La pesadilla de Aristóteles.

Publicado en Diario Imagen el 12 de junio de 2019.

Hace algunos años, mientras hacíamos una de esas peculiares limpiezas hogareñas para deshacernos de libros o documentos ya inservibles, encontré la tesis de licenciatura de mi madre. Me sorprendió que la tesis abre con una frase de Josefine von Knorr que reza: “las iniciativas de la juventud valen tanto como la experiencia de los viejos”. Incrédulo, le pregunté a mi madre por esa frase pues me parecía disonante con una mujer que siempre me exigió madurar y ser más disciplinado y ordenando; sólo sonrió. Hoy que no la tengo lo entiendo: sus exigencias partían del reconocimiento de sí misma en mí, de ese fulgor de rebeldía e idealismo que me hacían querer comerme al mundo. Ella me entendía, sólo quería advertirme lo que me esperaba si seguía aquellos impulsos. Tuvo razón en parte pero, al final, no se experimenta en cabeza ajena.

Por esos mismos días yo estudiaba ya la carrera de Filosofía y, como buen infante que daba sus primeros pasos en el mundo intelectual y académico, me creía buena parte de lo que mis profesores me enseñaban, los admiraba y seguía sin muchos reparos pero, más que a ellos, le creía todo a mis verdaderos formadores, los grandes filósofos. Fue así como le creí a Aristóteles aquella frase de su Ética Nicomaquea que sostiene que los jóvenes no son los oyentes ideales de la política porque, según el de Estagira, se dejan llevar demasiado por sus pasiones y son demasiado inexpertos como para comprender en su justa dimensión las cuestiones políticas. Aunque recuerdo claramente que esa frase siempre me hizo ruido, eventualmente la asumí y dejé de cuestionarla.

¿Qué sería del mundo si los jóvenes tal como son hoy tuvieran que hacerse cargo de su organización social y política? Dicho de modo más sugerente, ¿qué sucedería si la peor pesadilla de Aristóteles en términos políticos fuera el caso? The Society trata de plantear esta pregunta y dar una respuesta a ella, no sin antes caer en los conocidos vericuetos del drama televisivo y el drama juvenil, claro está. El argumento de la serie sigue a un grupo de jóvenes de preparatoria que, por causas misteriosas, vuelven a su pequeña ciudad tras una excursión trunca sólo para darse cuenta que no hay nadie más que ellos; es decir, que todos los adultos y niños, que sus hermanos, padres, abuelos, profesores y demás cohabitantes, han desaparecido, dejándolos con la responsabilidad de organizarse para subsistir y esclarecer lo sucedido. 

El camino narrativo que elige la serie es sugerente bajo dos recursos: primero, por el paralelo que hace con El flautista de Hammelin, la famosa historia del siglo XIII en ocasiones atribuida a los hermanos Grimm y, segundo, por la recreación de la historia de las civilizaciones que dibuja a través de la recomposición de la sociedad a partir de los adolescentes. De este modo, la serie resulta un interesante laboratorio conceptual para ver en acción una situación como la que plantea; de ella llama mi atención en particular el paralelo con la leyenda alemana. La historia cuenta que el pueblo de Hammelin padecía de una plaga de ratas y que el flautista, un extranjero, se ofreció a acabar con ella, lo hizo tocando su flauta llevando a los roedores, atraídos por la música, al río para que se ahogaran. Tras el servicio el pueblo se negó a pagarle al misterioso personaje y él, en represalia, volvió a tocar su flauta pero, en esta ocasión, los niños fueron quienes siguieron su melodía. Algunas versiones dicen que los llevó al río para que murieran, otras, que los llevó a una tierra paradisiaca y unas más, que los devolvió después de que el pueblo le pagara arrepentido. La historia, a veces reportada como ficción, a veces como fidedigna, deja en claro una idea: los errores de los viejos serán pagados por los jóvenes.

A menudo se confunde al millenial con el centennial. No hay nada más gracioso que ver a un millennial burlándose de un centennial diciendo “qué estúpidos son los millennials” (creyendo que ser millennial es una situación equiparable a formar parte de una moda o tribu urbana, o bien, creyendo que el centennial es millennial). Entiendo por millennial a todo aquel que, como dice el termino, creció durante el inicio del nuevo milenio, es decir, todo aquél que vivió su infancia, adolescencia o adultez temprana a partir del año 2000. El centennial o generación Z, por su parte, es el hoy menor de edad, el que nació en un mundo con Facebook, Twitter y Spotify, que ya no sabe lo que era un floppy disc o que no tuvo que escuchar un CD en su vida.

Los jóvenes de hoy son, en realidad, centennials que apenas rozan la mayoría de edad y que, por tanto, no tienen participación política aún. Y claro, resulta sencillo y abusivo burlarse de ellos, porque son jóvenes, porque cometen errores y porque es el modo en que queremos reaccionar al hecho de entender que no los entendemos, que ya nos son ajenos en muchos niveles a nosotros los millennials que éramos la generación nueva. El millennial se aproxima a los 30 y alcanza, en una valoración de amplio espectro, a individuos que rozan los 40 años de edad. Con una soberbia socarrona, se burla del centennial a sus 15 a 20 años pero, eso sí, se queja del baby boomer, los hijos de la posguerra que hoy rondan ya los 60 a 70 años, y, en especial, se queja del mundo que nos están dejando.

Como buen millennial yo también lo he pensado: no puedo aspirar a tener una pensión para el retiro, mi seguro de gastos médicos se encarecerá y me será impagable, parece imposible hacerse de un bien inmueble, los trabajos son cada vez menos, peor pagados y el crecimiento laboral más limitado; los recursos naturales se acaban, apenas podemos soñar con tener agua en unos años, la calidad del aire es deplorable, las deforestaciones y la explotación de animales es cosa de todos los días. Y ahí es donde el baby boomer resulta señalado y criticado por el mundo que nos hereda y, no me malentiendan, con justa razón, sin embargo, me es inevitable preguntarme por el mundo que le estamos dejando al centennial y me pegunto cómo será la realidad cuando nosotros millennials nos hagamos cargo de gobernarlo.

Y ahí Aristóteles tiene razón, quizá el centennial es todavía muy joven para entender en su plena dimensión el mundo que le estamos dejando, pero me queda claro que el millennial ya debe saberlo y debe irse haciendo cargo del ejercicio de sus facultades políticas para plasmar su visión del mundo. Y ahí Aristóteles se equivoca, no es tan simple como asumir que el joven es incapaz de escuchar y ejercer la política con madurez pues no deja de ser el efecto de las generaciones anteriores; el millennial es tan inepto para la tarea política que se abre a su futuro en la medida en la que el baby boomer lo ha formado apto para hacerse cargo de ella (desde el mundo que le deja hasta lo mucho o poco que escuchó sus necesidades y las facultades o miedos políticos que le heredó) y, en el mismo sentido, el centennial será tan inepto, y criticable y risible, como el ejemplo que nosotros millennials le demos.

Para que no tenga que ser como en Hammelin y nuestro futuro no se ahogue en un río de tragedias debemos preocuparnos no sólo por nosotros y por lo que nos heredaron sino también por fomentar las cualidades de las que carecemos o carecimos en quienes serán los encargados de apoyarnos en nuestra vejez. Esa desconsideración es la más reprobable de todas las que se le podrían achacar al baby boomer: lo poco que se sentó a preguntarse por el futuro del millennial. No cometamos el mismo error, ya estamos grandecitos aunque todavía seamos jóvenes; bien podemos combinar la iniciativa juvenil y la experiencia temprana, que equiparaba von Knorr, para dar identidad a la generación que somos. La historia nos recordará por lo que hagamos de ahora en adelante: ¿quién será el millennial en 100 años? ¿quiénes queremos ser? Demostremos el error de Aristóteles, no seamos su pesadilla.

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