James, Alyssa, Bonnie.

En los años recientes hemos visto una oleada de contenidos audiovisuales que se centran en las diversas afecciones mentales que pueden acosar y perseguir a los seres humanos durante su vida. Desde mi punto de vista esto sucede por dos factores: en primer lugar, las innegables dificultades a las que nos enfrentamos los jóvenes adultos (y básicamente todos los demográficos de seres humanos en el mundo, aunque por razones distintas) que se expresan en estrés, depresión, ansiedad, pánico y más; y, segundo, por la conciencia cada vez más despierta que reconoce la importancia de la salud mental y emocional en el transcurso de nuestras vidas.

La generación millennial (que identifico a grandes rasgos como aquella que creció durante la primera década del Nuevo Milenio; es decir, que ronda entre los 35 y 20 años de edad) suele ser juzgada (a veces incluso por millennials que no reconocen que en estricto sentido ellos también son parte de esta generación) por “ofenderse por todo” (como si ofenderse por que el otro “se ofende por todo” no fuese un modo de cumplir con lo mismo que se reprocha). Quizás hay algo de cierto en ese juicio, quizás esta generación comete el error de tomarse como personales batallas que, aunque nos involucran, pocas veces nos toman de hecho en cuenta. La realidad es que se trata de un acceso nuevo, diferente al que conocieron otras generaciones, a la emotividad, a la psicología y al mero concepto de bienestar.

Por estas épocas se “predica” mucho esa forma de ver las cosas en la que la experiencia subjetiva toma un papel primordial, en el que el contexto, los antecedentes, la historia personal y las batallas internas adquieren un papel principal. Ello resulta constructivo cuando se trabaja por revisar la propia psique y se trabaja constantemente por una mejora personal pero, no obstante, resulta conflictivo y riesgoso cuando se traduce en el imperio de la subjetividad y del relativismo absoluto.

Es en este contexto, entonces, que The End Of The F***ing World adquiere el arrastre que tan orgánicamente generó desde su primera temporada. Esta serie, producida por Netflix y Channel 4 en el Reino Unido, es la adaptación de una miniserie de cómics del mismo nombre creada por Charles Forsman que después serían adaptados para televisión por la actriz y escritora Charlie Covell.

Mientras el cómic ofrece una perspectiva más oscura que la serie de televisión y se sumerge con mayor libertad creativa y un confirmado nihilismo en las complejidades de un amor juvenil y de una psicología sociópata, la serie ha sido premiada por el modo en que atenúa, dirige y aterriza estos elementos para construir un auténtico mensaje y una interesante revisión sobre estos mismos temas: la juventud, el amor y el desequilibrio mental.

Con una conciencia impecable de lo atractivos que se han vuelto los personajes desequilibrados, afectados mentalmente, ensimismados y alienados, Covell logra convertir una exploración caricaturesca libre (como lo fue la versión de Forsman) en una revisión de la idealización de las enfermedades mentales. Tal como lo demuestra la primer temporada de esta serie, James, en quien descansa principalmente la primera entrega del programa de televisión, es un joven que frente a una vida aterradora, profundamente dolorosa, solitaria y trágica se concibe a sí mismo como un sociópata, como un psicópata que, falto de motivaciones y empatías, se convence a sí mismo de que debe matar a un ser humano.

Así, por una situación fortuita James decide que Alyssa, una compañera de clase que muestra interés en él, cumple las características para convertirse en la víctima perfecta de su impulso. El sutil giro, de manera magnífica, llega cuando la dinámica con este otro ser humano diluye su falta de sentimientos en disfrute, alegría y regocijo, sólo para terminar cumpliendo con su propósito ya no contra Alyssa sino en defensa de ella. Descubriendo así que la idea romantizada que tenía de tomar la vida de otro ser humano, aún en condiciones que podrían calificarse como justificables por su naturaleza de defensa propia, está muy lejos de lo que su aparato emotivo, racional, personal y sus convicciones mismas son capaces de tolerar.

La historia, con su segunda temporada, que no tiene ya ninguna inspiración en los trabajos de Forsman, es decir, que crea ya “de cero” desde donde se había quedado, se centra mucho más en Alyssa y en las consecuencias de lo sucedido en su primera entrega. De nuevo el típico tono oscuro, profundamente melancólico y constantemente exigente desde lo emocional de la serie se hace presente para presentarnos, esta vez, ya no la idealización de la psicopatía (como lo fue el caso de James) sino la idealización del malestar perpetuo y la idealización del amor mal comprendido.

Respecto al primero, reflejado en Alyssa, se puede decir que encuentra su justificación en los difíciles episodios vividos por este personaje de ficción desde su niñez y marcados por la decepción y el estrés post traumático. La idealización, quizás, aparece cuando Alyssa elige ser consecuente con este sentimiento de dolor perpetuo en lugar de enfrentarse a él y luchar por algo que la mueva en realidad. Claro, el juicio parece sencillo desde fuera pero desde la empatía se revela como una experiencia que no se aleja de lo que muchos jóvenes hemos vivido. El tedio existencial de que nada parezca mejorar, de que nada parezca progresar y de que todos los días estén teñidos por el mismo color gris de fondo; que hacen sentir lo mismo una hora que un año o que cinco pues, así, en tal gris, nada se ilumina y se siente como si nada pasara.

Afortunadamente para Alyssa, será su pasado el responsable de remover este sentimiento y esta sombra que la persigue pero, de manera muy realista, no con la colorida simpleza del amor arrebatador, sino con la áspera, dificultosa pero sana revisión y reconocimiento de los propios dolores y padecimientos pero, más que nada, del dificilísimo reto que es reconocerse vulnerable y necesitado de ayuda (en muchos casos, de ayuda profesional). Rompiendo así con la idealización del malestar y abriéndose paso a la realidad del arduo proceso de sanación.

El segundo caso, el de la idealización del amor mal comprendido, se roba en buena medida la escena en esta temporada; porque hace un interesante paralelo con el caso de Alyssa pero, más interesante aún, por la aterradora verdad que evidencia. Es así, entonces, como conocemos a Bonnie, una chica inmersa en una cultura que le grita “tú eres capaz de lograr lo que tú quieras”, “debes destacar”, “debes ser la mejor”, “debes ser perfecta”, “no puedes cometer errores”, “tú tienes las oportunidades que tus padres no tuvieron”, etcétera.

Tal presión social y familiar, como es lógico, terminará interiorizándose y desarrollando en Bonnie una perspectiva sobre el amor ligada al castigo que, dicho de otro modo, se traduce en la sensación de que sin dolor, sin sacrificio y sin heridas el amor no es amor. Noción que se materializa en su caso en la idealización de una insipiente y artificiosa conexión emocional con un hombre que sólo la ve como el objeto de sus impulsos sociópatas (estos sí de verdad, no como los de James). Creando así a un ser que idealiza una relación psicológicamente abusiva y coercitiva bajo la bandera del amor.

Es así, pues, que, con el contraste entre un sociópata real y un joven que idealiza la psicopatía, con el contraste entre la idealización del malestar perpetuo y el extensivo, intensivo y necesitado de ayuda proceso de sanación emocional y personal tras un trauma y con el contraste entre la idealización de un amor/castigo basado en una conexión artificiosa y un amor real (representado por la poco obvia, poco ortodoxa y poco clara relación entre Alyssa y James) basado en una auténtica sintonía emocional y una auténtica conexión humana, The End Of the F***ing World nos presenta una crítica a uno de los riesgos y vicios más recurrentes de la hipersubjetivación de la realidad y de la relativización absoluta de la experiencia humana: la idealización del desequilibrio mental.

Porque, al final, lo que nos trata de transmitir Covell, me parece, es que aún para las personas más conflictuadas, más lastimadas, más heridas y más dolidas existe la esperanza de crear vínculos humanos reales, auténticos, sólidos y sanadores. Pero que ello no es posible desde la idealización de nuestro dolor o la idealización de nuestras afecciones (como si el vivir un desequilibrio mental nos hiciese más reales o más auténticos o como si el vivir con una inestabilidad psicológica probada fuera saludable).

La generación millennial, dicen, “se ofende por todo” y quizás es verdad. Pero si es así es porque somos una generación que trata de ser más consciente de su estabilidad emocional, de un ejercicio real de su libertad y de la liberación de sus inquietudes. Somos, si se me permite la generalización, una generación que sólo quiere empatía, quiere que los demás lo escuchen, que de verdad lo escuchen y le permitan vivir su pasión. Pero no sólo eso, también quiere escuchar, escuchar de verdad a otros tipos de sensibilidad e intentar (cuando menos) ponerse en sus zapatos.

El riesgo, no obstante, como bien lo apunta The End Of the F***ing World de Covell es que en esta búsqueda de empatía a veces confundimos el acento en la subjetividad con la idealización de mi visión solipsista y personalísima de la realidad que es, en otras palabras, uno de los modos de describir a las enfermedades mentales: la hipersubjetivación exacerbada de la realidad. El riesgo es confundir la idealización de mi experiencia con la realidad de mi ser. O, como lo dice Alyssa en algún punto de esta serie, “El problema con una persona que carece de amor es que no sabe cómo es [el amor]. Por eso es fácil engañarlos. Para que vean cosas que no existen”.

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