Fuera de sí

El escenario particular en el que nos encontramos a nivel mundial ha tenido claras repercusiones lamentables para el mundo del cine de alto presupuesto, limitando a sus grandes estrenos de manera ineludible y retrasando la fruición de trabajos planeados, producidos y filmados durante procesos de varios años.

Sin embargo, esta misma situación se ha convertido en un espacio favorable para otro tipo de trabajos; también de años de esfuerzo, también de alta calidad, también con destacables exploraciones, pero que suelen ser opacados por los grandes nombres de las marquesinas. Especialmente al verse beneficiados, en el contexto actual, por sus distribuciones a través de los servicios de streaming que los vuelven mucho más accesibles al público.

Tal es el caso de Nadie Sabe Que Estoy Aquí, la primer película chilena en estrenarse como un original de Netflix. La cinta es la ópera prima de Gaspar Antillo y fue la ganadora del Premio a Mejor Director Nuevo de Narrativa en la edición 2020 del Tribeca Film Festival además de ser producida por la galardonada compañía Fábula (ganadora del Óscar a Mejor Película Internacional en 2018 por Una Mujer Fantástica y responsable de series como La Jauría y El Presidente).

El film sigue la historia de Memo Garrido, un tímido, fantasioso, conflictuado y retraído hombre que vive junto a su tío en una apartada isla en Chile. Memo, quien de no ser por su gran tamaño pasaría desapercibido en el mundo del día a día en su pequeña granja, esconde un trágico secreto en su carácter y su inaccesible modo de ser. Secreto originado por un frustrante pasado ligado a un doloroso episodio de su juventud: la venta de su voz como el complemento para un niño de mejor aspecto que él.

Desde que conocemos la enternecedora sensibilidad de Memo en este film se nos revela que la música y, en específico, su talento para cantar son el canal para que su ímpetu y su espíritu se hagan presentes ante los demás. El canto es donde Memo se vuelve presente, libre. Y el canto es el origen de su principal decepción y los posteriores dolores que esta le causará.

Al no ser considerado suficientemente atractivo como para convertirse en un ícono pop de los años 80s (los años de su infancia), al padre de Memo se le ofrece la oportunidad de vender la voz de su hijo para que éste cante mientras un niño “más agraciado” se convierte en el imán de jovencitas y niñas que se traduzca en la copiosa venta de discos.

El episodio será sólo el planteamiento de una historia mucho más larga e intrigante que esta cinta tendrá para revelarnos, pero será el punto de partida del aislamiento autoimpuesto de nuestro personaje principal quien, con el oportuno ritmo de la casualidad, verá retado su estilo de vida para por fin encontrar una redención frente al pasado que lo atormenta.

En lo técnico la película destaca por su magnífico ojo panorámico. Por la excelente fotografía que acentúa una condición de aislamiento condonada por cuerpos naturales inmensos y, al tiempo, la sublime belleza de la paz contextual del medio ambiente. Paz que se convertirá en el mejor énfasis para la introversión y la intranquilidad patente que encarnará Memo a lo largo del film.

Destaca la visión excepcional del casting de Jorge García (actor estadounidense de ascendencia cubano-chilena, mejor conocido por su papel en la serie Lost, donde diera vida a Hugo “Hurley” Reyes) en quien se dan cita una serie de factores que logran darle textura y consistencia a Memo. El físico, el habla. García da vida a una personalidad tierna, sensible y amable que esconde, también, mucho dolor, resentimiento, arrepentimiento y violencia reprimida. Un carácter que se desenvuelve en el límite entre lo fantasioso y lo delirante. Entre el soñar despierto y el perder la cordura.

El camino de esta narrativa pone un misterio en su centro que nos desenvolverá poco a poco hasta aclararnos las razones puntuales que llevaron a Memo a convertirse en quien es. Camino que, como paralelo, verá el paulatino descubrimiento y des-ocultamiento de este personaje en pos de una nueva amistad, de un nuevo contacto humano y de un recuperado sentido de la otredad. De la intimidad compartida.

Desde mi punto de vista, los múltiples elementos de esta cinta parecen confluir en un principio fundamental: la personificación de un Memo que se tiene a sí mismo sólo estando fuera de sí. Fuera de sí en el sueño por el estrellato prometido por los reflectores y su talento. Fuera de sí en la obsesión por el pasado. Fuera de sí en la fantasía y el deliro. Fuera de sí en el encuentro con otro abierto a escucharlo, a acompañar su soledad y ensimismamiento antes que destruirlos o pedirle que renuncie a ellos.

Sí, esta película nos habla sobre la frivolidad del mundo del espectáculo y sobre los criterios primitivos de sus mecanismos mercadológicos. Pero también nos hace un comentario sobre el aislamiento elegido, la privacidad y la introspección. Sobre el ensimismamiento y la subjetivación absoluta como un escape fantástico frente aquello que no se confronta.

La historia de Memo nos habla, sobre todo, de la sublimación del dolor, el arrepentimiento y los sufrimientos pasados. Sobre la inevitable necesidad de la apatía que sigue a las heridas infligidas en nuestra emotividad y en las raíces de nuestra persona, pero, más que eso, sobre la capacidad que nos da la fantasía (ya no como delirio) y la conexión humana para enfrentar un pasado doloroso e incorregible.

Sí, los fracasos del pasado no dejarán de ser fracasos. Los errores y los horrores no son una mancha que se quita tallando toda raíz de realidad y dejándonos llevar por una irrealidad delirante. Los errores y los horrores se enfrentan sólo desde la fantasía y la apertura a la otredad que nos ofrecen la amistad y el amor.

La capacidad que tenemos de refigurar nuestro pasado actuando de manera distinta con nuestro futuro. La capacidad que tenemos de sublimar y redimir nuestras culpas en el seno de nuestra creatividad fantástica siempre y cuando sepamos que ello es sólo un consuelo autoconsturído, privado y paliativo. Un consuelo que cae en saco roto si no hay en nosotros la mínima capacidad de crear nuevos lazos humanos. Mejores lazos humanos. Abrirnos a nuevas voces, compartirnos a nuevos oídos y comprometernos con nuevos modos de ser quienes hemos sido en el pasado.

Ser capaces de perdonar, de perdonarnos. Ser capaces de estar en el aquí y en el ahora aún con un carácter inventivo. Dejando el “fuera de sí” para la fantasía que resignifica como un suspiro contenido y temporal. Convirtiendo al “fuera de sí” en un modo de ser distintos a aquello que fuimos y ya no queremos ser. Pero, más que ninguna cosa, convirtiendo al “fuera de sí” en la promesa de un nuevo abrazo de ímpetu a ímpetu. De carácter a carácter. De persona a persona. Un “fuera de sí” que nos permita ser otros. Abriéndonos a la otredad. Rompiendo el solipsismo y el diálogo anómalo del ensimismamiento. Abrazándonos de otros que nos quieran como somos. Dejándonos acoger por quienes nos ven como realmente somos. Por quienes encuentran en nuestra imperfección el motor de un apoyo perdurable. De un abrazo más real que cualquier fantasía. De una otredad más real que cualquier aislamiento delirante.

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