Libertad querida vs. Libertad ganada

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En algunos textos pasados ya he comentado respecto a la dicotomía política entre capitalismo y socialismo que dividió al siglo XX y movió buena parte de sus avances, retrocesos, errores y, si los hay, aciertos. Sin embargo, como he afirmado antes, creo que esta pugna ya no resulta una descripción suficiente ni precisa de los fenómenos sociales contemporáneos ni, mucho menos, propia, ni adecuada para navegar en una esfera pública que, a nivel internacional, gravita hacia nebulosas fórmulas de neutralidad que han dado pie a un “centro” aparente que detona, según defienden intelectuales tanto de “derecha” como de “izquierda”, la era de la pospolítica en la que vivimos (más todos sus nuevos vicios, perniciosas herencias y decadentes instancias).

Con todo, el recurso a esta terminología resulta necesaria como el reconocimiento de una historia compartida que necesita conocer estos dos modelos de la cosa pública para entender el mundo que tenemos y, por supuesto, para reflexionar y tratar de idear los mundos que podríamos tener una vez que seamos capaces de encontrar un nuevo modo de entender la política que supere la naturaleza contenciosa de una oposición, de facto, caduca. Una lucha cuyos términos más auténticos brillan por su ausencia y que, no obstante, formaron parte del surgimiento de un presente particularmente cambiante, agonizante y complicado.

Claro, lo anterior no es una palabra final y requeriría de una exploración mucho más profesional y mucho menos ensayística para sostenerse con plenitud. El hecho es que el siglo XXI parece moverse ya en otras directrices que, sin embargo, todavía están por revelar las bases del mundo ideológico y pragmático que han de legar.

Con este contexto previo, entonces, mi intención en este texto no es caracterizar la historia de Fred Hampton, William O’Neal y el Partido Pantera Negra, según se retrata en Judas and The Black Messiah (Judas y El Mesías Negro) del cineasta neoyorkino Shaka King, específicamente dentro de los márgenes de esta pugna política de los años 60s, sino, simplemente, atender a dos modelos de libertad apuntados por la película: una libertad querida (por el Partido Pantera Negra) y una libertad obtenida (por O’Neal y los afroestadounidenses como resultado de la muerte de Fred Hampton en 1969).

La película retrata el origen, desarrollo y desenlace de la relación entre Fred Hampton, presidente del Partido Pantera Negra en Chicago, y William O’Neal, un informante del FBI cuya traición a Hampton ocasionaría el inicio del desmantelamiento del movimiento social.

La cinta le ha valido múltiples nominaciones y premios a Shaka King (director), Daniel Kaluuya (en el papel de Hampton) y Lakeith Stanfield (en el papel de O’Neal) incluidas seis nominaciones a los Premios Óscar, cuatro a los BAFTA, dos a los Critics’ Choice y dos a los Globos de Oro (con victoria para Kaluuya en ambos casos), entre varias otras.

En estricto sentido, si bien el film es de alta calidad, construye adecuadamente las tensiones, adversidades e intrigas de sus personajes centrales y retrata de manera impactante y efectiva la lucha del Partido Pantera Negra en Chicago, no resulta especialmente propositiva como película biográfica aunque sí emocionante, enriquecedora e instructiva, entre otras cosas, respecto a las tácticas del FBI para desmantelar organizaciones sociales durante los años 60s y, más interesante aún, para comprender la profundidad con la que el socialismo pujante de la época llegó a los barrios más necesitados de los Estados Unidos y el modo en que su movimiento revolucionario global se patentó con particular violencia, convicción, tesón y coraje dentro de la comunidad afrodescendiente.

En lo técnico, destacan una apasionada fidelidad a la intensidad y potencia de los discursos de Hampton (así como un especial amor y respeto a su figura como revolucionario y luchador social), una musicalización que ayuda a formar un cuadro completo de la situación y el valor determinante que tuvo en la sociedad de su época, las formas metafóricas del film para explicar los estados y pasiones de sus personajes y, por supuesto, las actuaciones de Kaluuya y Stanfield como imágenes vivas de sus contrapartes de la vida real.

Pero entre estos aspectos y recursos, una metáfora en particular me saltó a la vista y a la reflexión, no sólo dentro del cosmos conceptual de estos hechos (es decir, dentro del contexto de la lucha entre socialismo y capitalismo propio de los 60s y, en consecuencia, propio de esta cinta) sino como una inteligente contraposición de modelos de libertad.

El primero de ellos, encarnado por Hampton, es el de una cierta libertad deseada, anhelada, querida y por la que se lucha, literalmente, a muerte. Una libertad que, en los ojos del presidente del Partido Pantera Negra, pasa por una revolución armada inspirada en el socialismo y, específicamente, en el marxismo-leninismo. Una libertad que busca igualdad, justicia y un futuro mejor para todos. Una libertad comunal aún a costa del individuo.

El segundo, el de O’Neil, resulta un modelo pragmático, incidental e inmediato de la libertad. Una libertad preocupada por la satisfacción de sus necesidades aquí y ahora, ávida de remuneración, poco preocupada por el futuro. Una libertad desinteresada por luchas sociales. Una libertad individual aún a costa de la comunidad y de las vidas de otros individuos.

De este modo, entonces, a uno le sobrevendrá la muerte. El sacrificio mesiánico de una figura capaz de reunir a varias causas sociales en una misma voz. Al otro, una vida atormentada por el remordimiento y un simbolismo de libertad provisto por unos cuantos dólares y un negocio propio (una gasolinera).

“Eres libre”, le dirá a O’Neil el agente del FBI Roy Mitchell una vez que éste entregue a Hampton. Una vez que entregue a aquél al que llamaba “hermano”. Una vez que entregue al de su propia raza. “Eres libre porque tienes dinero, un negocio y porque nos has ayudado a silenciar una voz opositora” significará Mitchell cuando le entregue a O’Neil unos cuantos dólares y un juego de llaves.

Y O’Neil fue libre en apariencia. Libre incluso para quitarse la vida algunos años después cuando se vio obligado a reflexionar sobre sus actos. O’Neil fue libre para consumir y se acabó consumiendo él mismo.

Quizá la dicotomía entre capitalismo y socialismo haya perdido ya su vigencia en un mundo que parece tener formas políticas vacías de cualquier convicción real. Quizá sea cierto que nuestra política ya no es política, que es pospolítica nebulosa y engañosa. O, por el contrario, quizá estemos eternamente necesitados de contraposiciones que nos hagan elegir un bando, algo que defender, algo en qué creer a diferencia de algo en lo que no creer.

Lo cierto es que, más allá de las figuraciones de la realidad querida y ganada que podamos hacernos, el trecho entre lo que deseamos y lo que tenemos es un hecho y esa sí que es una dicotomía irrenunciable. Esa sí determina quiénes queremos ser. Esa sí define si somos Judas o somos salvadores de nuestra época. ¿Qué preferiremos al final, las monedas y el autoconsumo o el futuro y un mundo diferente?

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