto polémico, quién puede acostarse primero con Mariali, la novia coetánea del menor de edad.

Y es que el propio Mariano se lo preguntará: ¿quién más puede presumir eso que él hace?¿quién más abrazaría su decadencia a un nivel tan inconsciente?¿quién sería capaz de, a sus 29 años, competir por el amor de una niña? Sólo él, sólo Mariano. Sólo alguien tan patético y desesperado por evadirse de su pusilanimidad.

Ok, está bien ha sido ampliamente reconocida como una lúcida y refrescante demostración de que el cine no se agota en sus formas técnicas (que, dicho sea de paso, la película emplea al más alto nivel). Ha sido reconocida, pues, como una de las pocas obras del cine mexicano reciente en poner en su centro, como su palpitante corazón, a un sólido guion claro en las estructuras del género cómico narrativo y fluido en el retrato del lenguaje, intereses, tópicos y texturas de sus personajes.

Una puesta en escena orgánica que le da un lugar preeminente al patetismo evasor de su protagonista. Una cinta que más que ensalzar, enaltecer o hacer una apología de las acciones de Mariano, las muestra en su profunda decadencia: sin condescendencias; sin juicios morales. Sin respuestas finales ni moralejas.

Para que, al final, la pregunta persista: ¿quién más abrazaría su decadencia a un nivel tan inconsciente como para presumir lo que Mariano se presume a sí mismo? Sólo alguien patético y desesperado por evadirse de su pusilanimidad. Sólo el sujeto de un patetismo cómico tan decadente que revele su trasfondo trágico en la materialización de una (auto)evasión consagrada a chingar a los demás.

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