Las calles que caminas

¿Los lugares tienen algún tipo de memoria? Quizá, lo más sensato es suponer que no es propiamente así. Que las paredes no recuerdan, que los ecos no permanecen y que no hay algo así como emociones, vibraciones anímicas e impresiones del espíritu grabadas en los fríos y objetivos sitios donde eventos varios –desde un primer beso y una pedida de mano, hasta alguna vejación y algún asesinato− han tenido lugar.

Esta pregunta, sin embargo, parece suficientemente rica como para inspirar la nueva historia de terror psicológico de Edgar Wright −reconocido por su propositiva Shaun of the Dead, su icónica adaptación de Scott Pilgrim y por su bien aceptada Baby Driver−: Last Night in Soho o El misterio de Soho.

La película protagonizada por Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit) y Anya Taylor-Joy (The Witch, Gambito de Dama, Emma) se inserta, por un lado, en cierto halo fantasioso superpuesto a la realidad en el que percibir la presencia de gente muerta y sus historias pasadas es posible y, por otro, recoge el bagaje histórico de uno de los lugares más populares del West End de Londres: Soho, uno de los principales distritos de entretenimiento de la capital inglesa desde el siglo XIX.

De este modo, su historia nos conducirá a través del camino de Ellie, una joven aspirante a diseñadora de modas que, viendo sus sueños cumplirse, debe mudarse desde su pequeña comunidad rural al centro del histórico barrio londinense.

Será de este modo como la joven amante de la música y la estética de los años sesenta entrará en contacto, a través de su propia sensibilidad paranormal, con Sandie, una joven aspirante a cantante cuyos recuerdos y episodios de vida experimentará de primera mano.

El singular nexo transtemporal entre ambas jóvenes le revelará a Ellie el glamour y la belleza de un Soho de antaño, el Soho de las marquesinas brillantes, los grandes escenarios y los shows más asombrosos de la época. Pero, también, poco a poco, la introducirá en un cada vez más lúgubre mundo de prostitución, explotación, desolación, sueños rotos y, por supuesto, palpable horror.

Como suele ser el caso con los trabajos de Wright, la música se convierte en una pieza fundamental de la narración, entrecruzando los significados sombríos y terroríficos de su argumento con la inocente y armoniosa alegría del rock’n’roll y las baladas de décadas pasadas.

Su argumento prometerá, con sus primeras premisas, el desarrollo y el enfrentamiento frontal de una temática dura, compleja y necesitada de mayor concientización: la trata y la explotación sexual. Lamentablemente, con su transcurso, éste se quedará corto frente a tan ambiciosa empresa en favor de la experiencia propia del terror que nos propone.

De tal modo, Wright desempeñará su arte con las cualidades que tanto reconocimiento le han ganado: frescura, efectividad, practicidad, claridad y fluidez. Con la atractiva e imaginativa sensualidad de su estilo y, como nota específica de El misterio de Soho, con una intensidad abrasadora que, pronto, envolverá al espectador en una trama profundamente trágica, llena de giros argumentales.

Con ello, Wright retratará las similitudes y las distancias entre una joven del siglo XXI y una joven de los años 60s que han decidido dejar todo atrás para cumplir con sus sueños. Con la tarea encomendada que está, desde sus ojos, a la altura de sus capacidades. Sólo para encontrarse, en ambos casos pero de maneras diametralmente distintas, con el desencanto que provoca la realidad.

Y como testigo callado de ambas historias, un barrio. Una escenografía representada, primero, por un apartamento en común. Representada, segundo, por un famoso y glamoroso distrito.

Por calles, bares, fachadas, semáforos, comercios y aceras que van y vienen. Por objetos que permanecen ante las efímeras vidas de quienes los utilizan. Por escenarios neutrales que pueden ser la ocasión de las más atroces tragedias o de los más enternecedores momentos. Las calles que camina Ellie, que son las mismas que caminó Sandie. La habitación donde una sueña, la habitación donde otra no ha hecho más que sufrir y hacer sufrir.

“¿Los lugares tienen algún tipo de memoria?”, me pregunté después de ver esta película. ¿Qué recuerdos ocultan las paredes que te resguardan?¿Qué sollozos y qué alegrías vivieron el mismo suelo que vivo hoy? ¿Quién lloró aquí donde hoy encuentro una alegría inesperada?¿Qué secretos significados tienen esos escenarios sobre los que yo simplemente transcurro irreflexivo?

La respuesta nos es desconocida, quizá, en muchas ocasiones, para bien; quizá, en muchas otras, para mal. La bendición o el privilegio de la ignorancia que nos regala una tranquilidad inmerecida, talvez. La bendición o el privilegio de la inconsciencia histórica de las calles que caminas. La bendición o el privilegio que convierten en centro de entretenimiento y modernización las calles donde alguna vez alguien tuvo que rentar su cuerpo. La maldición y la desdicha de ser un olvidado tragado por el licencioso silencio de esta ciudad.

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