Grand Guignol

En medio del distrito Pigalle de la ciudad de París en Francia, durante finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX existió un teatro cuyos shows influirían en el concepto del horror como género narrativo: Le Théâtre du Grand-Guignol (“El Teatro de la Gran Marioneta”).

Los shows de este recinto categorizado como “provocador”, “gráfico” y hasta “amoral” contribuyeron a cambiar el modo de comprender el horror como modo de contar historias y, paralelamente, como modo de describir la experiencia humana. Su estilo se caracterizaría por un viraje hacia una visión naturalista del horror, es decir, a una visión enraizada en la existencia de lo horrífico como parte del hecho humano.

Contrario a lo que sucedía anteriormente, el Grand Guignol despojó al horror de su categoría fabulística-escapista y de su condición eminentemente sobrenatural e inefable para aterrizar lo espantoso dentro del hecho humano tal y como se presenta. Develar lo horroroso como una característica propia de la contemporaneidad; revelar lo humano desde los ojos de su lado más brutal y oscuro.

De ahí surgiría un nuevo modo de entender el horror que, aún hoy, se explota por la vía de una experiencia que se siente más cercana, realista y personal. De ahí, también, surgiría un camino para explorar conceptos sobre la condición humana —incluso filosofía y otros discursos profundos— en los términos de su aleatoriedad, caos intrínseco e inevitable violencia.

En resumen, a través del Grand Guignol, el horror se presenta como una característica de la realidad que nos enfrenta con lo contradictorio de nuestra naturaleza esperanzada en el bien y la razón pero irremediablemente atada a lo incomprensible de lo bestial y lo horrífico. Es este género narrativo uno de los trasfondos que conectan a las ocho historias que componen la nueva serie antológica de Guillermo del Toro para Netflix: El Gabinete de Curiosidades de Guillermo del Toro.

Ocho historias modernas de horror influidas por una estética de raigambres góticas —clásicas— e influidas por el Grand Guignol como modo de contar historias pero, más importante, como modo de asimilar la experiencia del horror dentro de la experiencia natural, común y corriente del hecho de ser humano.

Así, con el apoyo de ocho directores distintos bajo la supervisión y asesoría de Del Toro, la serie antológica generará ocho atmósferas disímiles —unas más parecidas a otras— que, sin embargo, coincidirán en este modo particular de ver el horror. Unas mejor logradas que otras, unas más sólidas que otras. Unas tremendamente clásicas, otras modernas; unas tópicas, otras más cercanas a lo sobrenatural. Unas basadas en textos del propio Guillermo, otras basadas en H.P. Lovecraft y unas más extraídas de otros lugares de la literatura.

El resultado es un trabajo bastante heterogéneo que en algunos capítulos se eleva a, por ejemplo, grandes exploraciones del body horror o del horizonte compartido entre el drama familiar y el horror pero que, en algunos otros episodios, se queda al ras de la mala adaptación o la confusión narrativa. Unos establecidos en el redondo formato de la historia de horror que regala una moraleja; otros simplemente ejercitados como práctica cinematográfica del género.

Con todo, la aptitud fílmica de la serie —en tanto que tal— resulta homogénea en su alta calidad. Las realizaciones, las fotografías y, en algunos casos, hasta los vestuarios y los diseños de producción para retratar épocas pasadas resultan destacables y evidentes reflejos de un trabajo cuidadoso y dedicado.

Por supuesto, el plato principal de cada una de estas historias será un monstruo de ficción. En algunos casos, venido de los infiernos en la tierra; en otros, oculto bajo la superficie de las aceras; en otros más, venidos de otros planetas o, incluso, nacidos de la televisión. Pintados en artes funestos, ocultos en cámaras de coleccionismo o, simplemente, como el embrujo persistente de una casa abandonada.

La estructura del show recuerda a programas clásicos del género como La Dimensión Desconocida o el magnífico Alfred Hitchcock Presenta en los que sus figuras líderes —como lo es Del Toro en este caso— esbozaban una manera de ver el entretenimiento y una manera de describir la realidad a través de la ficción por medio de una selección de historias que nos acercaran a la aventura intrigante de lo inexplicable, lo desconocido y lo inquietante.

En el caso de El Gabinete de Curiosidades de Guillermo del Toro el discurso que subyace está implícito y resulta coherente con el romanticismo estético de La Forma del Agua o con el dramático fondo noir de El Callejón de las Almas Perdidas. El discurso que subyace es ese que encuentra una admiración liberadora en lo imperfecto, horroroso y aterrador. Aquél que desenmascara lo humano en sus dimensiones horribles —sin ceder a la premura estimulante del morbo o de la espectacularización vulgar— para desencadenarnos de la perfección impuesta como requisito.

“El triunfo es un instrumento de tortura […], igual que la belleza y la perfección […], la perfección no existe, la belleza del mundo es la imperfección”, explicaba el director tras sus galardones en 2018. Quizá otro nombre para la imperfección es el horror, la monstruosidad, el reto a la belleza como sinónimo de estética que nos regala una realidad perturbadora pero estimulante.

Una realidad que supera las cadenas de lo perfecto, de lo modélico y de lo probo a través de la neutralidad de lo imperfecto, o bien, de la inaprehensibilidad de lo horroroso, lo inesperado, lo informe. Una libertad que, como el horror clásico indica con sus moralejas, no deja de tener en mente una noción del bien ni deja de fomentar la esperanza de una humanidad recuperable y mejorable.

Una libertad que se desembaraza de la mentira de la perfección para recordar que, como en el Grand Guignol, lo horroroso forma parte de una descripción completa de lo que es el ser humano, y eso es maravilloso. No porque nos arroje irremediablemente a la oscuridad o a la brutalidad, tampoco como una proclama vindicadora en contra de la racionalidad o la bondad; sino porque nos arroja a la esperanzadora frialdad de nuestra condición humana natural: que no somos ni buenos ni malos por naturaleza, que no somos ni horribles ni bellos por obligación. Que somos afortunadamente imperfectos y mejorables.

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