Acompañado por la Navidad de 2019, traje a cuento en este espacio lo que algunos creadores de contenido reconocen como la filosofía de Rick and Morty para acentuar una perspectiva satírica, crítica y conflictuada que, aunque no encontraba respuestas al sinsentido de la existencia en el siglo XXI, contraproponía la mágica pausa al dolor y la incertidumbre que significan nuestras relaciones interpersonales, nuestras familias −comoquiera que queramos reconocer su composición y dinámica general− en nuestro hecho de ser-en-el-mundo.

Ahora, a unos quince capítulos de la serie animada de distancia, vuelvo a este exitoso show de TV –como prometí entonces que lo haría− con los ojos renovados que su más reciente final de temporada exige. En específico, para re-entender la estructura decadente y viciosa que subyace a la dinámica de sus personajes principales y, por supuesto, para tratar de entender lo que este último episodio representa para el futuro de la serie y como una nueva precisión dentro de su esquema conceptual.

La nueva aportación, en resumen, lidia con un arco narrativo abierto en el décimo episodio de la primera temporada del show de ciencia ficción y comedia –y continuado de manera intermitente en un par de episodios más− que, por entonces, nos presentaba a la Ciudadela (o Citadel), una enorme ciudad compuesta por millones de Ricks y Mortys que, en conjunto, habían construido una especie de país propio con su consejo de sabios, su gobierno, su presidente, sus medios de comunicación, sus centros comerciales y sus usos y costumbres internos.

En ella –de manera simétrica a como se desenvuelven las interacciones episodio a episodio entre el abuelo científico y el temeroso adolescente−, los Ricks parecen ser ciudadanos de una mejor clase, considerados siempre más listos, con acceso a oportunidades distintas, con condiciones mucho más prósperas y, simplemente, mucho mejor sostenidos, tratados y recompensados por su sistema de organización social y política.

Los Mortys, por su parte, son objeto de condiciones adversas, de experimentos carentes de cualquier empatía, sustituibles, intercambiables, habitantes de barrios bajos y, en una expresión, ciudadanos de segunda.

De ahí, resultará simbólica, incisiva y sugerente la campaña presidencial de un “candidato del pueblo”: un Morty. Un Morty que promete una justicia palpable, un Morty que representa el cambio, un Morty que “hará las cosas distinto”. Un Morty bien conocido para los seguidores de la serie: el apodado Evil Morty o Morty Malvado.

Por supuesto, esto puede leerse como una analogía de la situación social, cultural y política de los Estados Unidos y básicamente de cualquier país del mundo en el que existan claras, impositivas e injustificadas distancias entre ciertos sectores de la población −y/o estratos económicos− y ciertos otros. “Una metáfora sobre el capitalismo”, sugerirá el propio Rick.

Pero dentro del gran esquema de la filosofía de Rick and Morty el asunto se revela, más bien, como un acercamiento detallado a lo que hasta hace algunos meses se entendía como el corazón de la serie. Como ese resquicio de luz que se colaba entre su nihilismo, su sátira y su frío y realista existencialismo: el genuino amor abuelo-nieto, científico-asistente, amigo-amigo, entre (nuestro) Rick y (nuestro) Morty.

Porque al final del sinuoso, cínico y pesado camino de vivir en un mínimo rincón de un vasto multiverso, cabía la diferenciadora y trascendental singularidad de un Rick que sí se preocupa por su Morty –contrario a millones de Ricks en millones de universos que conciben a sus Mortys como herramientas; intercambiables, prescindibles, irrelevantes.

La precisión detallada se introducirá, entonces, cosechando −¡al fin!− la semilla plantada con la revelación de la existencia de un Morty interesado en cambiar las reglas del juego, interesado, en otras palabras, en reinventar la dinámica entre los explotadores Ricks y los siempre dispuestos a perdonar Mortys.

En términos de la genial trama escrita por Dan Harmon y Justin Roiland, esto implicará un ambicioso viaje no sólo interdimensional sino un viaje más allá del conjunto de las infinitas dimensiones en las que una versión de Rick existe como el hombre más inteligente del universo. Implicará, dicho de manera más sencilla, un viaje más allá de los confines de lo que identifica a Rick y a Morty como los hemos conocido hasta ahora. Implicará romper con el Universo conocido para viajar, quizá, a una realidad totalmente otra. ¿Veremos universos sin Ricks en el futuro? ¿Universos con Mortys genios? No lo sabemos aún pero la promesa está hecha: hay algo más allá de lo que hemos visto de Rick and Morty hasta ahora.

En términos del concepto filosófico que van construyendo episodio a episodio Harmon y Roiland, por su parte, este nuevo viraje de sus personajes centrales implica más que una negación, la introducción de una nueva precisión. Dicho de otro modo y como lo sugiere el propio episodio final de la quinta temporada de la afamada serie, este nuevo paradigma no implica que nuestro Rick y nuestro Morty dejen de guardar una relación especialmente valiosa en comparación con otros Ricks y Mortys del multiverso pero sí reconoce que su relación no carece de problemas, abusos, excesos, vicios y malsana codependencia.

Aspectos que han sido especialmente enfatizados en las recientes entregas del show en las que recurrentemente vemos a un Morty exigido por Rick, minimizado, subestimado, provocado, irritado. Pero, al mismo tiempo, vemos a un Rick validado, permitido y alimentado por un ingenuo Morty que siempre espera lo mejor de su abuelo. Por un adolescente que espera que, un día, el genio con el que convive sea algo más que un amargado y cínico cuasi dios de la tecnología.

Claro, la defectuosa naturaleza de ambos personajes es lo que los hace tan entrañables y divertidos, es la tragedia de la que se alimenta el patetismo que da origen a su poderosa comicidad. Pero, en el esquema conceptual que la sostiene, esta viciosa dinámica es sólo el zoom a la magia que hace posible el amor entre dos seres humanos.

Porque sí, en el papel resulta hermoso hablar de la intersubjetividad como el fin último de una existencia aparentemente carente de sentido. Pero el papel no es todo lo que existe. Por el contrario, es sólo el primer paso para la obra completa, para la realidad en su brutal complejidad.

En otras palabras, sí, la intención y la intencionalidad son el principio sobre el que se puede erigir una manera de existir que sea algo más que sólo incertidumbre pero no basta con querer las cosas, hay que hacerlas, hay que serlas.

No existen relaciones interpersonales perfectas, aun cuando el amor sea real y palpable. No existen interacciones carentes de vicios, suposiciones, excesos, defectos y constantes negociaciones o choques entre un yo y un tú.

Y, el problema, el gran problema, nos revelará la terapeuta de Rick y su familia, es que esas relaciones interpersonales se ven afectadas por nuestros procesos individuales. Por los modos en los que enfrentamos (o no) lo que sentimos, lo que somos y las experiencias dolorosas y retadoras que nos han convertido en quienes terminamos siendo.

Y, el problema, el gran problema es que ese enfrentarnos a nosotros mismos es un proceso arduo, tedioso y que no ofrece gratificaciones inmediatas. Mejorar como individuos y en nuestras relaciones no es algo de lo que un día podremos “graduarnos” o algo que un día podremos “cumplir”. Es algo que tenemos que hacer día con día, es algo que se puede desmoronar en un solo instante pero que debe sostenerse con constancia, sin fallar un solo día. “No es una aventura…es sólo trabajo”, sentenciará la serie animada.

De tal modo que la relación de Rick y Morty, la misma que los ayuda a ponerle una pausa momentánea al confuso sinsentido de la vida en un vasto multiverso, la misma que replicarán millones de Ricks y Mortys en millones de dimensiones paralelas, la misma que vemos semana a semana con una nueva aventura y un nuevo episodio, no mejorará mientras Rick sea Rick y Morty sea Morty. Mientras existe una mínima duda y un hartazgo posible.

Como le revelará Evil Morty a nuestro Morty “si alguna vez te has sentido harto de él, tú también has sido un Evil Morty”, es decir, un Morty capaz de querer algo distinto al vicioso ciclo común entre el ególatra genio y el pusilánime adolescente.

Del mismo modo, todos nosotros hemos sido capaces de contravenir los defectos de nuestras relaciones interhumanas pero hemos optado por alimentar sus vicios cuando no hemos hecho el trabajo al respecto. Todos hemos sido en algún momento de nuestras vidas, en alguna de las relaciones interpersonales que hemos sostenido, un Evil Morty.

Pero siempre que volvemos a los mismos pasos, a los mismos problemas, a los mismos conflictos, estamos eligiendo el camino de los patéticos Rick y Morty que, para ellos, caricaturas de comedia y ciencia ficción, no está mal pero que, para nosotros, debe ser un llamado a algo más, a algo mejor, a optimizar nuestra experiencia humana sabiendo siempre que no hay relaciones perfectas pero que mientras tengamos amor genuino y ganas de trabajar en ellas (aún sin gratificaciones inmediatas ni palpables) hay esperanzas de llegar, como el Evil Morty, a un mundo donde las reglas sean otras. A un mundo mejor. A un respiro del sinsentido mucho más aliviador.

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