Los límites de una representación incluyente

Uno de los discursos preponderantes en la industria del cine contemporánea es el de la representación incluyente de la diversidad a través de productos de entretenimiento. El razonamiento parte de un diagnóstico —verdadero— que señala con espíritu revisionista a la Historia del Cine —y, en general, la Historia de la Cultura— desde el ángulo de sus protagonistas hegemónicos, a saber: protagonistas de cierta condición social, racial y cultural que aparentan representar la totalidad de las vivencias de la humanidad.

En otras palabras, el diagnóstico detrás de esta renovadora tendencia tiene que ver con la voz que durante décadas —siglos— se ha privilegiado como sinónimo de “la voz del hombre, la voz de la humanidad”; en específico, con la manera en la que describir artísticamente —y representativamente— al mundo a través de un sólo lado de la moneda, de hecho, invisibiliza las realidades diversas, múltiples y complejas que confluyen en la realidad de nuestras sociedades y culturas.

Uno de los bastiones de esta agenda comercial-artística-social ha sido The Walt Disney Company y sus múltiples casas productoras; Lucasfilm, Pixar, Walt Disney Studios, Walt  Disney Animation Studios y, por supuesto, Marvel Studios. Todas ellas realizando constantes y variados esfuerzos para extender el espectro de experiencias humanas representadas a través de sus trabajos; puntualmente en lo que toca a las comunidades afroestadounidenses, LGBTTTIQA+, chinodescendientes, latinodescendientes, etc.

Estos esfuerzos, aseguran algunos, responden meramente a una estrategia mercadotécnica que busca ampliar los públicos adeptos a los productos de entretenimiento de la compañía de ya casi cien años de existencia. En el fondo, el interés no apuntaría, según ellos, a un verdadero espíritu empático, divulgador, sensibilizador y visibilizador tanto como a un interés pragmático reflejado en taquillas.

El caso más reciente de estos productos que favorecen al discurso de una representación incluyente se encuentra en la esperada nueva entrega del MCU, Black Panther: Wakanda Forever o Pantera Negra: Wakanda por siempre dirigida por Ryan Coogler y enfrentada a la pérdida de su icónico, carismático y simbólico protagonista, Chadwick Boseman.

La primera entrega de la saga dirigida por Coogler fue elogiada como una de las mejores películas en la historia del Universo Cinematográfico de Marvel. El motivo: su discurso en guion y estética inspirado en el afrofuturismo, su enganche natural con la comunidad afroestadounidense, su implícita representación de las dos principales escuelas estadounidenses de la lucha por los derechos civiles de las comunidades negras —a saber, el ángulo pacifista de Martin Luther King, representado por T’Challa, y el ángulo reaccionario de Malcolm X, representado por Killmonger— y su particular relación con el contexto sociocultural de 2018 —su fecha de estreno— en los Estados Unidos. El trabajo catapultó a Boseman como una figura clave de la cultura afroestadounidense y lo transformó en algo así como un embajador honorario de la raza negra. Se ganó, incluso, siete nominaciones a los Premios Oscar de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias de la Cinematografía.

Con todo ello como bagaje, entonces, la llegada de la secuela de esta exitosa franquicia tenía, por un lado, unas expectativas muy grandes que satisfacer y, por otro, un cúmulo de requerimientos comerciales que cumplir para la cara más reciente de las cintas de Marvel Studios —cintas ampliamente cargadas a la comercialización, trivializadoras de la trama, exponentes de una fórmula reiterada, conectadas siempre con futuras entregas y, en resumen, films de ejecuciones variables e inconsistentes que han decaído en calidad pero que se han mantenido como éxitos insuperables en taquilla.

El resultado es una película que ya se ostenta como una de las más taquilleras del mes de noviembre en la Historia del Cine y que, en las opiniones de crítica y público, se ha tornado polarizante pero, eso sí, claramente inferior a su antecesora.

Su primer reto es homenajear y despedir a dos personas: Chadwick Boseman, el actor, y Black Panther, el personaje. Al respecto, el trabajo de Coogler es profundamente respetuoso con Boseman y su muerte como consecuencia del cáncer de cólon; sin embargo, malabarea con el legado de la Pantera Negra que, por un lado, debe pasar la estafeta sin la presencia de su relevo previo y que, por otro, debe devolver a la acción, de inmediato, al personaje que ya está comprometido con los próximos pasos del MCU.

El segundo es justificar la llegada de entre cuatro y seis nuevos personajes: la nueva Pantera Negra, las Midnight Angels, Iron Heart y Namor. Al respecto, la película centra su atención por momentos en unos y otros; unos justificados medianamente, otros guiando la trama y otros que se sienten gratuitos. Resuelve, notablemente, con el desarrollo de su nueva protagonista y en la introducción turbulenta de una reinterpretación del icónico submarinero de Marvel.

El tercero, el que queda al fondo y acaso olvidado, es el de mantener algún nivel de consistencia con la calidad de su primera entrega. Al respecto Coogler hace un claro esfuerzo que, finalmente, cede a las necesidades comerciales de la franquicia pero que deja en el camino algunos encuadres notables y un espíritu general de esfuerzo comprometido.

La película sigue a Shuri, princesa de Wakanda y hermana de T’Challa, como la nueva protagonista principal del destino de Wakanda, su reinado y la nueva ausencia de su protector natural, Black Panther. Allí, la heredera al trono deberá enfrentar la llegada de una nueva civilización milenaria y misteriosa que amenazará, en más de un sentido, la posición mundial de Wakanda y su espiritualidad y que, incluso, retará el concepto mismo de la nación futurista con una recién descubierta vecindad; la vecindad del desconocido reino submarino de Tlalocan, hogar de Namor.

En los cómics, el personaje de Namor es una especie de equivalente marvelita del Aquaman de DC; uno de los personajes más sabios del Universo, miembro de los Avengers y los Iluminati, entre otros superequipos. Además de actor clave de varias tramas importantes de las historietas y el primer mutante oficial de las páginas de la compañía.

En la película, la adaptación se inscribe en la lógica de una representación incluyente que, ahora, desde la exitosa grandilocuencia comercial de Marvel Studios, voltea a los mexicanos. En específico, a las culturas indígenas que preexistieron a la mexicanidad. Concretamente, a un híbrido de motivos mayas y aztecas recogidos en el nombre Tlalocan —el paraíso regido por Tláloc, según los aztecas— y en la lengua maya que hablan —en su versión regional de la Península de Yucatán.

El esfuerzo de representación, hay que reconocer, es comprometidísimo. Preocupado por recoger motivos, estéticas y particularidades cercanas a fuentes historiográficas reconocibles. Un esfuerzo respetuoso y visibilizador que apunta en la dirección de las culturas autóctonas de nuestro país —mismas que, con penosa regularidad, invisibilizamos nosotros mismos como mexicanos.

Sin embargo, ésta representación no puede evitar darse en los términos de quien la construye, en este caso, en términos de la cultura estadounidense, sus ideologías, sus percepciones y una que otra confesión inconsciente de sus miedos.

“Estas personas son problemáticas”, dirá Shuri para referirse, en algún punto, a los vecinos del sur de Wakanda. “Sus hogares son bellos pero están cegados por una sed de venganza”, reafirmará. La pesadilla wakandiana se hará realidad cuando los tlalocanos invadan la ciudad capital de “el país más poderoso del mundo”; la revelación de que hay otro país igualmente poderoso o, cuando menos, amenazantemente poderoso a la distancia de un cuerpo de agua le robará la tranquilidad a los wakandianos. El miedo-admiración a su riqueza cultural, incomprensible, inaprehensible, inconmutable, los llevará a convenir un tibio “ríndete”.

La rendición que, históricamente, carga con la semántica de la esclavitud y el señorío —la misma que justificará nociones como la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo y que aparecerá en filósofos diversos como John Locke, Aristóteles y otros—; la rendición que, finalmente, cristalizará una tregua acordada en los términos de “yo, el país más poderoso del mundo, te protegeré y cuidaré tus intereses siempre que tú te rindas ante mí”.

Por si no es absolutamente obvio hasta este punto, una de las lecturas que se le puede dar a la vecindad compartida entre Wakanda y Tlalocan es la de una analogía de las fronteras compartidas por México y Estados Unidos. Es, consciente o inconscientemente, una declaración de aceptación y representación incluyente que, sin embargo, no puede evitar ser profundamente estadounidense en sus puntos determinantes.

Quizá una representación casual —pero profundamente honesta, por inconsciente— del modo en que la inclusión percibe a una de sus fronteras más cercanas como una de las más distantes en los términos de sus capacidades. Quizá una pieza de propaganda calculada y meticulosamente ideada que, irónicamente, vende a los emparentados con Namor la idea de que forman parte del equipo aunque, después, les pida a cambio hacerlo en los términos de la rendición.

Comoquiera, queda en el tintero la pregunta por la representación incluyente en la industria cinematográfica y la cultura popular: si de verdad se logra a cabalidad o en qué medidas se está realmente alcanzando. Queda preguntarse si es preferible alguna representación incluyente —con todo y sus discursos parciales, sesgados e inacabados pero bienintencionados— a ninguna representación que vea más allá del ser y del yo de quienes ostentan posiciones privilegiadas en la hegemonía cultural.

Personalmente siempre he sido de la idea de que, aunque defectuosos y equívocos o descaradamente movidos por afanes comerciales, estos esfuerzos de inclusión sirven como un paso para poner en la mesa discusiones que, de otro modo, requerirían de rincones diferentes de la cultura para debatirse. Creo que es cuestión de aprovechar el esbozo de escalón que son para ayudar a construir la escalera —cuando menos la escalera temática, dialógica, reflexiva y, ojalá, filosófica.

Sin embargo, es imposible notar que la representación incluyente que nos rodea hoy en día sigue siendo un esfuerzo incompleto. Un esfuerzo que dice querer ver más allá del solipsismo cultural pero que, en el momento de decisión, se decanta por los discursos de siempre.

En suma, un esfuerzo comprometido por representar lo otro, lo diverso —lo que está más allá de la frontera de mi yo—, que parece servir más como una demostración de los límites que aún hoy carga una representación incluyente nacida en Hollywood.

Al final, como toda tarea humana, alcanzar el objetivo de una representación genuinamente incluyente es un proceso que necesita tropezarse antes de poder caminar y por algún lado hay que empezar…

Si quieres mantenerte al tanto de nuestras publicaciones semanales regístrate en el siguiente botón:

Contenido relacionado:

Steven Spielberg Los Fabelman The Fabelmans explicacion oscars David Lynch Paul Dano Gabriel LaBelle Michelle Williams
Editorial

Entre el arte y la familia: donde nace el autor

Quizá por el surgimiento de relativismos, perspectivismos y subjetivismos como el lenguaje idóneo de las atracciones de la cultura popular, quizá como un espíritu revisionista de los finales del siglo XX o quizá como una genuina intención de volcar la propia historia personal en la propia creación artística, películas como Roma, Bardo, Belfast, Licorice Pizza y Once Upon a Time in Hollywood han alimentado una tendencia reciente de cineastas galardonados por dedicar su cinematografía a compartirnos episodios, atmósferas y autoficciones personales que subliman en cine experiencias clave para sus personalidades y para sus talantes artísticos.

A la lista se suma el determinante e ineludible Steven Spielberg con The Fabelmans o Los Fabelman.

Leer Más >>
Babylon Damien Chazelle explicacion Margot Robbie Brad Pitt Diego Calva Tobey Maguire Flea Red Hot Chilli Peppers Holywood Oscars
Editorial

Entre el arte y la industria

Después de posicionarse en el circuito más alto de Hollywood —el de los galardones y premiaciones— con dos destacadas películas —Whiplash y La La Land—, el director francoestadounidense Damien Chazelle vuelve a las salas de cine con una cinta polémica que ha dividido a las audiencias y a la crítica especializada por su mezcla entre explicitud, un homenaje a la Historia del Cine, excesos, tribulación y pura belleza estética-cinematográfica: Babylon.

Leer Más >>
Editorial

La obligación de ser feliz

Como un rasgo pre-cultural, instintivo y primitivo, la sonrisa en los seres humanos se vincula automáticamente con sentimientos de satisfacción, placer e, incluso, felicidad. De ahí que la premisa general del film de horror psicológico Smile o Sonríe resulte tan ingeniosa al desplazar este gesto animal-social que ejercemos de un campo semántico convencional hacia un campo semántico horrífico y profundamente ligado con el trauma y la salud mental.

Leer Más >>
The Bear Star Plus El Oso Golden Globes Hiro Murai Jeremy Allen White Chef foodie
Editorial

Chef

Junto con la llegada de Instagram al mundo de las redes sociales y las aplicaciones floreció una cultura del consumo y de la imagen abocada a los alimentos: grandes platillos dispuestos de maneras elegantes y estimulantes que asemejan al espejismo de la publicidad. Con ese contexto de fondo, la llegada de The Bear o El Oso se siente como una consecuencia lógica y, sobre todo, necesaria dentro de una cultura que se enfoca en el resultado que es un platillo en una fotografía o un video. Una cultura que parece interesarse muy poco por todo lo que tiene que suceder para que ese platillo exista. The Bear es un vistazo a esas horas de preparación.

Leer Más >>