Los coros, la máscara y la peana

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El mundo del cine está ya colmado de premiaciones que, como es de esperarse, obedecen a diferentes enfoques e intereses dentro de la vasta industria que es el entretenimiento hoy por hoy. Así, hay premios nacionalistas o regionalistas, comerciales, culturales, políticos, tecnológicos, ideológicos y un largo etcétera.

Dentro de este cúmulo de perspectivas, sin embargo, hay cierto consenso artístico que rodea al Festival de Cine de Cannes como una de las más importantes celebraciones, en Europa y el mundo, del cine, su Historia y sus nuevas propuestas.

En ese contexto y tras un 2020 sin festival, el pasado julio, Annette del director francés Leos Carax se destacó como una de las propuestas más aclamadas de este festejo, pero también, una de las más controversiales, generando críticas favorables en lo general, pero haciéndose de un numeroso grupo de detractores.

La razón de esta polémica está ligada con la naturaleza retadora y siempre sorprendente del trabajo del cineasta francés   —que ganaría el Premio a Mejor Director de este certamen con este film. Es decir, se desprende del éxito (o fracaso) de la convicción de Carax por construir experiencias cinematográficas inesperadas para el espectador, inquietantes y poco convencionales. Del uso del francés de los recursos de este medio artístico para provocar a las audiencias, por un lado, y, por otro, cuestionar los lugares comunes y límites del séptimo arte.

De esta manera, pues, con Annette, Carax replantea en términos propios y desconcertantes los usos, restricciones y convenciones del género musical en el cine. Construye un musical en toda regla con vistas a ser un contra-musical. Un  musical que no se obsesiona con el preciosismo de su romance central y que más que embellecer e idealizar las formas con las que se construye un mundo de la farándula y el talento histriónico, desnuda la decadencia de su sobreexplotación mediática y los impedimentos que interpone en las relaciones entre artistas y público, artistas y artistas y, en este preciso seno, los obstáculos que entorpecen la franqueza del amor entre una esposa y un esposo.

Annette sigue la historia de amor entre el ácido, oscuro y calculador comediante y standupero Henry McHenry (interpretado por un inmejorable Adam Driver) y la idolatrada, angelical e intuitiva actriz y soprano Ann Defrasnoux (Marion Cotillard). Pronto, su publicitada, apresurada y aparentemente perfecta relación se verá conflictuada por el carácter destructivo y machista de McHenry que llevará a la “pareja del año” a un trágico declive; no sin antes traer al mundo a una heredera de su dolor y sus malas decisiones: Annette.

Annette, que se convertirá en la receptora e indirecta continuadora de los vicios familiares; Annette, que se convertirá en el objeto de la obsesiva necesidad de gloria de sus padres; Annette, que simbólica y literalmente será un títere.

Y es allí donde lo contraintuitivo de Annette inicia. Con la elección de Carax de poner como protagonista de su película a un títere de madera en el papel de una niña de carne y hueso. Elección que será suficiente para que muchos espectadores abandonen el barco de este film, o bien, la elección que ayudará a redondear la premisa de esta propuesta hecha por el cineasta francés.

Porque al frente de las capas de crítica, mordacidad y reto anárquico que este contra-musical lleno de contagiosas y hondas melodías (a cargo del dúo de rock Sparks) nos plantea, el director francés hace manifiesta la hechura ficticia del film. La condición artificiosa, entretenedora, pasajera y estimulante. La cuarta pared hecha consciente para estudiar la ficción que abraza, inunda y sostiene al histrionismo.

Una falsedad replicada mediáticamente, magnificada por micrófonos, cámaras y flashes. La falsedad que pide el escenario para hacer reales sus historias ficticias. La falsedad que procura el escenario como barrera entre un público y la persona detrás del personaje de ficción. La falsedad que hace imposible saber, a ciencia cierta, quién está detrás de la hermosa voz que me envuelve hoy con su sonido; quién está detrás del chiste que hoy me hace doblar el abdomen a carcajadas; quién está detrás de la interpretación musical, película u obra de teatro que me conmueve hasta las lágrimas.

En cierto sentido, el intento rebelde y punk de Leos Carax por desarticular y cuestionar las convenciones del musical con Annette es profundamente clásico. Tan clásico como la mentira que es la ficción. Tan clásico como la falsedad de los personajes que dependen de un escenario para existir. Tan clásico como los coros, la máscara y la peana.

Los coros y la música han acompañado a las representaciones ficticias desde el principio, desde las épocas de la Grecia Clásica en las que aparecían como acompañantes de una trama y, constantemente, como recursos enfáticos y explicadores de lo que sucedía en la puesta en escena. Los coros neutros, de toques villanescos o salvadores por igual. Relatores de la acción, magnificadores de las emociones y los efectos retóricos de una historia.

Lejos de aquella ensoñación de la música del Hollywood clásico que pinta con rosas, pasteles, fantasías y farándulas aún a sus tragedias, aún a sus histriones, aún a sus directores, productores y guionistas. La música de la máquina de los sueños que se convierte en la primer barrera entre algún tipo de autenticidad (genuina, conflictiva, chocante) y el cine que han abrazado las masas.

Y luego está la máscara del actor de la Antigua Grecia. Aquella por la que hombres se tornaban en diosas, campesinos y hasta animales. Esas que escondían el verdadero rostro de quien noblemente presta su cuerpo para darle vida al espíritu de un ser inexistente de otro modo. Las máscaras que podían convertir en un total desconocido al artífice de una lección de vida, un sentimiento inolvidable o un episodio tan íntimo como cualquiera de nuestra propia vida.

Lejos del escenario extendido de nuestros actores contemporáneos, incapaces de enfrentarse a la vida real sin padecer su propia celebridad. La máscara que ha dejado su hogar en los teatros y detrás de las bambalinas para convertirse en un aditamento más de la personalidad. La máscara que usa todo aquél que se haya puesto una cámara enfrente para sonreír, llorar, gritar, o lo que sea. La máscara que día a día diluye las fronteras entre escenario y vida real, entre personaje y persona. La máscara que extiende la ficción más allá de los límites de un telón. La máscara que entorpece el simple y revolucionario hecho de ver a alguien a los ojos; el simple y trascendental hecho de comunicar la propia alma con sinceridad. La máscara extrapolada, extendida y protectora que nos impide ser vulnerables y que entorpece, con cada ficción, con cada mentira, con cada realidad aumentada, cualquier intento insipiente de intersubjetividad genuina.

Y por último, la peana del títere. La base de palo o palos que hacía móviles a los primeros muñecos de tela y papel de la Grecia Fundacional de Occidente. La base de madera que evoluciona, con el tiempo, a los conocidos controles e hilos que parecen dar vida a figuritas multiformes.

La peana de las marionetas, las primeras hijas de la reproducción endogámica entre la ficción y el escenario. Las artífices de lo increíble, de lo imposible para la carne y los huesos. Las artífices del sueño animado, de la ilusión que se convierte en educación emocional (ya sea a través de princesas, ya sea a través de héroes de historieta). Los primeros bocados de la fantasía que alimenta la expectativa que, más tarde, la vida se encargará de desmentir.

Y, sin embargo, aquí estamos escribiendo, leyendo y hablando sobre películas de ficción. Sobre “mentiras que nos gusta que nos digan”. Sobre suposiciones, episodios y artefactos narrativos que escapan a lo diáfano, a lo transparente. Sobre creaciones propositivas, inquietantes y azuzadoras que desde el artificio consciente de que es artificio nos piden volver a la realidad para atestiguar cómo, acá también, todo va siendo devorado por ficciones extendidas, extrapoladas e insaciables. Cómo todo va sucumbiendo al revestimiento seductor de la mentira lisonjera, la fantasía adictiva y la esperanza infundada.

Ya en la Grecia Clásica, unos tales filósofos habían hablado de máscaras, peanas, coros, músicas, falsedades y representaciones. Ya ellos valoraban la enriquecedora y cautivadora gracia de todas estas expresiones como acompañantes de la experiencia humana; como escenarios hipotéticos y hasta como medios de difusión para impulsos de verdad mucho más valiosos.

Lejos estaban los años de la hiperestetización de la realidad. Los años de la inmediatez, la satisfacción momentánea y las realidad virtualizada. Lejos los años de Hollywood, sus Avengers, sus blockbusters, sus proclamas de reflector, sus dineros obscenos, sus compañías hegemónicas, su megaindustria ineludible.

Qué lejos estaban de los primeros filósofos los Cannes, las Venecias y los Óscares pero qué cerca estaban los coros, las máscaras y las peanas exigiendo ser pensadas. Tan lejos de la verdad y tan cerquita de las ficciones.

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