Fama-delirio

Durante siglos de Filosofía los fines deseables rectores del actuar humano solieron resumirse en tres ejes: honor, riqueza y Bien —ético, moral-trascendental, metafísico. El concepto se mantuvo más o menos intacto por miles de años hasta que con fenómenos como la radio, la televisión y el cine apareció el concepto moderno de la fama. Una especie de híbrido que une al honor —reducido a celebridad— y a la riqueza —que basta con que sea aparente— bajo el atributo de una reputación que amerita la atención de los medios masivos de comunicación y, con ello, del gran público, del público en general, de la opinión pública.

Esta trasformación conceptual se alinea con una crisis de valores vinculantes trascendentes legada por las bases crítico-reflexivas del siglo XIX y por los grandes traumas sociales, bélicos y culturales acaecidos en el siglo XX. Mismos que encontrarían en la luz de los grandes reflectores y de las luminarias el espectacular, cegador y absorbente fulgor del sueño de la fama. El paliativo adecuado para una era anestesiada y escéptica de los grandes relatos vinculantes sobre el sentido de la existencia.

La gestación de esa pulsión irreflexiva que lleva, diariamente, a millones de personas a exponer sus talentos a través de diferentes canales de difusión con la esperanza de ser famosos. Con el ensueño de hacerse de seguidores, fans, adeptos. Asumiendo a estos no sólo como una fuente de sustento si no, incluso, como una fuente de inagotable aprobación.

La gestación de una cultura contemporánea que parece asumir que un número ingente de seguidores en redes sociales equivale a algún tipo de superioridad moral o de autoridad ética. Que los números en la realidad virtual equivalen a inteligencia, conocimiento de causa, relevancia, importancia o hasta algún tipo de dignidad especial.

El punto exacto en el que el concepto de la fama viró de ser una noción cotidiana para convertirse en una especie de sinónimo moderno que subsume al honor y a la riqueza —y, falazmente, al Bien— es, quizá, incierto. Lo que sí resalta con claridad, empero, son esas primeras figuras que construyeron su mitología, su narrativa y su esencia; esas figuras que, con su aparición, cambiaron el juego de la celebridad, el talento y la popularidad. Figuras como Elvis Presley.

Sumándose a la tendencia reciente y creciente por refigurar la historia de la cultura popular bajo el concepto de la serialización o de la cinematografización, una rendición de la vida y carrera del Rey del Rock and Roll llega a las salas de cine de la mano de Baz Luhrmann (Romeo + Julieta, Moulin Rouge!, El Gran Gatsby): Elvis.

Protagonizada por una comprometidísima y destacada actuación de Austin Butler y por un cumplidor acompañamiento de Tom Hanks, la película de Luhrmann narra la vida y carrera de la emblemática figura cultural que fue el músico y actor de Memphis. Sin embargo, decide hacerlo desde el punto de vista no de Presley sino de su representante, Coronel Tom Parker.

Esta decisión es uno de los puntos más débiles del film que, por un lado, impide a la narración ir más allá del mito de Elvis y que, por otro, deja el fondo más sólido de su mensaje en manos del subtexto. En otras palabras, ésta película no ofrece una perspectiva mucho más realista ni cruda de Presley que la que ha construido su legado mediático y tampoco expone con franqueza su discurso, se conforma con sugerirlo.

Uno de los primeros problemas a los que se enfrenta esta cinta es sintetizar el contexto que rodea al artista y, al tiempo, recorrer más de 20 años de una carrera intensa y mediáticamente apabullante. La decisión que toma Luhrmann se inclina en favor del contexto y, con ello, en favor de un retrato de la relación positiva entre Presley y la cultura afroestadounidense que nutrió su música, su imagen y su baile; un retrato sobre el niño amante de los cómics —Shazam! o Mr. Marvel, para ser precisos— que soñaría eternamente con solucionar sus problemas sobrevolándolos; un retrato de las críticas y problemas sociales que se entrecruzaron en su figura —asuntos como la segregación racial o los discursos nacionalistas-militaristas—; un retrato sobre la continua pugna entre juventud —rebeldía, novedad— y adultez —rectitud, conservadurismo— que, astutamente, busca parearse tangencialmente con su versión contemporánea —i.e., las discusiones en contra de ritmos urbanos (hip hop, trap, reggaetón) y su adopción franca por las nuevas juventudes.

A este respecto, el ritmo ágil y rápido que ha caracterizado al cine de Luhrmann resulta una herramienta positiva para recorrer la extensa carrera de Elvis. Si bien no se tocan cada uno de los puntos de ésta —se deja muy de lado su faceta como actor— se recorren con hondura suficiente los momentos más significativos de su impacto musical y mediático.

Pero, más que todo, el estilo singular del director se convierte en una fértil vía para reproducir con detalle, precisión y minuciosidad los momentos más icónicos de Presley. Esos con los que nos hemos cruzado en fotos o breves videos pero que, aquí, en el Elvis de Luhrmann cobran vida a través de la puesta en escena, de la magnética actuación de Butler y del ojo puntual y certero del cineasta.

Aunque no resulta claro cuál era el objetivo de narrar la historia de Elvis desde los ojos del manager que se encargó de estafarlo y explotarlo, lo que indudablemente logra la película de Luhrmann es invocar las bases del estrellato pop, las bases de la fama contemporánea, a través de una de sus figuras fundacionales. Logra visitar con respeto, estética y animosidad el mito de Elvis y, quizá lo más importante, dejar al espectador con ganas de conocer más de la vida y obra del icónico representante del rock’n’roll.

Lo que sí logra este film, con frontalidad y arrojo, es retratar a un talentoso e ilusionado joven de Memphis envuelto en el vórtice de una adicción delirante. Un hombre envuelto en la sinrazón y la falsa fastuosidad de una jaula de oro. Uno de los hombres más conocidos en la faz de la Tierra y, también, probablemente uno de los más solos. Retratar las bajas y altas que ofrece una adicción de reciente creación, una adicción que sobrepasa las capacidades de la psique, del alma, de la mente, una adicción absolutamente dependiente de otras personas, una adicción que desdibuja, despersonaliza, desensibiliza: la adicción a la fama.

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