Life is unfair

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Con la llegada de Malcolm, el de en medio a Amazon Prime Video, he tenido la oportunidad de ver la serie una vez más (después de haberla visto y revisto incontables veces en las retransmisiones de la televisión abierta); aunque con una óptica diferente. Una más centrada en sus bondades técnicas y en su discurso y, por supuesto, una que busca comprender esta irreemplazable serie en su progreso narrativo.

A primera vista, un nuevo examen del show de TV se antoja imposible. Porque viene atado a recuerdos personales, porque viene atado a los años que lleva acompañándome y porque sigue formando parte de una nostalgia que, al menos en el caso de México, sigue pareciendo más parte del presente que del pasado.

Porque si algo es Malcolm, in the middle, es una serie vieja. De otra época, nacida en otro momento y que buscaba resonar en otro contexto histórico pero que, por costumbre o por calidad, sigue estando ahí, en la vida diaria de muchas personas. En el alivio cómico que muchos necesitan después de un día pesado. En su velado pero incisivo mensaje.

Y es que al revisitar la serie con un ojo más evaluador, más allá de las entrañables características de los diferentes momentos que viven los personajes en su historia, la serie sigue siendo un testimonio de una técnica de contar las historias de comedia de situación (sitcoms) que se convirtió en la pauta del Nuevo Milenio. Una manera más técnicamente ingeniosa, propositiva, dinámica y cinematográfica. Una manera más ácida, más descarada y realista, más volcada a la disfuncionalidad que a la perfección modélica y una que sigue reflejando en pantalla a las personas que luego encontramos en nuestras propias vidas.

A pesar de que la serie tiene 20 años de haberse estrenado, sigue robándonos risas, compartiéndonos momentos familiares emotivos, mostrándonos su pertinencia y acompañando las tardes de la gente, en especial en Latinoamérica. Pero ¿por qué?¿qué hace a esta sitcom insustituible en el gusto del público?¿qué la hace emular el cariño, la pertenencia y la cotidianidad que sólo shows como Los Simpsons habían logrado ganarse antes? La respuesta, me parece, es su franqueza. Su realismo. Su cercanía. Su capacidad de retratar con humor la trágica máxima que antecede a cada episodio: life is unfair (la vida es injusta).

Porque precisamente eso es lo que caracteriza el reiterado discurso de que ni la rectitud de Lois, ni las buenas intenciones de Hal, ni los discursos motivacionales y la condición de líder nato de Francis, ni la inocencia de Jamie, ni la pulsante torpeza de Reese, ni la prontitud para la fantasía de Dewey, ni la inteligencia superdotada de Malcolm pueden ganarle a un simple hecho de la vida: la vida es injusta.

Todos los esfuerzos, todas las empresas y todas las grandes intenciones de esta familia se ven truncadas tarde o temprano. Nunca llegan a una fruición. Convirtiéndolos, de inmediato, en los perfectos personajes de una comedia; porque nada nunca sale a su favor. Porque siempre tienen las de perder por una u otra razón.

Si acercamos nuestra atención a los elementos que conforman el singular ecosistema de Malcolm y los suyos nos encontramos con todos los elementos de una tragedia. Contada como comedia, por supuesto, pero no por ello menos punzante y dura. Trágica, simplemente, por que nos presenta los hechos mismos. Los desbalances de una vida de carencias. Los desbalances de una familia que carga con problemas de raíz. Los desbalances de las condiciones predeterminadas en las que nacemos.

Malcolm, con el identitario dramatismo del joven genio, verbalizará estas condiciones como «una vida en constante sufrimiento». Refiriéndose a una cotidianidad que fluye sobreviviendo a infranqueables obstáculos y sobreviviendo a un sistema que, la serie no se cansa de reiterarnos, parece estar construido para que los esfuerzos de unos resulten más valiosos, eficientes y efectivos que los de otros. Con él y su familia, siempre formando parte de esos “otros” en desventaja.

Porque justo ahí es donde se inscribe la comedia de la trágica vida de Malcolm. En las injusticias que vive la clase media-baja. En la vida ahogada, menospreciada y menoscavada de algunos que afrontan un mundo que, aún si son los mayores genios o los mayores tontos, no está hecho para verlos con orgullo y admiración. Por el contrario, un mundo listo a descartarlos. Un mundo listo a mantenerlos en su posición, o bien, a empeorarla.

Ese, estoy seguro, es el eco que la serie sigue teniendo en la región latinoamericana y en México tras dos décadas de haber sido creada. Porque si algo nos es patente acá es la diferencia. La distancia invisible pero presente de las clases sociales. Los muy distintos modos de vida de unos y otros. La necesidad de adaptación que ejercitamos en el día a día de nuestras ciudades y pueblos volátiles que lo mismo se expresa para el asalariado que para quien costea, con urgencia, su supervivencia desde la informalidad y la incertidumbre.

Y es ahí donde Malcolm, el de en medio se torna optimista. En la idea de que toda esta estructura trágica-silenciosa que se convierte en el escenario de los memorables episodios cómicos que nos narra, eventualmente, se traducirá en un cambio. Uno para Malcolm y su familia, sí, pero sobre todo, uno para toda la sociedad de quien conociéramos como un brillante niño lidiando con su transición al salón de clases para superdotados.

De ahí que su episodio final me parezca tan lúcido. Incomparable e insuperable. Sintetizador. Coherente con la serie y sus personajes. Un final perfecto y congruente con lo que la serie profesó durante sus 7 temporadas pero que, al tiempo, nos revela de manera patente lo que esperábamos de antemano: sí, el éxito le llegará a Malcolm, pero no aquí, no ahora, ni de manera fácil. La vida de tranquilidad, estabilidad y admiración tendrá su momento, pero no será parte de esta historia. Será, acaso, parte de un epílogo que sólo nos queda imaginarnos.

Así, la maternal, directa y sabia voz de Lois dirá al protagonista de la historia: “serás la única persona en ese puesto a la que le preocupen personas como nosotros; hemos carecido de oportunidades durante miles de años, y en lo personal estoy cansada, ¡tú vas a ser presidente, Malcolm, y no se diga más![…] sabes lo que es ser pobre y sabes lo que es trabajar, ahora sabrás lo que es barrer pisos y romperte la espalda, lograr el doble que todos los que te rodean; y no significará nada porque te seguirán viendo menos […] se ennoblecerá tu corazón, abrirás los ojos y al fin te darás cuenta de que la vida es más que demostrar que eres el más inteligente del mundo. Lo siento, Malcolm, no irás por el camino fácil […]”.

En otras palabras, «lo siento, Malcolm, la vida es injusta”. La vida es injusta pero aún quedan oportunidades de arrebatarle alguna alegría, aún quedan oportunidades para hacerla algo mejor. Algo que no será mejor si es sólo para ti. Algo que es sólo mejor si es también para otros; para los que vienen. El sufrimiento, la desdicha y las vicisitudes encontrarán su momento de redención y de justicia en un futuro que, nunca lo sabremos, puede simplemente no ser.

La vida es injusta porque no está dada para nuestras exigencias y gustos. Porque no se elige dónde se nace. Porque aparecemos en este juego que ya tiene sus reglas y que parece caminar sin que nosotros podamos más que ceder ante sus estructuras. Porque existen muchas variables en nuestras vidas que están ya dadas mucho antes de que aparezcamos aquí.

Pero afortunadamente nos queda una esperanza. La del ingenio. La de la dedicación. La de la astucia. La del trabajo. Pero, más que cualquiera de éstas, la de la perseverancia. La esperanza de que la colección de tramas, tragedias y comedias (voluntarias o involuntarias) que somos un día pueden arrebatarle algo de justicia a una existencia que no está hecha para nuestros términos ni para nuestras condiciones.

Una vida ante la que nos quedan los nuestros (aunque no siempre seamos felizmente funcionales con ellos). Una vida ante la que ni la rectitud, ni la intención, ni el liderazgo, ni la inocencia, ni la torpeza, ni la fantasía, ni la genialidad ganan. Cierto. Pero una vida que se las tendrá que ver contra el más íntimo sustrato de nuestra condición de existentes: nuestra voluntad de vivirla. La inextinguible llama de nuestro ser que todos los días puede disponerse a levantarse e intentarlo una vez más. La máxima hipermoderna de que el Ser tiende a mantenerse en el ser. La máxima siempre vigente de que un férreo, insistente y perseverante acto de voluntad siempre podrá plantarse ante una vida injusta.

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