Laberinto demencial

El guionismo y la dirección de Charlie Kaufman se han caracterizado por una evidente inquietud por explorar la falible naturaleza de la memoria como el sostén de lo que entendemos por nuestra mente (específicamente en los términos en los que la experimentamos subjetivamente). Así, ha desarrollado notables trabajos como Being John Malkovich, Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos, Anomalisa y, ahora, I’m Thinking Of Ending Things (o Pienso en el final, por su nombre en Latinoamérica).

Una película que, con una lúcida fidelidad y con una espontánea y errática continuidad, nos invita a una historia alegórica. Pensamiento personal hecho historia. Una historia en la que la fantasía, el recuerdo, la ficción, la realidad, la demencia (o quizá el Alzheimmer) y la falibilidad creativa de la memoria se superponen en un simple episodio: la visita de una joven pareja a la casa de los padres de uno de ellos mientras su contraparte no para de pensar en “acabar con todo”.

Un “acabar con todo” que puede leerse, claro, como la potencial ruptura de esta misteriosa y aún inmadura relación; pero, también, un “acabar con todo” que puede referir a la voluntad del verdadero protagonista de esta historia: un hombre de edad avanzada, solitario, ávido de experiencias cinematográficas y teatrales, quizá de memoria mellada y que dedica sus días a su oficio como conserje de una escuela preparatoria.

Desde ese punto de vista, entonces, veremos una reunión atípica que, igual que la memoria, jugará con la linealidad del tiempo, jugará con la superposición de personajes, realidades, recuerdos y eventos. Una reunión entre una pareja y los padres de uno de ellos que, en realidad, sólo nos delatará los secretos de una mente que se enfrenta a la fría decadencia del recuerdo malformado, deformado, reformado; evanescente.

De ahí que esta historia nos empuje, por sí misma, a la reflexión. Dejando al espectador descolocado, en un lugar inquietante, poco claro a primera vista pero que, con un mínimo esfuerzo, nos entrega sus verdaderos colores. Los colores de la edad adulta tardía, los colores de la soledad, los colores del arrepentimiento. El profundo dolor de los sueños no cumplidos; de la vida que se quiso y no se obtuvo. Y como corona de todo ello, la belleza estética de esta debilidad humana. De la esperanza que aparece en el desvanecimiento de los hechos duros.

La pluralidad liberadora de la fantasía convertida en recuerdo y en vida propia. La felicidad del que no debe lidiar más con saberse una persona marcada por episodios puntuales y específicos; sino, simplemente, una persona que, como el agua, busca encontrar el camino de su identidad mientras fluye a través de las múltiples bifurcaciones de un laberinto demencial.

Buena parte del gran poder que logra tener ésta inquietante e intrigante cinta de misterio psicológico está provisto por las excelentes actuaciones de sus cuatro protagonistas esenciales: Jesse Plemons (Black Mirror, Breaking Bad), Jessie Buckley (Chernobyl), Toni Collette (Knives Out, Hereditary) y David Thewlis (Harry Potter, Anomalisa, El Niño de la Pijama de Rayas); quienes logran darle consistencia y texturas específicas a éste relato de una mente que está perdiendo el asidero lineal de su coherencia.

Una historia inteligentemente contada, tanto en su lenguaje cinematográfico que logra hacer patente la belleza de un territorio sombrío pero aún lleno de vida, como en sus saltos de linealidad que emulan con una sólida patencia los abruptos pasos que da una mente que está cediendo a la demencia o, simplemente, una mente de naturaleza cuasi onírica que ha roto las barreras entre la ficción, la realidad y el recuerdo.

Y es ahí donde se nos revela la verdadera pregunta que nos propone esta película: la pregunta por la memoria como el garante de nuestra identidad personal. Nuestros recuerdos como la prueba de lo que después nos relatamos como nuestra propia historia de vida. La identidad que se entreteje para alguien que ha perdido la posibilidad de recordar con fidelidad (si es que alguna vez la memoria es infalible).

El reconocimiento de que lo que entendemos como nuestra facultad de remembrar forma parte de un entramado más de la volatilidad creativa de lo que entendemos como nuestra mente. El reconocimiento de que los hechos que atesoramos como breves películas personales pueden no tener nada de fácticos y todo de ficticios y fantásticos.

El reconocimiento de que nuestra memoria se erige como una más de las protectoras de nuestro aparato emocional cuando reacomoda nuestros orígenes de una manera que tengan un sentido (irracional, quizá, atemporal, quizá, no lineal, quizá) que satisfaga las necesidades de una paz mental que, no obstante, seguimos desentramando una y otra vez. Una paz mental que buscamos construir y reconstruir con cada visita que hacemos a lo que aceptamos que hemos sido y, en consecuencia, a quienes asumimos o concluimos que somos.

El reconocimiento de que en el autoconocimiento empieza el laberinto de la epistemología. El reconocimiento de que el primer dilema que enfrentamos para construir un relato coherente de la realidad se encuentra en nuestra propia mente. El reconocimiento de que los caminos del pasado son tan misteriosos como los caminos de quien lo recuerda. Nunca absolutamente incognoscibles. Nunca absolutamente cognoscibles.

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