Libertad errante

Ya los filósofos existencialistas del siglo XX describían la libertad humana en términos de una realidad apremiante, angustiante. Porque con el hecho de ser libres conviene la necesidad de hacerse responsables de las propias elecciones, de las propias decisiones. Porque el ser libres implica que —lo reconozcamos o no— somos lo que vamos haciendo, las disyuntivas a las que nos vamos enfrentando a lo largo de nuestras vidas y los modos en los que nos relacionamos con el conjunto de fenómenos objetivos, oportunidades y escenarios con los que vamos conviviendo.

Otros pensadores y pensadoras —no necesariamente opuestos a los anteriores— acentuarán, además, que no existe tal cosa como una libertad absoluta e irrestricta; en otras palabras, que no existe tal cosa como una libertad que no se tope con otras libertades, o bien, que no tenga que dialogar con el mundo en el que se desenvuelve. Que nuestras libertades componen una especie de entramado compartido en el que las acciones de unos se relacionan directa o indirectamente con las acciones de otros. En una sentencia: que ningún ser humano es una isla y que, en varios niveles, todos interactuamos en un mismo mundo material y, más interesante aún, todos interactuamos en una misma realidad social y política.

Quizá por ello no resulta extraño que uno de los mayores retos a los que se enfrenta la primera generación crecida en el Nuevo Milenio —mi generación, la generación millennial— es el amplio espectro de opciones en prácticamente cualquier rubro de sus vidas. Mayor acceso a la información —y a la desinformación—; mayor acceso a comunidades que comparten gustos, aficiones —y hasta vicios y fanatismos—; mayor interconexión para protestar, denunciar o señalar los aspectos negativos y mejorables de su contexto sociopolítico; y un largo etcétera.

Quizá por ello la confusión, incertidumbre y falta de dirección que hasta hace algunos años se atribuía únicamente a adolescentes empieza a presentarse con mayor frecuencia en personas adultas; en sus 20s, en sus 30s, en sus 40s. Como si los cuestionamientos íntimos se repitieran cada vez con mayor frecuencia: “¿es esto todo lo que hay en el mundo para mí?”, “¿es esto todo lo que la vida tiene para darme?”, “¿cuál es mi lugar en el mundo?”, “¿cuál es mi lugar en todo esto?”, “¿dónde encuentro esa satisfacción existencial que me prometieron?”.

Porque, a pesar de este acceso a un mundo que parece ofrecerle a la voluntad cada vez más y mejor diseñadas opciones para satisfacer sus deseos más específicos, el mundo se siente cada vez más convulsionado, sobrepoblado, violento, injusto, dispar. Pesan, cada vez más, más de 2000 años de civilizaciones humanas que no dejan de caer una y otra vez en los mismos vicios —tiranías, ideocracias, fanatismos, explotaciones, marginaciones, ambiciones desmedidas y pretensiones impositivas de más y mayor poder. A pesar de que parece que cada vez existen mejores condiciones para ejercer la propia libertad plenamente, las personas parecen sentirse cada vez más insatisfechas.

El resultado es una experiencia vivencial que se torna más errática. Que con facilidad se atiene a cambios de parecer, a escenarios pasajeros, a elegir “lo que funciona hoy” en lugar de lo que construye un sentido proyectivo de estabilidad. El resultado es una historia como la de Julie, la protagonista de la nominada a los próximos Premios Oscar, La Peor Persona del Mundo del director danés-noruego Joachim Trier.

Una historia que, sin profundizar especialmente en todas estas situaciones de fondo, traza de manera acertada y elegante cómo se siente ser un treintañero en los 2020s; mejor dicho aún, cómo se siente ser una mujer adulta que busca explorar todo el potencial de las capacidades de su libertad y, al mismo tiempo, lidiar con la inquietante búsqueda de autodescubrimiento en una realidad que ofrece siempre una opción más.

De este modo, la película narra la experiencia de una joven mujer llena de vitalidad que se enfrenta a la picante intranquilidad de un ánimo siempre insatisfecho. Una adulta que va de una carrera profesional a otra —reinventando siempre quién es—, que va de una relación amorosa a otra —obedeciendo al mandato de sus impulsos sexoafectivos— y que se enfrenta a decisiones irreversibles como la maternidad o la no maternidad.

Una joven inquieta. Ávida de estímulos. Siempre intrigada por lo que hay más allá del lugar y espacio en el que se sitúa. Siempre atraída por la promesa de un lugar —una actividad o una persona— que se sienta inagotable. Escapista del aburrimiento y la monotonía. Amante de la fluidez de su existencia. Amante de su libertad. Fiel a sí misma.

Un film que reluce por su guion. Por la manera empática de tratar a cada uno de sus personajes pero, primordialmente, por la atención sugerente —a veces metafórica, a veces franca—, leal y sin prejuicios con la que acompaña los procesos personales e introspectivos de su protagonista.

Una narración cómplice que tiene más de un giro por dar. Que entrega secuencias memorables, tanto en lo dialógico como en lo cinematográfico, y que, como su esencia, privilegia la búsqueda artística de capturar a una persona en movimiento. A una mujer contemporánea de treinta años siendo. Siendo a través de sus decisiones. Siendo a través de sus deseos. Siendo a través de sus experiencias. Siendo a través de su libertad. Siendo su libertad.

Siendo una libertad que, como veían bien los filósofos del siglo XX, no puede transcurrir sin afectar las vidas de otros y no puede transcurrir más que como una experiencia angustiante. Una libertad que se toca con otras y que, en el encuentro, lo da todo de sí —tanto en los tragos amargos, como en los tragos dulces; tanto en el arrebato ilógico, como en la toma de conciencia.

Una libertad apremiante, sí. Una libertad que, a su paso, afecta las vidas de otros, también. Una libertad humana: circunscrita a contextos, a condiciones. Una libertad que carga con las consecuencias de sus decisiones. Una libertad que recoge sus frutos. Una libertad que, como es siempre el caso, se ve aventajada, rebasada y sorprendida por la realidad. Una libertad enfrentada a “las ironías de la vida”.

Las ironías de la vida de Julie y sus decisiones. De sus decisiones y las consecuencias irreversibles de éstas. De las inesperadas sorpresas que da la vida. De las lecciones no pedidas pero recibidas. De las lecciones de una consciencia humana que avanza cada vez más hacia la asimilación de la complejidad de su naturaleza.

Una consciencia que comprende cada vez mejor la relativa intrascendencia de una vida en medio de un cosmos, un mundo, una sociedad y una comunidad que resultan inabarcables; que no caben, en su infinita complejidad, en la mente de un solo individuo.

La vida de una inquieta mujer del siglo XXI a sus treinta años. De Julie, que no puede más que ser fiel a sí misma. Que, más allá de los límites de su libertad y del sentido —trascendental o no— de su existencia, descubre las fibras incontrolables de una vida humana. La vida de una adulta contemporánea, vivaz, ávida y apasionada. Que descubre el amor por la vida. Aún en su impredictibilidad. Aún en sus vaivenes. Aún en su insatisfacción elemental.

Un ser humano que descubre el amor por la vida aún en la condena angustiante que nos impone la libertad que somos. Que descubre, desde la ternura, la reapropiación de la cadena de efectos que provocamos con nuestras acciones. Un ser humano, una mujer, que abraza la valía de estar en este devenir constante —tanto del propio ánimo, como del mundo que está allá afuera— siéndose fiel a sí misma.

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