Gotta believe in the poetry

El género de las series juveniles cada vez afianza más sus estructuras y cada vez encuentra modos más diversos para expresarse; en última instancia, su evolución depende de la generación a la que se dirige e, incluso, depende de un novedoso reconocimiento de que los dramas vividos en la adolescencia quizá no distan tanto de aquello que inquieta a quienes hoy son jóvenes adultos o adultos en plenitud.

Sin lugar a dudas, uno de los shows mejor logrados a este respecto en la actualidad es Euphoria de Sam Levinson para HBO que lidia con una singular crudeza y un oscuro realismo con las experiencias que hoy vive la generación centennial (definida, a grandes rasgos, como aquella que se compone por quienes nacieron entre los últimos años de la década de los 90s y el primer lustro de los años 2000s; sucesores de la generación millennial).

Con alguna razón, la serie se ha ganado críticas moralinas que señalan con preocupación el tono explícito de su narrativa visual, el franco impacto de algunas de sus escenas sexuales y lo que algunos han llamado una “promoción engañosa” que dirige contenido con clasificación para adultos a televidentes adolescentes.

La realidad es que, más allá de sus polémicas, la serie, por un lado, es consecuente con el sello distintivo de los productos originales de HBO (siempre dispuestos a sondear límites y clasificaciones en favor de historias que justifiquen su existencia con narrativas sólidas, propositivas y bien contadas) y, por el otro, es una frontal actualización de los temas recurrentes de su género: sexo, drogas, amistad, amor, trauma e identidad.

Tanto así que su calidad trasciende el discurso directo para los adolescentes centennials y sus preocupaciones; rozando la exploración universal (i.e., aplicable a seres humanos en cualquier etapa de su vida) de un trasfondo desbordante, punzante, inconmensurable, patente, inquietante y pasmoso: el irresoluble misterio de la aparente falta de propósito de la vida humana y, en consecuencia, el irresoluble misterio de la aparente falta de sentido detrás de la tragedia personal.

Pero mucho antes de llegar a esa intrigante discusión (principalmente atendida en el episodio especial Trouble Don’t Last Always – Part 1: Rue), la serie se encarga de entregar una primera temporada que podría parecer un tanto desperdigada en cuanto a su intención pero que encuentra a todos sus personajes siendo víctimas de un mismo estado mental y emocional provocado por distintas situaciones: la dependencia enmascarada como euforia.

El sentimiento de bienestar, felicidad y júbilo pasajeros que experimentan Rue, Jules, Nate, Kat, Maddy, McKay y Cassie cuando se acercan a determinadas sustancias, dinámicas, experiencias o emociones que, al mismo tiempo, delatan tragedias personales, conflictos internos, traumas. El sentimiento de bienestar, felicidad y júbilo pasajeros que experimentan cuando evaden el sinsentido de sus vidas con una recurrencia viciosa a ciertos sentimientos, a ciertas situaciones, a ciertas personas o a ciertos objetos. La euforia con la que se confiesan (en sus actos) adictos a determinadas experiencias.

Así, para Rue serán las drogas quienes se conviertan en un adormecedor calmante para sus afecciones mentales, para Jules será una propensión a tomar riesgos abruptos y una insaciable búsqueda por “conquistar la feminidad” (según sus propias palabras), para Nate será una autoafirmación machista y violenta para evadir sus preferencias sexuales, para Kat será una promiscuidad impulsiva para olvidarse de sus inseguridades, para Maddy será una reiterada necesidad de sentirse admirada (aún dentro de una relación violenta) para procurarse una vida de lujos y bienestar material, para McKay será una obsesiva necesidad por sentirse siempre el mejor para escapar de un futuro incierto y para Cassie será una actitud sexualmente complaciente para lidiar con su miedo al abandono.

Todos ellos, centennials en conflicto interno. Todos ellos, adolescentes adictos a dinámicas viciosas y autorreferenciales. Todos ellos, humanos lidiando con el aparente sinsentido de la vida y la tragedia. Todas ellas, sensibilidades en busca de una paz personal. Todas ellas, subjetividades necesitadas de respuestas.

Y es ahí donde el impecable y comprometido ejercicio de narración visual que Euphoria entrega se vuelve tan importante como sus poderosos despliegues reflexivos de guionismo. Porque hay cierta dimensión de estas manías, de esta premura, de estas sofocantes realidades, que no sería tan clara e impactante (y, por momentos, quizá hasta morbosa y sensacionalista) sin sus estimulantes correlatos cinematográficos, sin sus sutiles toques sarcásticos, sin su humor negro, sin su alucinante dinamismo, sin su oscura profundidad dramática.

Y es ahí donde los dos episodios especiales de la serie (Trouble Don’t Last Alwys – Part 1: Rue y Fuck Anyone Who’s Not a Sea Blob –Part 2: Jules) se convierten en el amarre provisional de los cabos que la componen, la promesa de una serie que continuará siendo innovadora, técnicamente contundente y poderosamente apelativa en sus futuras entregas; pero, más que todo, se convierten en un espacio dialógico y puramente conversacional que revela las fibras argumentales, racionales y humanistas que sostienen el reiterado éxito del galardonado show de televisión.

Porque es ahí donde lo que conocimos por simbología visual, imágenes memorables, escenas estimulantes y cinematografía de la más alta calidad se sintetiza en un razonamiento, en un discurso y en una frase demoledora: “You gotta believe in the poetry (Tienes que creer en la poesía)”.

La frase nace de los labios de Ali, el padrino de Rue en el grupo de rehabilitación al que el personaje de Zendaya asiste. Nace como parte, precisamente, de un diálogo intersubjetivo y franco que ambos personajes sostienen en una cafetería. Nace como parte de una reflexión sobre lo sucedido durante la primer temporada del programa de HBO.

Nace cuando Rue pregunta por el sentido o el propósito mayor que justifica el hecho de que ella, su hermana y su madre hayan perdido a su padre. Nace cuando Rue y Ali se enfrentan a la pregunta por aquello que es más grande que los humanos. Lo que Ali acepta como Dios y lo que Rue enfrenta con escepticismo.

Una discusión que pasa por una aguda y sensata crítica sobre la cultura contemporánea, sobre la cultura de infinitas “revoluciones” en la que los centennials (los primeros niños 100% digitalizados) han nacido y crecido. Una discusión que termina por apuntar con lucidez hacia la espiritualidad como la única revolución verdadera.

Pero ni Ali (creyente) ni Rue (escéptica) se refieren a la espiritualidad garantizada por un Dios en específico sino a la espiritualidad como aquello que está más allá de lo humano. La espiritualidad como la puerta que se abre sólo cuando uno ha explorado con suficiente profundidad las prioridades que mueven a las sociedades humanas de hoy, sus creencias y sus formas de vida. La espiritualidad revolucionaria que puede originarse en la crítica radical de lo que somos para dar lugar a la reconstrucción de nuestra dimensión humana: “You gotta believe in the poetry”.

Porque la poesía no es sólo un género literario, la poesía no es sólo una experiencia estética, porque la poesía no es sólo un arte. La poesía es un modo de racionalidad. La poesía es un modo de acercarse a la universalidad. La poesía es un modo de acercarse a las preguntas sin respuesta. La poesía es un modo de capturar el misterio de la existencia.

Porque ya desde sus orígenes la poesía servía lo mismo como el vehículo de la mitología, la filosofía, la ciencia, la épica, la dramática, que como el acompañamiento de la música. Porque en ella se encierra el simbólico poder de la racionalidad humana que, en su limitada naturaleza, se atreve a hacer preguntas que no tienen respuesta. Se atreve a preguntarse por los hilos que mueven una inexplicable existencia.

Una existencia difícil. Enfrentada a la ira, a la violencia, a la deshumanización, a la imposibilidad de admitir la falibilidad humana, a diferentes niveles de crisis, a diferentes niveles de confusión, a diferentes niveles de conflicto público y personal.

Una existencia que sólo cobra algún sentido en el reconocimiento de que ésta es nuestra única oportunidad para explorar nuestra curiosidad. Esta vida es la única que tenemos para tratar de entender lo que somos. Esta vida es la única oportunidad que tenemos para hacer poesía; para invocar su espíritu filosófico. La única oportunidad para hacernos la pregunta más radical de todas: ¿para qué vinimos a este mundo?

La única oportunidad para sentir felicidad, alegría, placer y júbilo pero, también, la única oportunidad para sentir ira, tristeza, dolor. La única oportunidad para experimentar pérdidas, tragedias, injusticias. La única oportunidad para creer en la redención personal (y la de los otros) y en la enmendadura de los propios errores (y los de los otros). La única oportunidad para preguntarnos por aquellas cosas que nos superan, que nos exceden, que nos trascienden. La única oportunidad que tenemos para creer en la poesía.

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