Desde el pasado 2008, el poeta que Octavio Paz llamara “el más inspirado de su generación” desapareció sin dejar ningún rastro de sus motivos, intenciones ni posible paradero. Para algunos, al vivir por muchos años como un nómada fiel al devenir del día y la noche, fiel, también, al caos y al impulso; su ausencia es un sinónimo de una muerte anunciada en la vida de trotamundos que se propuso. Para otros, como el periodista regiomontano Diego Enrique Osorno, su silencio es un acto de vitalidad que, ahora, de la mano de su documental Vaquero del mediodía, sirve de ocasión para reivindicar el singular lugar que la rebelde y afirmativa vida de Samuel Noyola abrió para un genio poético insustituible.

Presentada en la edición 2019 del Festival Internacional de Cine de Morelia, posteriormente nominada al Premio Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias de la Cinematografía y recién llegada a Netflix, la obra documental de Osorno sigue la investigación formal emprendida por el escritor de Monterrey para esclarecer lo sucedido con una de las figuras de la literatura mexicana que cambiara su vida y decantara su oficio.

El trabajo resulta intrigante, simbólico e ilustrativo sobre la escena de las Letras Mexicanas a mediados de los 80s y principios de los 90s pero, más que todo, resulta un llamativo testimonio sobre un modo específico de convertir el arte en forma de vida.

Un testimonio del camino con el que Samuel Noyola se resistiera a conceder algún asentimiento a un status quo cualquiera. Un testimonio de sus radicales procederes y sus efectos. Un testimonio de los rostros y las voces que, en su ausencia, su desaparición y su silencio, aún esbozan la clara faz de un artista convencido de su misión existencial.

Una muestra de cierto mito del poeta (cabría decir, incluso, del artista o del humanista), dirán algunas de estas voces. Una muestra de la decadencia emocional y vivencial que se va cavando cuando se sigue el camino de la calle, del vagabundear, del alcohol y de la supervivencia, implicarán otras de ellas. Una muestra de lo que sucede con el artista valiente y vanguardista que se atreve a sondear los territorios inexplorados de la existencia humana, acordarían todas.

Desde las dolorosas raíces en su infancia, hasta un adolescente impulso de guerra y autodescubrimiento. Desde una carrera como un protegido del único mexicano ganador del Premio Nobel de Literatura hasta la fecha, hasta un ocasional, furtivo y misterioso compañero de juergas nocturnas extendidas hasta la madrugada. Desde una figura rodeada de mitos, pasiones, simbolismos y delirios nostálgicos, hasta la certidumbre del grávido impacto de la poesía precisa en la métrica y en el léxico. Desde el mito que sostiene al inaprehensible humano detrás del poeta, hasta la fría objetividad de la ausencia de Samuel Noyola.

Un juego de superposiciones entre el genuino esfuerzo de vagabundos que intentan hacer sentido de un rostro desconocido pero reconocible y las palabras francas, llenas de recuerdo, directas y desenfadadas con las que describen a Samuel quienes lo conocieron (quienes lo quisieron y hasta quienes lo odiaron).

Un grupo de trazos aparentemente inconexos que, con la lucidez que regala la incertidumbre, se posan sobre una figura atestiguada por sus letras. Por sus poemas. Por sus convicciones. Por sus derrotas. Por sus logros. Por sus delirios. Por sus ilusiones. Por su carácter. Por el misterio que encarnan. Por la forma precisa de una huella imborrable.

Y detrás del documento, del testimonio audiovisual, una pregunta concreta que permanece: ¿qué habrá sido de Samuel Noyola? Y detrás del documento, del testimonio audiovisual, una pregunta abstracta que retumba: ¿sólo en la absoluta rebeldía y en el absoluto desprendimiento se vive de verdad el arte, la vocación humanista?

Porque detrás del caso concreto, están los otros casos. Porque detrás de este hombre, están todos los que viven, con él, la desazón, el abandono, la soledad, la invisibilidad, el repudio de la sociedad. Están los vagabundos de la calle, pero están también los que retan a su supervivencia por sabe Dios qué razones que los impelen a escribir, a sondear, a preguntar, a sentir.

Porque la criticable inmediatez se revela capaz de ser satisfecha, pero el incomprensible espíritu del filósofo, el poeta y el que persigue algo real y verdadero se revela siempre inacabado, siempre inquieto, incapaz de encontrar paz para su impulso de sentir, de saber, de vivir, de crear. Vagabundo. Trotamundos. Ausente. Silente. Como Samuel Noyola.

Y, entonces, por su propio peso cae la inquieta pregunta: ¿quiénes son los verdaderamente felices? ¿Los que desaparecen o los que no hacen más que reiteradamente presentar el propio orgullo?¿Los que encuentran en el ocio la libertad del genio o los que encuentran en el ocio la afirmación de modelos de honor y perpetuidad antiociosa? ¿Los que se atreven a caminar por los litorales de la existencia, el arte, las humanidades y la aparente prudencia o los que abrazan la productividad que satisface a la inmediatez?¿Los sedentarios productores de bienestar o los artistas y humanistas nómadas de espíritu?

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