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Las influencias de Star Wars en el mundo de la cultura popular lo convierten en un inevitable punto de referencia por sus personajes, momentos, tópicos e, incluso, por el modo en que trasladó la lógica del clásico western del cine a una galaxia muy, muy lejana. De tal modo, replicar y diversificar la magia de una trilogía de trilogías se antojaría imposible, sin embargo, Lucasfilm tenía un as bajo la manga: The Mandalorian.

Para muchos −para mí− la serie estrella del lanzamiento de Disney+ se ha convertido en el primer contacto profundo con el mundo de la Guerra de las Galaxias. No porque se desconozca la trama de la franquicia, no porque se desconozcan a sus principales actores, no porque se desconozca su relevancia en el mundo del cine moderno, vaya, ni siquiera porque no se haya disfrutado alguna de sus películas antes. Simplemente porque nunca antes una historia, una estética y un par de personajes bien delineados y apelativamente diseñados habían resultado tan efectivos como para sentir la necesidad de sumergirse y ponerse al día con en el vasto mundo creado por George Lucas.

Claro, se podría objetar que The Mandalorian no es, por sí misma, una ideación de Lucas sino del ángulo con el que The Walt Disney Company ha adoptado al mundo de Star Wars. Sin embargo, no se puede objetar la calidad de producción con la que una serie de TV se ha puesto por delante de muchas producciones cinematográficas, ni la conciencia con la que directores y realizadores como Jon Favreu, Dave Filoni, Bryce Dallas Howard, Taika Waititi y Peyton Reed han abrazado una creación ajena como herencia propia.

Primero, desde la artesanía con la que se da vida a mundos nuevos, conocidos y desconocidos, del vasto cosmos de la saga de Lucasfilm. Segundo, desde la fidelidad con la que The Mandalorian inserta a sus transiciones (su edición), a sus texturas y a su desarrollo narrativo en una estética acorde con el western espacial que propuso Lucas en los inicios de esta franquicia. Tercero, por el detallado, atento y fundamental servicio de poner en escena referencias reconocibles para los fans más comprometidos con Star Wars además de llenar las lagunas narrativas más intrigantes creadas, en específico, entre El retorno del Jedi y la más reciente trilogía de la saga Skywalker.

Y, por si esto fuera poco, como coronando estas cualidades, una pareja de protagonistas deslumbrante, equilibrada, contrapuesta, polémica (por el significado que sus orígenes tienen dentro del Universo Star Wars), llamativa, entrañable, divertida, entretenida y sostenida por un creciente lazo de vulnerabilidad y protección mutua.

Por un lado, un Mando recio, sobrio, fiel a sus creencias, a su credo; marcado por un trágico pasado, determinado por un clásico presente y reformador de su futuro de una manera inesperadamente alegre. Un cazarrecompensas del viejo oeste en pleno Nevarro, en los confines de un espacio inabarcable y cada vez más rico.

Por el otro, un bebé de 50 años, The Child, adoptado por la cultura popular con un inmejorable fervor y rebautizado con un sobrecogedor e intuitivo apodo: Baby Yoda. Un pequeño cúmulo de ternura, de espontaneidad, de ingenuidad; pero también de fortaleza, de travesura, de irreverencia, de rebeldía. Un propósito más que justificable para sacar a un mandaloriano de riguroso ascetismo de sus aprendidas, abrazadas y atesoradas maneras para explorar los lugares más recónditos de la galaxia.

Más allá de la brutal inversión de producción que hace posible la patencia de esta serie, más allá de sus atinados, emocionantes e inquietantes nexos con un concepto amplio del mundo del que se deriva (a través de la presencia de jedis y mandalorianos queridos por la cultura popular) y más allá, aún, de su calidad narrativa como una extrapolación contemporánea del siempre atractivo género western; The Mandalorian se resume en sus dos estrellas y, más interesante aún, en lo que tiene para enseñarnos la relación que desarrollan.

Como su trama nos revela a su debido tiempo, el verdadero nombre de Mando es Din Djarin, un niño perteneciente a una raza víctima de un genocidio (desconocida hasta el momento) que fuera criado por el culto mandaloriano Children of the Watch. Un niño que, podemos inferir, pierde una conexión humana-emotiva convencional en el momento en el que pierde a sus padres pero que, a través de un riguroso código ético, la recupera a su manera en su vida como fiel cumplidor de los preceptos de la comunidad que lo rescata.

Ese código, entonces, se convierte en el asidero de todo lo valioso y vinculante para Din. Ese código se ve mediado por el beskar, el metal sagrado para los mandalorianos que da lugar a sus inconfundibles armaduras. Un código que le permite desenvolverse como un cazarrecompensas sin el más mínimo remordimiento pero que le exige una sola cosa: jamás despojarse de su casco.

Por su parte, el verdadero nombre de The Child (nos revelará una iteración de Ahsoka Tano interpretada por Rosario Dawson) es Grogu. Un bebé de la misma especie que el gran maestro de los jedi, Yoda, que creció en un templo jedi. Por sus condiciones biológicas, su envejecimiento no ocurre del mismo modo que con otras especies, es por eso que, a sus 50 años, sigue siendo una tierna criaturita de poco menos de 50 cms de tamaño.

A Grogu lo han perseguido los miembros ocultos del Imperio que buscan restaurar el poder al que Luke Skywalker y compañía vencieran. Y es así como Mando da por primera vez con él, bajo la encomienda de encontrarlo, incluso, de matarlo. Sin saberlo, ambos pertenecen a dos cultos distintos que han estado históricamente en confrontación. Los “magos” jedi, como los describen los unos, y los “guerreros” mandalorianos, como los describen los otros.

Y, así, con esa inocencia, espontaneidad y sutileza, sus caminos se verán entrelazados vinculando poco a poco a ambos de una manera poderosa, especial y que trascenderá el mero deber o la mera necesidad incidental de supervivencia. Pero, ¿cómo es que ambos llegan a esa conexión tan entrañable? A partir de revelar la propia vulnerabilidad y construir una protección mutua.

En el caso de Grogu, su vulnerabilidad es evidente por su edad y su tamaño y se simboliza cinematográficamente por su pequeña carreola espacial que, de hecho, emula la forma de un huevo (dando a entender con esto su fragilidad). En el caso de Din, hay una doble capa de protección. Una muy general representada por su Razor Crest, su achatarrada, vieja pero funcional nave, y, la más evidente y representativa, su armadura; en específico, el casco que cubre su rostro.

El primer paso hacia la construcción de una confianza y protección mutua será la llegada de Grogu a la Razor Crest del mandaloriano, un paso más se dará con la protección que El Niño proveerá a Din usando la fuerza; en adelante, una serie de aventuras y desventuras incrementaran su cariño, su lazo y la genuina preocupación del uno por el otro.

Así, cada uno de ellos se irá revelando a través del otro. Cada uno encontrará una parte de sí mismo que antes de conocer al otro era inaccesible; por ejemplo, para Grogu, la superación de un gran miedo y la afirmación de un gran poder propio y, para Din, una perspectiva más objetiva de sus creencias, de su deber y de su búsqueda personal y el recordatorio de que debajo del beskar aún hay un ser humano capaz de vincularse emocionalmente con otros seres vivos.

 De tal modo, ambos emprenderán un viaje no sólo espacial sino personal e interpersonal desde un primer encuentro cubiertos de protecciones individuales, hasta un último momento de intimidad y cercanía y completa conexión humana y emotiva que será testigo de una fortaleza común transgresora de cualquier credo personal y superadora de cualquier diferencia ancestral, racial o interespecial.

En otras palabras, la gran lección que nos dejan los primeros 16 episodios de la amistad de Grogu y Din es que las tensiones y las diferencias que dan lugar a las grandes o pequeñas protecciones que nos construimos frente a nuestro contexto sólo parecen insalvables cuando no media ninguna vulnerabilidad, ninguna sinceridad radical. Cuando no somos capaces de compartir con paciencia, disposición y constancia quiénes somos más allá de las naves, carreolas o armaduras que nos hemos erigido.

Grogu y Din son la muestra de que las conexiones interhumanas van más allá de los credos; de que la cooperación y la amistad crecen en la adversidad pero también en el equilibrio. Que la confianza, la disposición y la buena estima dan un paso más firme y certero que cualquier pretensión de dominio.

Pero, ahí, en el despojo de las propias protecciones, en la revelación del propio carácter (del propio rostro) y en la aceptación de las vulnerabilidades y de la fortaleza compartida se abre el mayor reto para Mando y The Child: aprender a crecer sin estar físicamente unidos pero conscientes de que, más allá de los pársecs de distancia, su nexo es insustituible.

Porque ahí donde se revela el propio ser, la propia vulnerabilidad, es donde se encuentra el verdadero camino a cualquier tipo de seguridad compartida. Porque ahí donde se brinda ayuda por el simple hecho de brindársela al otro, se encuentran los verdaderos motivos para actuar y ser lo que antes no se ha sido. Porque es ahí donde se va más allá de la propia creencia y la propia historia. Porque es ahí donde se supera lo que se cree que se es en favor de algo real y palpable. Porque es ahí donde Mando y The Child dejan de ser un mandaloriano y un jedi a los ojos del otro y se convierten en Grogu y Din.

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