Como parte de los grandes valores que solemos ostentar como latinoamericanos, el folklor, nuestro espíritu y herencias autóctonas, suele ser uno de los más ricos y que mayor orgullo inspiran. No sin razón, ciertamente, pero, en ocasiones, quizá sin un apropiado examen y consciencia de la naturaleza de ese cuerpo de tradiciones, frases, chistes, comportamientos e historias que compartimos y sobre los que erigimos una identidad social y cultural.

En nuestro caso, y en el caso del mundo occidental en general, ninguno de estos valores intangibles se mantiene exento de cierto sincretismo y apercepción influidos por la mirada evangelizadora y arraigada del cristianismo y las múltiples variantes que han echado raíz en nuestras culturas. En consecuencia, pronto, muchas de estas tradiciones pre-cristianas y pre-hispánicas se reformularon desde los ojos de la tradición abrahámica por medio de conciliaciones y superposiciones, o bien, bajo su alineación en la columna de lo no deseable, lo condenable, lo antirreligioso y, en un concepto, lo satánico.

Y así sucedió allá donde la Palabra llegara. Allá donde la tradición, el folklor, se reinterpretara y donde se construyeran conceptos pragmáticos, conciliatorios o contenciosos, que permitieran ponerle un nombre a aquello opuesto a la ley eclesiástica. A lo que la tradición cristiana llamaría la idolatría o los falsos ídolos. A lo que la fracción puritana del protestantismo que migrara desde Inglaterra hasta los Estados Unidos, Nueva Inglaterra, llamaría brujería. A aquella tradición mitológica que evidencia el choque de dos culturas, dos tradiciones y dos folklores. A aquello que retrata la primera película de Robert Eggers: The Witch o La Bruja.

Original de 2015, la cinta protagonizada por Anya Taylor- Joy (quien se daría a conocer por primera vez) mostraba ya los comprometidos y minuciosos ojos fílmicos de Eggers: su laborioso y genuino interés por recrear atmósferas históricas partiendo de la rigurosa y atenta investigación documental y su inquieta avidez por difuminar los límites entre lo real y lo fantasioso, entre el conflicto psicológico y el hecho humano, entre la pura mitología y el individualismo manifiesto.

Situado en 1630, justo en los albores de la fiebre estadounidense por los juicios por brujería, y en el mismo estado en el que surgiría el singular movimiento de cacería de brujas de Salem, Massachusetts; The Witch sigue una serie de eventos supernaturales que acaecen sobre una familia puritana de la época que ha sido exiliada de su comunidad. Su trama pone especial atención en Thomasin, la hija mayor de la familia, y en una rumorada mítica bruja que habita en el bosque en el que se asentarán.

Y, desde ahí, brotan las múltiples riquezas, simbolismos y excelencias que tiene este film; con un inmejorable tono narrativo de horror supernatural de época como la más importante de ellas. Y, desde ahí, se reproduce sin juicios ni parcialidades la textura viva de un folklor del pasado. De un folklor que existió. De un folklor que quizá hoy trivializaríamos pero que en pocas ocasiones conocemos en su plena dimensión tanto como lo hacemos a través de la cinta debut de Eggers.

Porque en La Bruja se recoge la mitología terrorífica de un momento, una región y un choque cultural que antecedió al estallido de cientos de muertes justificadas y legalizadas en virtud de una convicción religiosa y de un concepto idóneo para ejecutarla como justicia: la vinculación acusatoria entre ciertas características femeninas, la brujería y un concepto fundamentalista cristiano del satanismo.

Se recoge el choque de dos formas de vida dispares. De una naturaleza americana, un medio ambiente, que no es la misma en la que se concibieron los principios del judeocristianismo de Medio Oriente. De un creciente espíritu femenino preocupado por crearse capacidades de decisión, libertad y empoderamiento personal frente a un contexto extremista que imposibilita tomar el más mínimo control de su propia vida (viendo a las mujeres de la época dedicadas a lo que los padres querían, casadas con quienes lo padres preferían, enviadas a trabajar y vivir con quien fuera más conveniente y otros ejemplos similares). De una época de crisis, de transformación civil, de desmitologización pero, también, de puritanismo, de aceptación ciega de la doctrina traída desde otro continente, de ignorancia, de analfabetismo.

Una época donde los grandes relatos sobre la realidad van de la mano con el conocimiento certero de la misma. Una época donde lo intangible, lo no comprobable, lo “irreal” forma parte del filtro mismo que compone la percepción de lo concreto, la verdad y lo real. Una época donde el dogma sostiene la esperanza, el sentido, la bondad, el honor, el valor propio; la vida misma. Donde el folklor rellena esos espacios inexplorados, nuevos, desconocidos.

De este modo, a través de una simplicidad de recursos envidiable, de una cinematografía brutalmente específica y precisa y de una titánica atención y fidelidad al detalle, The Witch despliega el folklor terrorífico del Estados Unidos del siglo XVII en su fenomenología pura, en la neutralidad de su hacerse realidad, en la verdad de la ausencia de juicios absolutos de valor.

The Witch hace realidad las pesadillas de la época en la que se sitúa desde un punto de vista neutral; sin juzgarlas. Y como fina y sutil moraleja nos devuelve los cimientos de una cultura permeada no sólo por un folklor ostentable y digno de orgullo, ni por, solamente, un folklor desgastado, retrógrada, condenable y opuesto a una u otra ideología, a uno u otro asentimiento religioso, a una u otra tradición. Nos devuelve la consciencia de un folklor compuesto por conflictos internos.

Conflictos nacidos por choques culturales. Nacidos por la actividad humana, por sus migraciones. Nacidos por el hecho de que, a donde vayamos, cargamos con las historias, tradiciones, ideas y convicciones que nos formaron; aun cuando estas no quepan en nuestros nuevos mundos. Conflictos nacidos de una raíz viva, mutable, adaptable. De una humanidad que se aferra a sus valores humanos; aun si los ha malentendido, aun si precisa exagerarlos, aun si, con los años, se revelan como barbaries.

Porque al final, en el centro del folklor, en el centro de eso que nos enorgullece de la cultura que cargamos y la cultura que somos (la cultura-que-estamos-siendo), no hay nada más radical y nuclear que el conflicto humano. Que el anhelar y el ser. Que lo que aprendimos a desear y lo que somos capaces de conseguir.

Esa me parece la más valiosa lección detrás del folklor puesto-en-vida: que detrás de él hay millones de muertes, siglos de adaptación, siglos de lucha, siglos de comprensión (y mal-comprensión), siglos de negociación (incluidas derrotas, razias y barbaries). Esa me parece la más valiosa lección detrás del folklor que cada quien es (cualquiera que este sea): que cada vez que lo alzo con ensoberbecida identificación estoy invitado a preguntarme por sus principios, por sus problemas y por el modo en que debo innovarlo para convertirlo en un-folklor-en-el-mundo capaz de retroalimentarse con otros, antes que creer ciegamente que el mío es el mejor y único folklor en el mundo.

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