Guerra Mundial.

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Publicado en Diario Imagen el 22 de enero de 2020.

Resulta imposible acercarse sin cierto escepticismo a cualquier expresión narrativa centrada en las Grandes Guerras Mundiales puesto que cada uno de nosotros cuenta con una posición al respecto. Ambas son conflictos en los que, en mayor o menor medida, cada uno de nuestros países se vio involucrado (quizá no en el campo de batalla pero sí en la aceptación de refugiados o en la llegada de inmigración internacional o, simplemente, como herederos de las condiciones que conformaron la política mundial a partir de estos dos grandes enfrentamientos).

Para la Historia de la Filosofía, ambas guerras fueron un parteaguas en las preocupaciones humanas; la pregunta por el hombre se trastocó profundamente cuando vimos los niveles de autodestrucción de los que éramos capaces como humanidad así como los niveles de utilitarismo, desensibilización y frialdad con la que unos fueron capaces de quitarle la vida a otros, ya no por necesidad o sobrevivencia sino por el burdo impulso de dominio.

De ahí que cierto halo de escepticismo (sano y riguroso, bien documentado) deba acompañar a cualquier apreciación del belicismo, aún en sus expresiones artísticas más acabadas, pues, obviamente, siempre se contará la historia desde un punto de vista personal y desde una reconstrucción ideologizada de los hechos (aún en los casos más objetivos).

Dicho esto, ya no resulta sorprendente como tópico recurrente en el cine de Hollywood la versión de la Historia en la que existe un bando indiscutiblemente malo y traicionero y otro indiscutiblemente heroico y defensor del bien. Y quizás esa sea la única simpleza que se le pueda achacar a 1917 del director británico Sam Mendes; ya que, por una practicidad narrativa, en la estructura de su historia queda poco espacio para un análisis hondo de psicologías epocales y del choque de convicciones sobre el que se montó la Primera Guerra Mundial.

Por lo demás, la película es enorme. Una muestra magistral de la efectividad del lenguaje visual, de la capacidad de la cámara (más allá de los diálogos específicos) de transmitir emotividad, dolor, cansancio, confusión, tristeza, paz, angustia, etcétera. Es, sin lugar a dudas, una obra pictórica en movimiento, con una fotografía soberbia que lo mismo aprovecha la luz natural que los encuadres pedidos por una ventana o la falta de iluminación de la noche; todo ello en servicio de una estética profunda, efectiva, certera y potente. Deslumbrante, envolvente e inmersiva. Capaz de hacernos sentir un actor más de la historia que atestiguamos con un ojo relator, que nos va pintando cada uno de los escenarios que es la guerra con simples casualidades, eventualidades y, como es lógico, tragedias propias de una situación como aquella.

En lo narrativo, continúo, la estructura de la historia es sencilla; sigue el camino de un par de cabos, Schofield y Blake, a los que se les asigna la misión de advertir a un regimiento cercano de una trampa que se les ha tendido, convirtiéndola en una historia que consiste, básicamente, en llevar el objeto “X” del punto A al punto B en determinada ventana temporal. Punto desde el que resulta claro por qué la exploración psicológica profunda queda reservada, si acaso, para sus protagonistas.

Dicho de otro modo, esta película no es un insight (una visión interna y detallada) narrativo de los motores internos de sus partes sino que es un insight visual de una parte de sus involucrados, los británicos, y, en específico, esta dupla de cabos. Por eso antes que destacar líneas concretas o fragmentos narrativos, de 1917 hay que destacar la comunicación visual; el ojo preciso que nos permite ser testigos de primera mano de todo lo que sucede en el campo de batalla y, por si fuera poco, desde el punto de vista de una sola toma dinámica sin cortes (“una sola toma” artificial, claro está, pero soberbiamente lograda).

Así, además de secuencias técnicamente arriesgadas (difíciles de descifrar para el ojo que se pregunta por cómo fueron rodadas), atestiguamos metáforas visuales sobre el renacimiento de quien está por perder la esperanza (como cuando nuestro protagonista debe moverse entre cadáveres para cruzar un río), sobre la pérdida de sueños y expectativas que implica la guerra (como cuando vemos a los animales de carga, símbolos de lo onírico, en descomposición) y sobre el ardiente, destructor y asolador fuego que todo lo consume que es la ira humana embriagada por el deseo de dominio y volcada a sus semejantes.

Con todo, en tal escenario inhóspito para las éticas y las virtudes, 1917 abre espacio para la intimidad, para el contacto humano de ente sobreviviendo a ente sobreviviendo, de sacrificios personales en favor del futuro, de lo que viene, de la próxima generación, de algo mejor. Abriendo espacio para su reflexión medular: el contacto consistente entre la vida y la muerte.

La incapacidad humana de descifrar en qué momento todo lo que tenemos puede sucumbir ante la desgracia y la posterior aniquilación. La fría realidad de que la vida es también muerte constante. Pero aquí, en 1917,  radicalizada en la aprisionante guerra. Que nos encierra en un mundo donde este hecho de la vida que solemos obviar con ligereza se vuelve asfixiante, inevitable e incapaz de no ser visto.

La guerra ha existido desde tiempos inmemorables. Quizá porque nuestra naturaleza humana nos hace incapaces de renunciar a cierto impulso instintivo mínimo de violencia (biológicamente exigido por la supervivencia), quizás porque en un mundo con recurso limitados es imposible coincidir en la competencia con nuestros iguales por un territorio o un recurso, quizá porque nuestro deseo, que siempre imita los deseos de otros, inevitablemente choca con otras voluntades.

La guerra ha existido desde tiempos inmemorables y seguirá existiendo. Seguirá presente mientras existan seres humanos que encuentren en ella una razón, una industria, un negocio, un medio de dominio, un medio de engrandecimiento personal y ensoberbecimiento. Mientras seamos incapaces de comprobar que, como humanos más que como animales, somos capaces de zanjar nuestras diferencias sin un recurso a la maquinaria económica y mercadológica de la violencia.

La guerra ha existido desde tiempos inmemorables. Quizá, por nuestra certeza de que toda vida es muchas muertes (convicciones que van y vienen, etapas de desarrollo, intereses, amores, desamores, alegrías, tragedias, fortunas e infortunios: proceso continuo; proceso perpetuo; cambio constante). Por nuestra certeza de que el impulso de guerra empieza en nosotros, en lo inaprehensibles que resultamos para nosotros mismos: en el continuo choque entre nuestra razón y nuestra voluntad.

La guerra ha existido desde tiempos inmemorables y qué bueno. Porque mientras exista nuestra consciencia de que la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda, tenemos la esperanza de avivar nuestro humanismo, nuestra capacidad de construirnos una trascendencia interpersonal, y darle, poco a poco, una piadosa y pertinente muerte a nuestros impulsos de dominio.

La guerra ha existido desde tiempos inmemorables y qué bueno. Porque mientras exista nuestra conciencia de que la vida y la muerte son hermanas, tendremos la esperanza de entender que no hay vida alguna que justifique dar muerte a un semejante.  

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