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En su Buen entretenimiento de 2018, el filósofo suizo-alemán nacido en Corea del Sur, Byung-Chul Han, hace un análisis del haikú, el poema breve japonés, a propósito de una deconstrucción de la distinción entre el llamado “arte serio” y el llamado “arte que busca meramente entretener”. En él, explora la conceptualización con la que el mundo occidental se fascinó con este tipo de poesía oriental y lo que él rastrea como el verdadero propósito de esta forma de arte. El razonamiento de Han me remitió a una película que se interesa con especial disfrute por la estética de la cultura japonesa y que, hábilmente, se abre y se cierra con un par de haikús: de Wes Anderson, Isla de Perros.

La más reciente película del cineasta estadounidense (que prepara la llegada de The French Dispatch durante este 2021) resulta una laboriosa, inteligente, fresca y asimilable reiteración de un ojo fílmico único e irrepetible. Se convierte en un ligero pero no poco hondo ejercicio visual y narrativo que pronto envuelve al espectador, lo conmueve y lo involucra de manera irreversible. La razón para ello quizá sea que su núcleo argumental sigue a un niño huérfano de 12 años, Atari Kobayashi, que emprende un atrevido y valeroso viaje para reencontrarse con su perro guardián, Spots.

Lo laborioso y potente de la realización del film responde a su minuciosa manufactura a través de la técnica de la animación stop-motion que requirió de más de 3,000 pequeñas marionetas que servirían como los personajes de esta historia. Mismos que, para cobrar vida, debieron ser filmados y fotografiados micromovimiento a micromovimiento, cuadro por cuadro, para que con la unión consecutiva de cada uno y su puesta en movimiento en la reproducción genérica de la cinta éstos parezcan fluir de manera natural e independiente.

En cuanto a su lenguaje visual, una vez más asistimos a una muestra de la mirada aguda de Anderson y su singular estilo dinámico de narrar a través de la atención al detalle de los objetos. En cuanto a la narrativa, una vez más asistimos a un versátil y ágil dinamismo que encierra añoranza y un discurso mucho más grávido de lo que sus episodios podrían aparentar en su simpática y atractiva liviandad y sutileza estéticas.

Y es que su trama imagina un mundo tiránico en el que la cabeza de la dinastía Kobayashi, el alcalde Kenji Kobayashi, amante de los gatos, ha decidido apuntar a los perros como los principales enemigos de su plan político para la ciudad ficticia de Megasaki. En consecuencia, el alcalde y su equipo crearán un tipo de influenza perruna que justificará su decisión de enviar a todos los canes a una isla de basura que poco después se convertirá en la Isla de Perros.

De este modo, se construye una analogía del uso de la propaganda y el poder para marginar a un grupo de seres vivos dentro de un determinado sistema social. Tópico para el que, lamentablemente, contamos con múltiples ejemplos tanto en el pasado como en la actualidad.

Lo conmovedor del asunto será que esta historia no será contada por los humanos y sus propósitos racionales sino que será narrada desde una humanización de los aspectos característicos de los perros convirtiendo a éstos en los auténticos protagonistas de la aventura, la comedia, el drama y la ciencia ficción de este trabajo. Convirtiendo a éstos, también, en los heroicos y amorosos agentes de una empatía que contrasta con la frialdad excluyente, marginadora e intolerante de los humanos de su mundo.

Y aquí es donde vienen al caso Byun-Chul Han y sus observaciones sobre el haikú. Según el surcoreano, el malentendido en el que ha caído la cultura occidental al tratar de asimilar este tipo de expresión artística ha sido atender casi de manera exclusiva a su dimensión espiritual vinculándola con una búsqueda de seriedad, verdad y redención.

Por el contrario, argüirá el suizo-alemán, “el haikú es sobre todo juego y entretenimiento […] rezuma gracia y humor”. Se trata de una expresión compartida de regocijo, “un juego de sociedad y de lenguaje”. Una manera de aportar belleza a la naturaleza efímera del día a día y una manera genuina de con-vivir con los constantes cambios (incluso sociales y políticos) que acompañan a nuestro paso por este mundo.

Seguramente, el concepto con el que Wes Anderson diseña los dos haikús que aparecen en su película se alinearían más con una recepción relativamente mística-espiritual como la que es habitual en el mundo occidental. Sin embargo, me pareció interesante tratar de entenderlos desde ese otro punto de vista que Han recupera.

El primero, anunciado como un haikú de guerra dice:

I turn my back. (Mi espalda le doy.)

On  man-kind! (¡A la humanidad!)

Frost on window-pane. (Escarcha en la ventana.)

Corresponde a lo dicho por un joven guerrero “hace 10 siglos” cuando los perros habitaban el mundo en libertad, según la mitología de la cinta de Anderson. Representa su reacción ante la injusta intención de los primeros Kobayashi de aniquilar por completo a la raza canina.

El segundo, que se convierte en la suma metafórica de la trama del film pregunta:

Whatever-happened? (¿Qué pasó)

To-man’s-best-friend. (con el mejor amigo del hombre?)

Falling-spring-blossom. (Flor cayendo en primavera)

Corresponde a un llamado, hecho también por un niño, Atari, a la concientización de lo que Megasaki está haciendo con una raza de animales que han sido capaces de comprenderlos y acompañarlos aún al límite de su propio exilio y la presente amenaza de su extinción. El reconocimiento simple y directo de una ancestral relación de lealtad y fidelidad. El reconocimiento de una admirable supervivencia lograda entre basura, muerte y, al tratarse de una película de Wes Anderson, claro, algo de humor.

En ambos casos, dos niños se enfrentan a una injusticia contra la lealtad y la fidelidad caninas. A la pretensión de aniquilación de un grupo de seres vivos que, aún desde la mirada más fría, son co-habitantes de este mundo. En ambos casos, dos niños hacen un llamado a la olvidada empatía necesaria para la próspera convivencia entre humanos y animales, por supuesto, pero no menos necesaria para la próspera convivencia entre humanos encontrados en su diversidad.

En ambos casos, los haikús (como suele suceder en la forma clásica del tipo de poemas) remitirán a épocas del año, a estaciones. El primero, el del pasado, iniciará una historia en el seco, árido y gélido frío del invierno. El último, el del futuro, terminará una historia en el vivo, acogedor y esperanzador albor de una naciente primavera. Una naciente capacidad de reconocernos empáticos.

Después de todo, como insinuará Han, el haikú no sólo puede ser espiritualidad sino también juguetón y entretenido regocijo. Una manera de decirle sí a la existencia y su cambio constante (su cambio de estaciones). Una manera de festejar la inmanente cotidianidad, la perpetua fugacidad y la constante mutabilidad. Qué mejor que disfrutar la existencia y su variabilidad con sociabilidad. Qué mejor que disfrutar la existencia con la compañía de una libre alma animal. Qué mejor que vivir con un constante recordatorio de empatía. Qué mejor manera de festejar la vida que con la compañía del mejor amigo del hombre.

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