Los que se quedaron, los que se fueron y los que perdimos en el camino

Quizá por los difíciles 2020 y 2021 que venimos arrastrando, quizá como mera coincidencia o quizá como una calculada estrategia comercial, el caso es que la selección hollywoodense de lo mejor del año para los próximos Premios Oscar está especialmente cargada de películas nostálgicas y de espíritu “feel good” (para sentirse bien). Así, sus nominadas a Mejor Película, CODA, Licorice Pizza, Amor sin barreras y la recién estrenada Belfast del veterano director de formación shakespeareana, Kenneth Branagh.

El film “más personal” de la carrera del cineasta británico revisita con ojos de idealidad e inocencia infantil los barrios de la clase trabajadora de la capital de Irlanda del Norte en medio de los turbulentos finales de los 60s. Época marcada por los inicios de una guerra civil entre protestantes y cristianos: The Troubles o Los Problemas.

De este modo, el también llamado Conflicto norirlandés se retrata desde el vandalismo, los motines y los ataques de protestantes a casas y negocios de los cristianos y desde la presión social ejercida por los más radicales para orillar a otros protestantes, que se mantenían al margen del conflicto, a unirse a las acciones de repulsión violenta contra “sus enemigos”.

Pero este no es el punto central de la película de Branagh. Más bien sirve como un telón de fondo para abordar el drama familiar generado por un contexto en pugna; para relatar, con emotividad, comicidad y ternura, el papel de la inocencia infantil en medio de la guerra; para conmemorar las pérdidas, las decisiones difíciles y lo que se tuvo que dejar atrás para sobrevivir a una lucha ajena que, sin embargo, marcó la vida de miles de personas que no estaban directamente involucradas en el conflicto.

Así pues, Belfast sigue a Buddy, un niño de nueve años que, en el epicentro de una guerra intestina, continúa viviendo su día a día sin entender del todo por qué tanto problema. Su vida transcurre yendo a la escuela, divirtiéndose con sus mejores amigos, sus abuelos, y enamorándose por primera vez. Jugando en las calles y haciendo travesuras hasta que, un día, las cosas empiezan a cambiar. Hasta que la violencia crece y, con ella, se termina cierta inocencia. Hasta que él y su familia experimentan eventos desde los que nada volverá a ser lo mismo.

La experiencia de Belfast es, por demás, disfrutable. Graciosa, enternecedora, íntima, evocadora y muy bien situada en su eje central: la infancia de Buddy. Su tono es ligero, cadencioso y muy bien pautado. Ennoblecido y abrazado por una fabulosa banda sonora que acentúa la idílica alegría de la nostalgia idealizada. Los ojos amorosos con los que se voltea a esos días donde todo se sentía más simple, donde la gente convivía en las calles y conocía a sus vecinos, donde la vida del barrio era una pacífica vida común.

La satisfactoria narración de un episodio determinante en la vida de una familia desde los ojos ávidos de un pequeño niño. El testimonio de un momento muy concreto en la vida de Branagh y los que vivieron lo que él. El testimonio de la pérdida de cierta inocencia que acarrea un conflicto, la guerra y, en resumen, los fanatismos.

Una película de corazón palpitante que fácilmente enganchará a los espectadores. Que muestra la potencia vital y amorosa de un niño descubriendo el mundo en sus juegos, descubriendo el enamoramiento en su escuela, descubriendo el cine junto a su familia. Creando memorias imborrables, a pesar de la guerra. A pesar del dolor que está del otro lado de la puerta.

Una película que toma conciencia sobre un pasado doloroso y atroz marcado por la violencia. Marcado por las difíciles decisiones a las que una familia se ve orillada en medio de gritos, bombas, ejércitos, incendios, heridos y muertos. Una toma de conciencia sobre un pasado doloroso y atroz en el que, sin embargo, reluce el amor de una familia que busca seguir adelante.

Un recuerdo que echa al fondo de la memoria los horrores del conflicto y que revive la belleza de ver el mundo por primera vez, de descubrirlo aún en sus absurdidades, en sus incongruencias. Aún con los discursos que dividen. Aún con las decisiones que desgarran el corazón.

Con Belfast, Branagh no sólo se suma a una creciente tendencia de películas nostálgicas que voltean cariñosamente a los días de la infancia o la adolescencia sino que también homenajea a los verdaderos receptores de las consecuencias de la violencia: los que se quedaron, los que se fueron y los que perdimos en el camino.

Los que aferrados u obligados a permanecer en la carencia, el pleito y la incertidumbre tuvieron que quedarse en casa viendo a hijos, hermanos, nietos, padres o madres dejar todo atrás. Los que tuvieron que ver de frente los hechos apremiantes y tuvieron que sentir la interminable espera del fin de la guerra.

Los que atemorizados, orillados o simplemente aprovechando una oportunidad —quizá su única, quizá su última— tuvieron que despedirse de la casa en la que crecieron, los abrazos, los besos, las compañías, los amigos y las familias junto a las que se fraguaron una identidad con la esperanza de vivir mejor —o menos peor. Los que tomaron un avión, un barco o un autobús con rumbo a una ciudad desconocida, a un territorio inexplorado para ellos. Buscándose una vida mejor, buscándose un futuro.

Y, quizá, los más lamentables: los muertos. Los que sin deberla ni temerla se vieron envueltos en un motín, en un pleito, en un incendio. Los que pelearon para defender a los suyos hasta su último aliento. Y aun los que cegados por el fanatismo no vieron otra solución a su intranquilidad, a su miedo. Ante cualquier conflicto una sola vida perdida es demasiado, es más de lo necesario.

Y luego queda la incesante pregunta: ¿algún día dejaremos de guerrearnos? La respuesta se antoja imposible o, en el mejor de los casos, negativa. Y luego quedan los recuerdos embellecidos por el dolor del trauma: esos que dejan de lado lo oscuro, que lo ponen de telón de fondo, y que ponen en primer plano, las sonrisas, los cariños, los buenos días, las conversaciones inolvidables.

Las migraciones son eventos impactantes por sí mismos: salir de lo conocido hacia lo desconocido, dejar familia y amigos detrás para mejorar la propia vida, vivir muchísima soledad aliviada sólo paliativamente. Las migraciones son eventos impactantes desde su origen porque reúnen premuras, carencias, dolores, desesperaciones y esperanzas en un mismo impulso. Son eventos que tienen todos los elementos para experimentarse como traumas: bloqueando sus partes más dolorosas y, quizás, sobreponiéndoles sólo los momentos lindos, felices.

No es coincidencia que muchos, como Branagh con su Belfast, prefieran callarse los tragos amargos y prefieran volver con la memoria a la belleza de la inocencia infantil en medio de la guerra. A la belleza de los buenos momentos que, aseguran algunos, es lo único que nos llevamos con nosotros al morir.

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