Filosofía Forky.

Publicado en Diario Imagen el 26 de junio de 2019.

Debo haber tenido cuatro años cuando se estrenó la primer película de Toy Story en 1995, realmente no recuerdo haberla ido a ver al cine pero, por alguna razón (la bestial máquina mercadológica quizá), recuerdo muy bien el comercial de televisión de la película que anunciaba con bombo y platillo “la primer película hecha por computadora”. Tiempo después, con la película en versión VHS ya en mis manos, recuerdo haber pasado un verano entero viendo la cinta diario más de una vez por día, a tal grado que memoricé los diálogos, los efectos especiales y algunas imágenes en específico.

Toy Story es una película que marcó mi infancia y una saga con la que crecí. Creo que la fantasía de los juguetes vivos estimulaba mi imaginación y sé que, como buen niño, los avances tecnológicos que implicaba el film me parecían impresionantes. Me conmovía la historia de estos personajes, su complejidad y riqueza que, si bien pude comprender hasta muchos años después, no dejaban de parecerme más reales que los personajes de algunos programas de televisión o películas live-action.

Crecí con los dilemas de estos personajes de animación, con su estrés post abandono al perder un amigo, con el duro golpe entre la fantasía (el comercial de TV de Buzz Lightyear, por ejemplo) y la realidad, con su noción de unidad y con la familia que formaron con los años. Quizá es por eso que me parece tan profunda y personal la referencia a las generaciones millennial y centennial que hace su nueva entrega, Toy Story 4, a través de Forky.

Esta última película de la franquicia me parece el paradigma de epílogo pues, si bien nos comparte una historia que podría considerarse innecesaria para el arco narrativo original, ata un cabo suelto que no sabíamos que necesitábamos cerrar: la relación entre Woody y Betty, o Bo Beep. Creo que desde ese punto de vista la película hace un trabajo excelente preguntándose por la existencia de un objeto que se reconoce imperecedero o, al menos, con capacidad de ser más longevo que la infancia de sus niños y que, ante ello, entra en una crisis y reflexión personal.

Lo curioso aquí es que el detonador para este curso de acción es Forky, un tenedor/cuchara convertido en juguete por Bonnie que vive conflictuado por el propósito mismo de su existencia pues se considera a sí mismo basura. Esa es, sin duda, la mejor metáfora del millennial y el centennial: dos generaciones que, desde los ojos de los demás, parecen tenerlo todo y que, no obstante, no encuentran un propósito genuino para su existencia. Porque son generaciones de transición, entre las buenas épocas del pasado y las inciertas esperanzas del futuro, y porque a pesar de ser las generaciones con mayor acceso a la educación y la información resultan ser las que menos oportunidades para desarrollarse plenamente tienen (con un sistema económico cada vez más decadente, un medio ambiente convulsionado y una carencia de valores vinculantes, más allá de la propia autenticidad, que den sentido a las búsquedas personales).

De esta analogía, en especial destaca para mí la canción que la película dedica a este particular personaje: I Can’t Let You Throw Youlsef Away (traducido como No puedo dejarte que te eches a la basura) o, como se tituló en la versión en español latino, No Acepto. El tema hace una clara referencia a una generación que parece casada con la idea de que, si su vida no tiene sentido, todo debe agotarse en el placer por el placer y en una vida rápida pero divertida. Una generación que, en consecuencia, es cada día más presa de las enfermedades mentales y que lidia con ellas de un modo que no había tenido precedentes hasta nuestros días. La generación que se ha convertido en la más suicida de la historia en el demográfico entre los 20 y 29 años de edad.

Desde ahí me identifico con Forky, yo también fui él. Me consideré basura, me consideré algo desechable y sin mayor valor, creía, como lo insinúa en algún momento el personaje, que en el consuelo de la no existencia se encontraba la felicidad, pues con la muerte se acaban todas las penas y malestares. Por mi mente pasaron innumerables métodos, ocasiones y oportunidades para cometer suicidio. Hoy soy distinto, me he atrevido a compartir a otros seres humanos el proceso de vida que soy y las lecciones que voy aprendiendo, hoy me he atrevido a comprometerme conmigo mismo y con mi salud, he entendido que el sentido de mi vida no está en grandes obras o fama, ni siquiera dinero. El valor de mi existencia, creo, será proporcional a las maneras en que yo sea la ocasión de que las vidas de otros seres humanos sean mejores. Con el tiempo, por medio de un arduo y cansado proceso, entendí que mi ensimismamiento era el resultado de un egoísmo craso que me había forjado bajo la falsa premisa de que me encontraba solo en este mundo. Quería encontrar un rostro en el cual reconocerme pero no me atrevía a levantar la mirada.

Son esos momentos en los que uno debe salir más de sí mismo pero en los que menos se siente capaz de hacerlo. El problema con la depresión y las enfermedades mentales de las que se derivan los deseos e impulsos suicidas es que responden a una subjetivación extrema de la realidad, es decir, nuestra perspectiva de nuestra vida se vuelve tan parcial que se envuelve en sí misma y parece hacer a todo lo que está a nuestro alrededor homogéneo y sin sentido. Pinta toda la realidad de un gris tal que creemos que no existe más luz en el universo.

No quisiera caer en la más irritable de las soluciones que se pretende dar a la depresión o la ansiedad existencial diciendo: “no seas tan negativo”, “échale ganas”, “ya no pienses esas cosas”, porque sé bien lo inútil que parecen esas palabras de aliento cuando uno vive en una penumbra que parece no tener final. Más bien invito a quien se encuentre en esa situación a darse cuenta de que esas personas que tratan de alentarte se interesan por ti, en ellas se encuentra el rostro que buscas, en ellas está la luz que crees que no existe. Siempre que exista alguien que encuentre un valor genuino en tu existencia, ésta tiene valor.

Aun cuando esa persona seas únicamente tú, vales. Todos merecemos nuevas oportunidades para ser mejores personas, todos valemos por el simple hecho de existir. Salir de una depresión no es un camino sencillo, requiere de mucho trabajo, de mucho amor, de compañía, de atreverse, de intentar. Sin embargo, cuando salgas nada podrá detenerte; verás que eres otra persona, más fuerte, más segura y capaz de lidiar con esas dudas y ansiedades existenciales que nunca se irán pero que ya sabrás desarticular.

La espiritualidad, el amor, el dejar de desear, el arte, la pasión por una disciplina, pero sobre todo los demás seres humanos (la familia, los amigos) son la clave para salir del abismo. Tal como lo ejemplifica Forky quien se hace consciente de su valor existencial al conocer la importancia que tiene para Bonnie. Seamos, pues, humanos que se preocupan por fomentar la libertad y la felicidad de otros porque no sabemos con qué mínimo gesto podemos estarle salvando la vida a alguien, no sabemos con qué mínimo gesto podemos estarnos salvando la vida a nosotros mismos. Seamos Woody, el ser vivo que le dice con su actuar a otros seres humanos: “no acepto que en basura quieras acabar”.

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