Hospitalidad lingüística

Desde muy temprano en sus infancias, a las mujeres se les enseña a jugar a ser madres. Cuidando pequeños bebés de plástico y tela con los que nacen sueños, promesas pero, sobre todo, un “destino biológico” impuesto: dar, un buen día, a luz una nueva vida.

“Destino” que por orden convencional y extrapersonal —a veces desde las tradiciones religiosas, a veces desde los valores de padres o educadores, a veces desde una sofocante presión social— se impone por medios tan diversos como la insistencia —“¿tú para cuándo vas a ser mamá?»—; los juicios negativos por no querer tener hijos; la “obligación” de ser madres —aún más allá de un deseo nulo de serlo o, incluso, de una incapacidad fisiológica para serlo— y, aún cumplida la exigencia de gestar una vida y hacerse cargo de ella, la exigencia de ser una madre ejemplar —que no se queja de su misión sacrificada de ser madre, que debe renunciar a muchas de sus libertades para hacerse cargo de su hijo, que debe cargar con una “irrenunciable bendición” por el mero hecho de haber nacido con útero y vagina.

Por siglos, los eufemismos para romantizar la hiperresponsabilidad femenina ante la maternidad se han erigido como mantras que alivian paliativamente emociones reales y justificadas—fatiga, frustración, enojo, depresión— que forman parte de una experiencia humana compleja y, al mismo tiempo, se han convertido en cómplices opresores de una experiencia masculina a la que no se le aplican los mismos estándares cuando se trata de su paternidad. Mientras la mujer ha de renunciar a todo lo que es y lo que ha sido para ser madre, al hombre se le da el beneficio del desembarazo, el desentendimiento y la irresponsabilidad.

Por tanto, no es coincidencia que —en México como en muchos países de Latinoamérica— una de las principales fuerzas laborales que sostiene a la economía corresponda a madres solteras —sin contar también a madres legalmente casadas que son las principales proveedoras del hogar; dentro de matrimonios en los que si bien hay una contraparte masculina, ésta, para efectos prácticos, cuenta como ausente. No es coincidencia que todos parecen tener madre cuando se trata de celebrarla —aun metafóricamente; por ejemplo, a través de la Madre del Pueblo, la Virgen de Guadalupe— pero no todos cuentan con un padre involucrado cuando se trata de la crianza de los hijos.

Por supuesto, como en todo, existen excepciones. Casos contrarios que retan el relato mítico-mágico que envuelve a la “sagrada maternidad”. Casos contrarios que revelan la antípoda voraz y violenta de una maternidad forzada.

Y existen, también, los “casos contrarios”, nacidos de juicios sociales, de juicios ajenos y de ojos sentenciosos que, con un carácter recurrentemente opresor, emplean expresiones como “madre desnaturalizada” y sus similares para describir acciones que, a su parecer, se alejan de las obligaciones que imponen las posibilidades que una biología femenina ofrece. Los “casos contrarios” que, lejos de ser ejercicios genuinamente perversos de la maternidad, son formas de ser madre que tanto el lenguaje como la cultura se encargan de condenar, de mal-ver.

Con un entorno así, entonces, no resulta sorprendente que, con mayor frecuencia que rareza, las mujeres se sientan limitadas para expresar sus descontentos, hartazgos, dolores y frustraciones en lo que toca a la maternidad: una tarea que implica hacerse cargo de la vida de uno o más seres vivos —en sus llantos, en sus berrinches, en sus riesgos, en sus vaivenes— de una manera tan comprometida y tan consumidora que, para muchas, termina convirtiéndose en la postergación —sino la aniquilación— de la propia vida —los propios sueños, las propias búsquedas, la vida personal, la vida sexual.

Esto no implica, necesariamente, que quienes se encuentren en este lugar emocional se arrepientan de ser madres o que quisieran dejar de serlo. Implica, simple y llanamente, que son seres humanos. Que son seres humanos que, como todos, necesitan sus propios espacios, necesitan sus apoyos, sus redes de acción, sus comunidades de trabajo. Implica, simple y llanamente, que como toda experiencia humana, la experiencia de ser mamá no puede ser perfecta. Que tiene sus malos días, sus malas rachas. Que necesita de sus descansos, de sus pausas, de sus respiros.

Implica, simple y llanamente, que el mito de la «sacrosanta madre» que todo lo soporta sobre sus hombros para “sacar adelante” a sus hijos por sí sola es, o bien una mentira, o bien un eufemismo. O bien una mentira en la que las madres que “salen adelante” lo hacen con muchísima más ayuda de la que se reconoce —usualmente con redes de apoyo construidas en el camino (amigas, familiares, conocidos) y formadas por personas que no necesariamente incluyen a una pareja. O bien un eufemismo, una grandilocuencia, una expresión enorme y rimbombante que esconde y oculta el dolor, la fatiga, la frustración, el sacrificio y todas las imperfecciones que acompañan a la tarea de criar a un ser vivo.

Esto no es para demeritar la tarea que millones de madres llevan a cabo en el mundo para liderar una familia con base en trabajo, esfuerzo y una fortaleza que trasciende cualquier máximo de admiración. Es para visibilizar y recordar que hablar del lado oscuro de la maternidad —deseada, dedicada y también disfrutada— es necesario para valorar en justa medida todo lo que se esconde detrás del amor de madre. Es, también, para comprender mejor a las mujeres que luchan por sostener sus propios sueños, sus propios anhelos y su propia vida al mismo tiempo que se encargan de la crianza de uno o más hijos. Es, también, para comprender mejor las decisiones complicadas que muchas de ellas toman cuando se ven enfrentadas a un dilema irresoluble: o maternidad, o individualidad. Un dilema que no es necesario desde los ojos del fenómeno mismo de ser madre, sino un dilema que existe desde los ojos de lo que la convención social, la tradición y el “destino biológico” exigen.

De estos temas, con un paso atenuado, realtivamente sutil pero suficientemente claro, habla la película debut como directora de la también actriz, Maggie Gyllenhaal, para Netflix: The Lost Daughter o La Hija Oscura. Nominada a tres Premios Oscar —Mejor Guion Adaptado, Mejor Actriz (con una impecable actuación, como de costumbre, de Olivia Colman) y Mejor Actriz de Reparto (para una consecuente actuación de Jessie Buckley)—, estrenada en el Festival Internacional de Cine de Venecia y nominada a SAGs, BAFTAs y Globos de Oro, por igual.

La cinta se basa en la novela homónima de la intrigante escritora italiana Elena Ferrante —quien ha escrito desde los años 90s una aclamada, abundante e incisiva colección de novelas bajo dicho seudónimo y sin que su identidad haya salido a la luz oficialmente. Cuenta la historia de Leda Caruso, profesora de literatura comparada, que viaja a Grecia para unas vacaciones. Estando allí, por azares de la vida, se topa con una familia oriunda de la región con la que pronto entra en ocasionales conflictos menores. De este grupo de personas, su atención se dirige especialmente a una joven madre, Nina, y su hija de tres años, Elena. A través de observarlas, Leda recordará su propia historia de juventud como madre de dos incasables niñas y revelará, por medio de esta rememoración, los matices de su propia experiencia como madre.

“Universalmente aclamada”, The Lost Daughter despliega con claridad las tensiones de una vida condenada por un “deber biológico” y movida por un amor genuino de madre. Pondrá de manifiesto las distancias entre aquellos días en los que ser madre podía ser un inocente y perfecto juego y los días en los que la maternidad se convierte en un pesado mundo que aplasta toda la vitalidad de un simple ser humano.

Menciona, de manera tangencial y anecdótica, una noción del pensamiento del filósofo francés del siglo XX, Paul Ricoeur: su concepto de la hospitalidad lingüística —la actitud afable, acogedora y receptiva ante el lenguaje ajeno. Concepto introducido por el pensador en el contexto de sus reflexiones sobre la traducción que, curiosamente, podríamos aplicar al concepto complejo de la maternidad que explora La Hija Oscura.

Para Ricoeur, la traducción no es una cuestión sólo intelectual, teórica, práctica o lingüística sino un problema ético. El problema ético de traer lo ajeno —la experiencia que desconozco— a mi propio mundo —mis palabras, mis idiomas, mis costumbres— sin aniquilarlo; sin imponerle mis propias categorías. El problema ético de escuchar al otro sin encerrarlo en lo que yo quiero escuchar, en lo que yo creo saber o en lo que yo opino sin cuestionar. El problema ético de abrirse a lo ajeno sin destrozarlo con mis propias estructuras, mis propias necesidades, mis propias exigencias. Escuchar al otro en los términos del otro. Conocer lo ajeno en los términos de lo ajeno —escuchando; sin la premura de replicar. Recibir el lenguaje ajeno en los términos de su otredad, de su serme ajeno y, después, intentar traducirlo, intentar llevarlo a una rendición respetuosa, completa y atenta de su mensaje.

Sabiendo que toda traducción es, en algún nivel, incompleta. Porque la experiencia ajena nunca se puede reducir a la propia. Porque no todo lo que experimentan los otros me lo pueden expresar en su pleno significado o porque yo mismo no soy capaz de comprenderlo todo completamente. Pero asimilando, también, que toda traducción es, ante todo, comprensión. Que sólo abriendo mis conceptos a los del otro seré capaz de comprender la experiencia que expresa en sus lenguajes.

Como hombre biológico, me está negada la experiencia de la maternidad. El lenguaje de ser madre no me está dado pero eso no implica que no pueda hacer mi mejor esfuerzo por comprenderlo, por traducirlo para mí y —ojalá— para otros. Lo que no me está negado es entender que el mito de la “santa maternidad” y el “destino biológico” no es un relato nacido de la maternidad propia; no es un idioma nativo de la experiencia de ser madre, no es una expresión de las mujeres que son madres. Es un idioma de la tradición, de las religiones, de la convención, de las necesidades de la sociedad, de los vicios históricos de la cultura, de los eufemismos que permiten las paternidades irresponsables pero que exigen las maternidades perfectas.

El lenguaje nativo de la maternidad está, en buena medida, por descubrirse. En la medida en la que las mujeres que viven los lados oscuros de la maternidad se unan para dialogar y compartir sus experiencias. En la medida en la que traspasen los tabús de la cultura, la tradición y la sociedad y nos cuenten —si así lo deciden ellas— de qué se trata realmente la compleja experiencia de ser mamá.

El lenguaje nativo de la maternidad está por descubrirse, pero no basta con que exista. Depende también de que nosotros apliquemos un poco de hospitalidad lingüística para aprender a escucharlo sin juzgarlo, sin imponerle lo que creemos saber de la maternidad, sin definir desde lo que nosotros hemos experimentado como madre. El lenguaje nativo de la maternidad está por descubrirse y con él vendrán mejores comprensiones de una de las experiencias trascendentales más poderosas del hecho de ser humanos. Una experiencia imperfecta, compleja y no siempre placentera; pero una experiencia real que nos permitirá amar mejor a quienes nos trajeron al mundo, sin mitos imposibles, sin juicios opresores.

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