A lo largo de la Historia de las Civilizaciones Humanas, la fiabilidad, el valor y la estima del que un individuo es digno −o no− dentro de un contexto gregario ha sido motivo de observación y examen constante. Quizá como el correlato cultural de una estructura biológica elemental que nos exige distinguir, para nuestra propia supervivencia, entre los miembros confiables de un grupo y los miembros potencialmente peligrosos –e indeseables− de determinada colectividad.

De este modo, nociones como la dignidad, el reconocimiento y la reputación entran en juego dentro de las herramientas conceptuales y vivenciales con las que las primeras Grandes Civilizaciones pretendieron destacar o denostar a quienes considerasen inferiores, iguales o superiores a ellos.

Por supuesto, estas conceptuaciones de “niveles” de dignidad y reconocimiento no surgieron sin legarnos errores, malcomprensiones y un sinnúmero de prejuicios de índoles racistas, sexistas y clasistas que, lamentablemente, algunos siguen ostentando como verdades fundamentadas o hechos innegables.

Sin embargo, junto con la herencia de los problemas conceptuales también vino la herencia del concepto rector de estas dimensiones sociales del individuo: el honor. El honor entendido en tres acepciones fundamentales: como dignidad humana universal, como reputación buena, neutra o mala y como una especial estima derivada de proezas, obras y acciones destacadas, memorables y/o benéficas para la comunidad.

Las primeras dos nociones −el honor como dignidad y el honor como una reputación −son casi una consecuencia inmediata del surgimiento de las civilizaciones humanas, sus sociedades y sus dinámicas cotidianas. Son una carta de presentación ante los demás. Una referencia exterior de la propia imagen y, en algunos casos, la llave de entrada –o salida, rechazo y expulsión−, para ciertos individuos, a círculos de poder político, comunal o, simplemente, a contextos gregarios favorables y beneficiosos.

Son una condición básica dada, a través de contextos sociales, familiares e interpersonales, a prácticamente cualquier ser humano al que no le sobrevengan prejuicios –generalmente aceptados o instigados por un determinado grupo social− que a los ojos de unos acreditan a “los otros” como seres indeseables, peligrosos o de mala estirpe.

La excepcional es la tercera. Excepcional, primero, por ser la única noción de honor presente desde la Época Antigua, cuando se ligaba a éste como reconocimiento de las proezas de simples mortales que, con sus obras, actos y labores, lograban acercarse a la gracia de las divinidades; haciéndose merecedores de la memoria de sus comunidades y de una estima especial que, para algunos, se convirtieron incluso en el inicio de carreras políticas, gubernaturas o principados.

Excepcional, segundo, porque, a diferencia de las otras dos formas del honor, ésta no es una condición dada por sí sola sino ganada a través del propio esfuerzo. No es una condición tanto como una recompensa a actos heroicos, a esfuerzos que reinventan y redefinen los límites de la actividad humana y, sobre todo, a obras que determinan para bien, nutren y construyen favorablemente a una comunidad. Excepcional porque requiere acciones excepcionales que justifiquen un reconocimiento excepcional.

Excepcional, tercero, porque es la noción de honor que suscitó las primeras revisiones reflexivas sobre este concepto y sus implicaciones; tanto en la Filosofía Antigua como en las posteriores Filosofía, Teología y Literatura Medievales. Excepcional porque cruza la historia de las novelas caballerescas, los códigos de la virtud de la Edad Media y porque se convierte en un eje temático que sincretiza diferentes folklores alrededor del Mundo Occidental.

Ejemplo de ello es el romance caballeresco del siglo XIV, Sir Gawain y el Caballero Verde, recientemente readaptado al cine a través de la “universalmente aclamada” The Green Knight o La leyenda del Caballero Verde del director David Lowery; una de las películas más reconocidas del 2021.

Una aventura épica y fantástica en toda regla que abreva de los elementos históricos, folklóricos y alegóricos de su fuente original para reinventarlos, elevarlos y explicitar sus preguntas fundamentales por la virtud, el honor y la diferencia entre un caballero medieval genuino y un caballero medieval aparente.

La cinta, en consonancia con el texto en que se inspira, cuenta la historia de Gawain, primo del mítico Rey Arturo, quien se embarca en una espontánea pero reveladora prueba para su valor caballeresco.

Todo iniciará cuando El Caballero Verde, mítica figura antropomórfica, irrumpa en una reunión de Los Caballeros de la Mesa Redonda para proponer un juego de victorias: él permitirá que el más valiente guerrero de Arturo le aseste un golpe, de la fuerza que quiera, con la única condición de que él devuelva el mismo golpe a su atacante un año más tarde.

Gawain dará un paso adelante y, sin piedad, decapitará al enigmático ente. A partir de entonces iniciará su aventura para que, un año después, El Caballero Verde haga lo propio. A partir de entonces, el joven, emprenderá una travesía que probará qué tan preparado –o no− está para ser un caballero y que tan merecido –o no− es el honor que podría convertirlo en el siguiente heredero de la corona.

El texto original dialoga con una realidad social y teológica que su autor, anónimo, deja en claro a través de sus letras –refiriendo a herencias cristianas, a la Peste Negra y al código de los caballeros en su época−, de ahí que haya sido fuente de inspiración para autores clave de la fantasía épica-caballereseca como J.R.R. Tolkien (El Señor de los Anillos) o el poeta Simon Armitage.

Por su parte, la adaptación cinematográfica de Lowery recoge el espíritu reflexivo de la historia de Gawain para poner como eje de su relato a las cinco virtudes medievales del caballero: amistad, generosidad, castidad, cortesía y piedad. Haciendo, con ello, una aguda observación sobre la virtud y el honor.

Así, con una alucinante, cautivadora y emocionante rendición de la historia de Gawain, Lowery creará composiciones cinematográficas impresionantes, potentes y poéticas que atraparán y acentuarán el drama de una aventura por probar los cimientos de la propia valía.

Una historia de autodescubrimiento, de folklor medieval, de la más colorida, vívida y genuina narrativa fantástica-caballeresca. Una alegoría de la perpetua lucha entre el hombre y la naturaleza. De la perpetua lucha entre las aspiraciones inmateriales de los ideales humanos de virtud y la presente decadencia de la materialidad y su propensión a los vicios. Un constante, punzante y entretenido cuestionamiento por los verdaderos asideros del honor, de la memoria histórica y del heroísmo en su totalidad.

De las tres nociones de honor, todos gozamos incuestionablemente de la primera: la dignidad humana universal. Lidiamos, cada quien según nuestras capacidades, con la segunda: la reputación buena, mala o neutral que nos atribuyan y/o nos procuremos. Y somos testigos, partidarios, críticos y, si se da el caso, excepcionales receptores de la tercera: el reconocimiento transversal en el seno de nuestros contextos sociales, familiares e interpersonales.

¿Pero qué pasa cuando el reconocimiento ha sido desplazado de las virtudes? ¿Qué pasa cuando ser reconocido ya no es un asunto de calidad humana o de esfuerzo sino de mera inercia, de simple y llano barullo, rumor y vox populi? ¿Qué pasa cuando el honor se sostiene de apariencias y no de verdades? ¿Qué pasa cuando el honor es inmerecido? ¿Existe tal cosa como un honor realmente merecido?

En la Época Medieval de Gawain, estas preguntas ensombrecen el alma del noble guerrero que no sólo tiene que salir a procurarse las verdades que sostengan un honor auténtico sino que, además, tiene que enfrentarse con sinceridad y franqueza a la intriga de si esos honores son genuinamente merecidos o no. Dejándole, como último recurso, una esperanzadora pero patética elección por tomar: vivir ensalzado en respetos, distinciones, famas y glorias caídas del cielo o morir con un honor mínimo. Mínimo pero suyo.

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