Los cínicos.

Publicado en Diario Imagen el 26 de febrero de 2020.

A la muerte de Sócrates en el siglo IV a. C., sus discípulos exploraron por diversos medios conceptuales sus enseñanzas enfatizando de diferentes maneras los elementos principales de su filosófica vida. Entre ellos, como es natural, surgieron quienes idealizaron su figura en la construcción de complejos sistemas de la realidad inspirados en la visión del maestro y hubo quienes buscaron reducirlo a sus hechos, a sus prácticas y las enseñanzas concretas de su coherente vida.

Así nacieron los cínicos, una escuela filosófica de inspiración socrática de la época helenística que tomara su nombre de la palabra griega κύων (kýoon), perro. Fundados en las enseñanzas de Antístenes, quien conociera en vida al propio Sócrates, y representados de manera paradigmática por Diógenes de Sinope, después conocido como Diógenes “el Cínico” o Diógenes “el perro”.

Grupo de pensadores que llegara a mi mente a propósito de El Llamado Salvaje, producción de Disney y sus recién adquiridos 20th Century Studios basada en el libro (con tintes autobiográficos) del mismo nombre escrito por Jack London en 1903.

La película, como la novela, sigue la historia de Buck, un perro de amplias proporciones criado en el seno de una familia acomodada de California que un día es robado de sus dueños para ser vendido como perro de carga en Alaska. Sus experiencias lo irán acercando más y más a la intimidad de su animalidad y de su instinto pulsante; llamándolo, poco a poco, al encuentro con la más primitiva de sus naturalezas en la que, irónicamente, encontrará la más patente de sus realizaciones. Todo ello garantizado, en su adaptación fílmica como en su versión literaria, por una empática e imaginativa narración.

Acaso en su versión fílmica con el defecto de recargarse “excesivamente” en el CGI, como han dicho algunos críticos; pero que, a mi parecer, usa la animación por computadora como un recurso justificado para dar vida al diseño de un canino como un auténtico héroe movido por su instinto y por el recurrente tópico (y casi que hecho empírico) de la inocencia absoluta y moralidad pura de los seres vivos no humanos.

Puesto así, podría parecer absurdo hablar de la vida interna de un perro; porque es quizá un tema debatible, porque es quizá la romantización de una experiencia puramente perceptiva, porque es quizá la humanización de un animal. Lo cierto es que la premisa de esta historia funge como un paralelo indirecto entre la vida de un animal domesticado y una crítica velada a la vida del ser humano contemporáneo que se ha asentado sobre la domesticación de sus impulsos animales.

No porque esta domesticación de nuestro ser sea absolutamente inadecuada (pues además de seres animales somos seres humanos) sino porque en la concesión que hacemos cada día a nuestras convenciones sociales, industriales y urbanas parecemos darle cada vez más la espalda a nuestras condiciones primigenias, a nuestra plenitud como seres vivos y a nuestro contacto directo con la naturaleza; con otros seres vivos, con maravillas construidas por la naturaleza durante siglos y con todos esos elementos físicos de la realidad que han estado ahí por miles de años y que ahora nosotros reducimos bajo el mote de “recursos naturales”.

“Recursos” como si estuvieran ahí para nuestro deleite, como si estuvieran dados y garantizados de por vida, como si no viviéramos en el riesgo de un día despertar y ya no encontrarlos (nuestros árboles, nuestros animales, nuestra vegetación, nuestros ríos, nuestros lagos). Como si al decir que son “nuestros” dijésemos que tenemos alguna propiedad y dominio sobre ellos, en lugar de reconocer que son “nuestros” porque son familiares a nosotros, porque están hechos de lo mismo que nosotros o, mejor dicho, porque nuestra evolución y desarrollo estuvo provisto por las condiciones de posibilidad que ellos (plantas, animales, ríos, lagos, montañas, ventiscas, mares, etcétera) son de nuestra existencia.

Y es ahí donde cabe hablar de los perros antiguos. De los cínicos. Un grupo de filósofos caracterizados por su defensa de la sabiduría de la naturaleza a la que atribuían todas las condiciones para la felicidad humana, para la auténtica libertad y para la ruptura con el reinado de las necesidades artificiales creadas por las convenciones sociales.

Un grupo de filósofos que suele ser referido por sus irreverentes anécdotas; como aquella en la que Diógenes visitó la casa de un hombre de mucho dinero que, al ser advertido por éste de no escupir en sus caros pisos, recibiera un escupitajo del filósofo en la cara. O aquella ocasión en que, al encontrarse el filósofo descansando en el suelo del Ágora (plaza central) ateniense, recibiera la visita de un poderoso, rico y famoso Alejandro Magno, admirador del cínico, quien le dijera “Pídeme lo que quieras”, a lo que “el perro” respondería “Que te quites porque me tapas el sol”.

Simbolizando, con estos gestos y muchos más que se pueden leer sobre ellos, su desdén y desprecio a los bienes buscados por la mayoría de las personas y dotando, con dichos desplantes y francas (pero filosóficamente sustentadas) groserías, a la palabra “cínico” de la connotación que hoy heredamos en nuestro español (i.e., como alguien desvergonzado, impúdico y hasta procaz).

“Una filosofía que ya se ve que no tiene mucho fondo”, recuerdo haber escuchado de boca de una de mis profesoras alguna vez. Quizá. Una filosofía que, no obstante, tiene de cierto que somos más cercanos a la naturaleza de lo que solemos reconocer y que muchas veces erigimos a nuestros constructos sociales y nuestras necesidades artificiales, adquiridas y superfluas como muros que nos impiden ver el modo en que la fortuna nos sonríe con más vida (vegetal, animal, etcétera) a nuestro alrededor.

Una filosofía que nos recuerda que existe un real llamado de lo salvaje en nosotros que, lejos de ser un llamado al descontrol absoluto de nuestros más bajos instintos, es un llamado a reconocernos naturaleza, reconocernos dependientes de otros seres vivos y otros modos de vida. Reconocernos responsables de aprender a convivir con ellos de manera sana y provechosa para todos. Reconocernos, al menos en esto y en el más positivo de los sentidos de la palabra, necesitados de un poco más de cinismo.

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